viernes, 29 de septiembre de 2017

La naranja mecánica



Lo siento pero esto no tiene nada que ver con esa gran película.

Hace bastante tiempo que no escribo nada en el blog. Sé que esto ya me ha pasado en más de una ocasión así que los que me sigan un poco más pensaran: “Ya se ha vuelto a cansar”. Pues resulta que esta vez no es del todo culpa mía. He intentado seguir el ritmo, con alguna reducción (me resulta imposible ahora mismo subir un relato de cerca de dos mil palabras cada día), pero que al menos un día a la semana hubiera un relato nuevo. El problema de llevar un blog, es que para compartir mis historias necesito internet, y soy una persona a la que le gusta hacer las cosas de una determinada manera. La cantidad de veces que he tardado casi más en subir el relato a internet que en escribirlo ha sido más que suficiente para que algún día no tenga ganas de escribirlo.

Pero como no hay mal que por bien no venga, y como escribir es una de las cosas que más me relajan, voy a relataros mi historia con esta compañía de telefonía que lleva haciéndome la vida imposible desde hace unos meses.

En mi familia los problemas empezaron mucho antes, pero de aquí relataré solo los hechos más recientes.

Hace poco, aunque ahora me dé la impresión de que fue hace siglos, estuve una temporada viviendo en Almería en lo que sería una de las experiencias más gratificantes de mi vida. Allí tenía trabajo, grandes amistades, y me sentía realizado. Pero no todo podía ser perfecto, ¿cómo iba a serlo? Siempre hay cosas que se echan de menos cuando estás tan lejos de tu hogar, familia, amigos, que en teoría actualmente tenemos mucho más cerca gracias a internet. Pero para eso tienes que tener contratado este servicio. En un primer momento, no podíamos contratarlo porque nos exigían un año de permanencia. Teniendo en cuenta que nuestra estancia duraría entre tres y cuatro meses, esto era impensable así que nos conformábamos con una antena de internet móvil que nos proporcionaba un servicio más bien deficiente.

Poco después, llego a nuestra casa nuestro compañero de piso. Como él si iba a quedarse en la casa podía permitirse esa permanencia y comenzó los trámites para recibir este servicio.

Pasaron días. Al principio era algo normal, aunque nosotros lo esperábamos con ansia. Después de un par de semanas, teniendo además el dichoso aparato ya en casa, nos empezaba a mosquear que no dispusiéramos de línea. Empezamos a llamarles, siempre sus respuestas eran similares “En un par de días estará” “La semana que viene” acompañadas de alguna excusa. Tras dos meses, en los que las excusas se les iban agotando, por fin recibimos la respuesta definitiva. “No podemos ofrecerles nuestros servicios”. Dos meses esperando para que nos digan que no.

Al final contratamos internet con otra compañía que tardó menos de una semana. Pero para mí ya era tarde, nos volvíamos a casa, al menos mi amigo dejaría de darse de cabezazos contra la pared esperando su respuesta.

Pero la cosa no termina ahí, ojala fuera tan simple. Al volver a casa, donde tenemos contratada la línea con la misma compañía, me encuentro que nuestra relación no estaba siendo muy amena. Mientras que teníamos contratados cinco o seis megas (no recuerdo exactamente) en mi ordenador la velocidad es de 0’20. Algo que no me permite ni siquiera navegar en las páginas más simples sin tener que esperar cinco minutos para que me cargue una imagen, descargar un parche para un programa resulta infernal, subir un archivo de cualquier tipo a internet es agónico, y la realización de un máster online es una autentica proeza.

Como no podía ser de otra manera, dada estas condiciones llamamos a la atención al cliente de dicha compañía. Tras contarles nuestros problemas nos dijeron que la culpa era del router, que estaba defectuoso o dañado. La solución era fácil, mandarnos uno nuevo.

Realizaron el envío del aparato y llegó con diligencia en el plazo que nos habían dicho, entre cinco y siete días. Habría sido espectacular, si no fuera porque se confundieron de casa. Lo recibió mi hermano en Barcelona, resulta que como su línea está unida a la nuestra tuvieron el error aunque les dijimos que era para nuestra dirección en Alba de Tormes. Fue un error del que nos reímos y les pedimos que volvieran a mandarlo, esta vez asegurando la dirección.

Esperamos, esperamos y esperamos pero no daban señales de vida. Volvimos a llamar y nos comentan que no se termino de tramitar el envío. Esta vez empieza a hacernos un poco menos de gracia el asunto.

Como esta parte es un poco repetitiva haré un resumen muy breve. En Barcelona habían llegado cinco router, alguno no llegaron a entregarlo pero por allí pasó, y en mi casa aun estábamos esperando uno.

Obviamente esto ya era molesto, crispante, parecía que se estaban riendo de nosotros o que era un programa de cámara oculta.

Pero todo lo malo llega a su final. Por fin llegó el dichoso aparatito. Parecía que me hubiese tocado la lotería, era algo que no esperaba que me fuese a pasar nunca. Abrí la caja. Allí estaba esperándome el cacharro blanco y naranja. Le conecté el cable de alimentación, siguiendo las instrucciones no ser que ahora el que metiera la pata fuera yo. Pulse el botón de encendido.

Y nada.

No hizo absolutamente nada. Ni siquiera se encendió una mísera luz, ni un ruido, ni una “Bada bam” para acompañar el ingenioso chiste que nos acababan de contar. Teníamos un pisapapeles de diseño. Intento todo lo que se me ocurría, lo enchufo en todas partes, lo desconecto y vuelvo a conectar, vuelvo a probar, pero el aparato está completamente muerto. Pruebo a conectar también el cable de teléfono por si acaso hay que conectar los dos, pero sigue sin responder. Me reí, me reí hasta que las risas se convirtieron en una gran frustración.

Es en ese momento, en ese instante, cuando me di cuenta de que el pisapapeles no era nuevo. Tenía las aristas sucias, una de las esquinas abolladas, sin olvidar que no tenía ningún plástico protector. Era una basura usada y defectuosa que no servía para nada.

Llamamos al servicio técnico, esperando que nos den una solución. Vuelven a hacernos comprobar si funciona, pero como ya he dicho, estaba muerto. Y la solución es que nos van a mandar un router nuevo, a ver si esta vez nos llega uno que funcione.

Esa es la historia, y ahora estoy esperando a que la conexión vuelva, para hacer una cuantas cosas que tengo pendientes y para subir esta pequeña historia.


Un saludo.  



P.D. Esta publicación se ha realizado desde la casa de Sonsoles, ya que desde la de Omar le resulta imposible.

martes, 5 de septiembre de 2017

Guerra sin final

Hola a todos.

Esta vez el relato de cuatro palabras he intentado hacerlo más escueto. Es muy complicado contar una historia con el menor número de palabras posible, y normalmente suelo enrollarme mucho. Estos últimos relatos que me quedan voy a hacerlos lo más aproximado a 500 palabras que me sea posible. También decir que llevo unos días algo falto de inspiración, se que vamos a temporadas y que es normal, pero este relato me ha costado bastante. Lo he reescrito varias veces hasta que al final este ha sido el resultado.

Va dedicado de nuevo a Juan que fue el primero en volver a darme palabras para que pudiera continuar con este proyecto. Espero que lo disfrutéis.

Las palabras eran: Tirador, roble, coincidencia y niebla.

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El sonido de los disparos era cada vez más intenso, un retumbar atronador que traía el terror y el caos allí donde iba. Las explosiones constantes seguían el compás de las armas de fuego, provocando gritos de dolor.  Él corría sin cesar, apretando el fusil contra su pecho, como si fuera su propia vida. Muerte, polvo y destrucción es todo lo que se encontraba a su alrededor. Las voces que pedían ayuda se mezclaban con las de los enemigos. Presa del pánico cargó su arma, preparado para atacar, y empezó a disparar ante todo lo que tenía delante. La niebla se iba despejando poco a poco en su mente permitiéndole ver de nuevo. Ante él estaban los cuerpos sin vida de enemigos y amigos por igual, de a quienes juró proteger y de los que debía eliminar. Los estallidos eran cada vez más intensos.

Despertó en la cama empapado en sudor. Tenía la respiración acelerada y sujetaba con fuerza la almohada como si se tratase de un arma. Sentía los brazos agarrotados, las piernas tensas, y los dedos estaban tan apretados que tenía la sensación de que iba a romper algo. Relajó todo su cuerpo, todo cuanto pudo, y llevó la mano hasta su rostro para limpiarse unas lágrimas. Miró hacia la ventana, otro día más con una intensa niebla que impedía ver. El sonido repentino del despertador le hizo ponerse en guardia de nuevo, una vez más sonaba cuando ya estaba despierto, pero le marcaba la hora de empezar a trabajar.

Se vistió con su uniforme, agarró su arma y una lata de la despensa y salió. Caminó colina arriba durante veinte minutos, hasta que llegó al punto más alto. Allí se alzaba un inmenso roble, su gran compañero desde hacía bastante tiempo. Trepó hasta subir a la misma rama de todos los días. Los crujidos amenazaban con dejarle caer pero él sabía que aquello no ocurriría. Una vez arriba se colocó en posición con el arma preparada y esperó.

La niebla no le permitía ver, pero sabía que en cualquier momento brotaría algo del otro lado. El mundo a su alrededor se mantenía en una extraña calma.

Pasaron horas sin que se moviera un milímetro de su posición. Había sido tirador toda su vida, había aprendido a ser paciente, a esperar a que llegara la ocasión exacta. Solo descansó levemente durante los escasos minutos que utilizó para comer, la misma comida que había comido cada día en el frente. Después volvió a su posición.

Un sonido en la bruma llamó su atención. Su dedo se posicionó solo en el gatillo y lo apretó sin dudar. Nunca había dudado, cuanto más miedo se tiene menos cuesta disparar. Mil veces vio compañeros caer en combate por dudar, pero él había sobrevivido a cualquier coste. Disparó dos, tres y cuatro veces, sabía con seguridad que había golpeado donde quería. El batir de alas de unos pájaros alejándose fue la respuesta y una vez más todo quedó en silencio. No podía ver si había abatido algo, no iba a arriesgarse a comprobar que era.

Se mantuvo en guardia nuevamente. Tragó saliva y se preparó para lo que estaba por llegar. No tardarían mucho en volver a atacar, y él no se lo permitiría. Seguía en pie, vivo, ahí donde otros habían caído él se alzaba victorioso. Mucha gente murió para que él siguiera vivo, tuvo que matar a tantos que dejó de contarlos.

Había escuchado historias, provenientes de muy lejos, que decían que la guerra había acabado, que ya estaban en paz y no tenían razones para luchar más. Todo eran falacias, aun no podía haber terminado. No hasta que él hiciera algo. No podía ser una coincidencia que siempre sobreviviera, su destino tenía que ser mucho más grande que todo eso.

Era el elegido, y subiría cada día a ese roble hasta que el mundo recordase su nombre.

Hasta que la guerra terminara.