viernes, 30 de junio de 2017

El segundo rey del bosque

Hola a todos.

Vamos con la tercera parte de la colección de relatos "Cuatro palabras" hoy traigo el relato que va dedicado a Clara, una de las mejores personas que conozco y que más que una amiga es mi familia. Espero que le guste.

Las cuatro palabras que dio fueron: Segundo, luna, vida y sueño. Que lo disfrutéis.

Dibujo de Kurara Silfo
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El bosque estaba en un total silencio mientras la luz anaranjada del sol a punto de ocultarse cubría el cielo. Era una noche normal, en un lugar normal en el que no había nadie.

O eso es lo que pensaría cualquier humano que pasara por allí.

Se trataba de una noche muy importante para los seres que habitaban el bosque. El segundo rey había iniciado el gran sueño y esa noche iban a despedirlo. No era algo normal, este era el segundo rey de aquel bosque que moría desde que se podía recordar. Eran criaturas asombrosas pese a su escaso tamaño. Se encargaban de mantener el equilibrio en la naturaleza. No era normal que su vida se apagara, el reinado del primer rey del bosque había durado siglos, puede que milenios, no había ninguna criatura que hubiera compartido su vida el mismo tiempo que él. Cuando murió todos se sorprendieron y apenaron. Su vida y sus poderes estaban vinculados al bosque, y sin darse cuenta en los últimos años habían visto como esos poderes iban mermando.

El segundo rey, al que iban a despedir hoy, había tenido un reinado mucho más corto que el primero. Duró diez siglos, apenas una décima parte de la edad de su antecesor.

Los seres del bosque empezaron a surgir de sus escondites.

En primer lugar llegaron las criaturas más cercanas a él, aquellas que casi formaban parte de él.

Las hadas iban volando en una formación perfecta, algo poco común en ellas. Estas criaturas se contaban en cientos y habían sido las encargadas de llevar los dones del rey a todos los rincones. Siempre alegres y traviesas, pero grandes mensajeras que cumplían su labor sin rechistar, aunque no en todas las ocasiones con la diligencia que se les exigía. Estas mensajeras transportaban con ellas una pequeña cama, hecha con ramas y hojas, en la que descansaba su majestad.

Tras ellas iban las seis ninfas. Antaño habían sido más numerosas, cada una de ellas era la guardiana y representante de los dominios del bosque, dominios que cada vez eran menos numerosos. Avanzaban con una gracilidad calmada, como si intentaran que cada segundo fuese eterno.

Cuando llegaron al centro las mujeres del bosque cogieron la pequeña cama y la colocaron sobre un grueso tocón, donde antes había estado el árbol que había dado vida al segundo soberano. Una vez situado en su lugar de reposo, sus ayudantes se colocaron en círculo en torno a él. 

Los arboles de alrededor empezaron a susurrar, entonando una leve canción con sus hojas, y de entre ellos surgieron las sílfides. Su simple presencia movía las hojas a su alrededor con un viento suave. Se quedaron en las copas de los árboles para observar desde las alturas la despedida. Con ellas surgieron toda clase de aves, desde pequeños gorriones hasta imponentes águilas. Los eternos enemigos, cazador y presa, ahora volaban uno junto a otro. Era un momento de paz.

Animales, tanto nocturnos como diurnos, surgían de todas partes y se colocaban en sus respectivos lugares.

Las dríades, representantes de cada uno de los árboles del bosque, llegaron montadas sobre ágiles ciervos. Normalmente no podían alejarse mucho de sus árboles, pero esta era una ocasión especial y las normas del bosque no eran tan estrictas. Al llegar, los animales hicieron una reverencia y ellas se bajaron. Se sentaron con elegancia al pie de los árboles y se quedaron esperando.

Poco a poco, el claro se fue llenando de toda clase de criaturas, duendes y gnomos observaban subidos en los animales más altos. Incluso los seres más ocultos, aquellos que no solían dejarse ver y que nadie puede denominar, querían estar presentes en aquella despedida.

Los últimos en llegar fueron los lobos que, además de ser los animales más nobles, eran los espíritus guardianes. La mayoría se quedó esperando entre los árboles, pero Alfa, señor de las manadas, avanzó hasta estar frente a su difunto rey.

Finalmente, la última luz del sol se apagó y durante un segundo llegó la oscuridad, acompañada de un silencio total. Parecía que incluso el cielo había decidido guardar su momento de silencio especial en honor a una de las criaturas más maravillosas que habían existido. El viento dejó de soplar, los animales, incluso los pequeños insectos, callaron.

Pasó un tiempo respetuoso, en el que todo pareció congelado, pudieron ser segundos, minutos u horas, o puede que incluso el tiempo hubiera dejado de existir en aquel momento.

Alfa alzó su hocico hacia el aire y emitió un potente aullido que rompió el silencio y, como si acabara de realizar un conjuro, el cielo se iluminó con cientos de estrellas. La luna, su eterna compañera, surgió en el cielo llenándolo de luz. El resto de las manadas le acompañaron, miles de aullidos emitidos al unísono y las demás criaturas se unieron formando un coro armonioso. A medida que la música de la naturaleza llenaba el bosque, más y más luces inundaban el lugar.

El cuerpo del rey empezó a iluminarse con una radiante luz verdosa, una luz que superó todas las demás, y su cuerpo ascendía lentamente. Los asistentes acallaron sus voces, su canción, e hicieron una gran reverencia en señal de despedida. Brillos de distintos colores brotaron de él y se separaron, descomponiendo el cuerpo hasta que solo quedaron pequeñas bolas de luz. Un viento suave, emitido por las sílfides desde los árboles, creó un remolino que hizo ascender las luces hacia el cielo.

En ese segundo, había llegado la hora de la despedida, la hora de decir adiós al señor del bosque.

La luz de la luna brilló con más fuerza de la que podían recordar los presentes, incluso los más antiguos. Esa luminosidad ponía final a la tristeza del momento, ya se había terminado el momento de llorar al rey.

En el bosque nadie podía detener a la vida.

El campo se iluminó en torno al tocón, todo el césped brillaba con una gran intensidad, a su alrededor surgieron cientos de flores allí donde la luna alumbraba con más fuerza. Entre todas las plantas, una destacaba por encima de las demás, una que había brotado de uno de los laterales de la madera.

El segundo rey del bosque había muerto, su vida había terminado, pero también había que celebrar el inicio de una nueva vida.

Toda la luz se apagó, dejando sólo la de la luna, las estrellas y la del tercer monarca que estaba despertando de su primer sueño. El nuevo soberano gobernaría el bosque acorde a los tiempos en que le había pasado el testigo su antecesor. Y la vida continuaría en el bosque, sin importar cuánto durase su gobierno, otro llegaría después para seguir manteniendolo.

Y el bosque se llenó con todos los sonidos de la naturaleza, mientras los seres reverenciaban a su señor, antes de que cada uno volviera a su lugar.

Antes de que la vida siguiera su camino.



jueves, 29 de junio de 2017

La sonrisa perdida

Hola a todos una vez más.

Continúo con mi serie de relatos cortos que denominaré "Cuatro palabras". Creo que ya no es necesario que explique en que consiste. Podéis seguir poniendo cuatro palabras cuando queráis.

El relato de hoy va dedicado a Sonsoles, que creo que no necesita que le diga nada para saber lo importante que es para mí.

Sus cuatro palabras era: Reloj, ordenador, sonrisa y ruido. Debo decir que me ha salido una historia bastante más triste de lo que me habría gustado, pero espero que la disfrutéis.

(Foto de Ealinde Feviga/ Sonsoles)
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La habitación estaba completamente a oscuras a excepción de la pantalla del ordenador que iluminaba su rostro, un rostro tan marcado por el dolor que ya no expresaba nada.

Hacía mucho tiempo que la luz no entraba en ese lugar. Igual que hacía mucho tiempo que él no salía de allí. Encerrado en aquel cuarto donde se ocultaba de sus recuerdos, donde no podían hacerle daño.

Su vida no había sido dura, siempre había conseguido lo que se había propuesto: un gran trabajo, buenos amigos, había viajado y cumplido todos los objetivos que tenía en su vida. Todo había sido perfecto, una vida de ensueño que había disfrutado como había querido.

Al menos hasta que la perdió a ella.

El día en que murió su mujer fue el día en que su sonrisa decidió apagarse para siempre. Los recuerdos, antaño alegres, se transformaron en un ruido insoportable que le atormentaban a todas horas. El mero hecho de pensar en disfrutar un día sin ella le parecía insoportable. Por eso decidió que se convertiría en un fantasma, al igual que ella. Pasaría el resto de su vida metido en aquella habitación, con la iluminación artificial del ordenador. Sus ojos ya se habían secado y su boca permanecía con una mueca eterna de indiferencia. Era un caparazón vacío, una sombra de lo que fue antaño. Así, creía que compensaba seguir cuando ella no había podido.

Unos ojos le observaban siempre, desde un rincón de la habitación.

Aquella que estuvo con él mientras vivía, que le cuidó y quiso más que a nada, también lo hacía tras su muerte. Sabiendo que se había convertido en un mero ruido, una sombra que solo aparecía en su cabeza para hacerle daño. Eso era algo que la atormentaba constantemente, y que no iba a seguir permitiendo. Haría lo que fuera para recuperar esa sonrisa que iluminó su vida.

Una noche,  mientras él dormía, ella fue hasta su cama y le observó unos instantes. Incluso cuando dormía no mostraba ninguna paz. Le miró detenidamente y pudo sentir como los ruidos en su cabeza hacían que cada segundo de sueño fuera un infierno. Acarició su frente con su mano derecha dulcemente, mientras en la izquierda le aparecía un reloj. Era un objeto espectral, pequeño y con unas agujas que avanzaban muy lentamente. Se concentró en el reloj y en su amado. Tras unos segundos, el reloj se paró y después dio marcha atrás. A medida que el reloj retrocedía, una sucesión de imágenes se pasaban por la cabeza del hombre que dormía. El tiempo estaba rebobinándose en su cabeza.

Finalmente paró. El tic-tac de las agujas sonó nuevamente a medida que avanzaba, mezclándose con los ruidos que le atormentaban.

Ya no estaba en aquella cama, no estaba en esa habitación y no era ese hombre que pretendía ser un fantasma. Era un joven, un chico de dieciocho años que no sabía qué hacer con su vida.

La pantalla del ordenador iluminaba su rostro, pero esta vez su sonrisa le devolvía la luz. Estaba jugando a algún videojuego, mientras hablaba con sus amigos por el micrófono y disfrutaba de cada momento, sin importarle que fueran las cuatro de la mañana.

-Pero que malo eres.- Escuchó a través de los auriculares la voz de una chica que resaltaba entre todo su grupo de amigos. En aquel momento aun no se había atrevido a decirle nada, aunque llevaba gustándole desde que la conoció, pero esa era la voz de la que sería su mujer en un futuro.- ¡Hemos perdido por tu culpa!- Los reproches no estaban cargados de ira, sino de risas y diversión.

-¿Qué dices? Si yo lo he hecho todo bien. Ha sido culpa tuya.

-Venga Pedro. Se veía que estabas distraído con otra cosa.- Aquella era la voz de Manuel, su mejor amigo. Llevaba sin verle meses, desde que decidió no ver a nadie. Siempre había sido una gran persona, pero le encantaba ponerle en aprietos cuando no se trataba de cosas serias. Él era el único que sabía que le gustaba Paula, y durante mucho tiempo se arrepintió de decírselo. Su amigo aprovechaba la más mínima ocasión para lanzar alguna indirecta y forzarle a decir algo.

Aquel recuerdo había sido enterrado durante mucho tiempo, cubierto por ese incesante ruido que le provocaba tanto dolor. Era la primera vez que Paula había jugado con ellos, cuando por fin la convencieron para que probara el juego.

Ese juego de ordenador había sido uno de sus entretenimientos favoritos durante los siguientes años. Ahora solo jugaba a juegos de un solo jugador. Hacer cualquier cosa que hubiera hecho con ella era demasiado doloroso.

El reloj volvió a correr, esta vez se aceleró hacia adelante.

Por el camino pasó por varias escenas más, el día en que ella por fin dio el paso que él no se atrevía y le dijo lo que sentía, la primera cita desastrosa en la que parecía habérsele olvidado como ser una persona, las tardes viendo películas, los paseos y, sobretodo, las sonrisas que compartían.

-No dejaré que esa sonrisa muera nunca.- Le había dicho ella cuando consiguió animarle después de un día muy duro.

Esas palabras se clavaron en él, pero no le causaron daño como pensaba que haría, le habían devuelto una parte de él que creía pedida.

El reloj volvió a detenerse.

Estaban en lo alto de un gran edificio, de un hotel, viendo frente a ellos a lo lejos el Big Ben. Era el primer día de su viaje de bodas, en el que habían decidido viajar y visitar todas las partes del mundo que les fuera posible. El viento les acariciaba, pese a lo que esperaban no estaba lloviendo. Ella miraba hacia el reloj, pero él la miraba a ella.

-Sabes.- Empezó a decir ella después de un largo silencio, un silencio plácido. Cuando estaban juntos incluso esos momentos eran increíbles.- Si pudiera, iría hasta ese reloj y sujetaría con fuerza, hasta que las agujas se detuvieran.

-¿Y eso de qué serviría?

-Es un reloj muy grande.- Le lanzó una amplia sonrisa, como si fuera una niña pequeña.- Seguro que si lo paras se para todo el tiempo en el mundo.

Por mucho que lo intentó, sus ojos se llenaron de lágrimas, mientras ella le miraba sin perder la sonrisa. La abrazó con fuerza dejando que las lágrimas corrieran sin descanso.

-¡Oye! ¿Qué te dije de tu sonrisa?- Preguntó llena de reproche. Su voz le temblaba, su cuerpo entero lo hacía, y sin embargo su rostro seguía iluminado por una amplia sonrisa.

Él se alejó un paso, se secó los ojos y volvió a sonreír de oreja a oreja. Era una sonrisa sincera, no una mueca para complacerla.

El tiempo volvió a moverse, avanzaba y retrocedía para mostrarle todas las imágenes que parecía querer olvidar, pero que no debía hacerlo.

Vio el día de su boda, su primera noche juntos, la cantidad de veces que le pidió que se casaran y ella le dijo que no, la vez que le dijo que sí. Cada momento, los alegres y los tristes, las discusiones y las reconciliaciones, todos los instantes que les habían convertido en la pareja perfecta, al menos para ellos.

Finalmente el reloj le llevó hasta un momento. Él fue consciente e intentó huir, alejarse ahí y volver a la felicidad, quería regresar a ese pasado en el que no había tenido que separarse de ella.

-No lo hagas.- Le dijo esa dulce voz, que siempre era tranquilizadora incluso cuando parecía a punto de romper en un llanto.- No huyas.

No podía responder, no era capaz de contestar aunque fuera lo que más deseaba en el mundo, pero si podía terminar de ver lo que parecía querer enseñarle.

Estaban los dos en el hospital, ella llevaba ya un mes ingresada y ambos sabían que se acercaba el último momento aunque no quisieran aceptarlo. El sonido de las máquinas provocaba un ruido insoportable, un ruido que se había quedado en su cabeza desde aquel momento y que volvía cada vez que intentaba recordarla.

-No puedo hacerlo.- Le había dicho a ella cuando por fin fue capaz de hablar.- Esto es demasiado no…

-Claro que puedes.- Contestó débilmente.- Lo prometiste. Sabías que este momento llegaría, ambos lo sabíamos, pero no pienso permitir que tu sonrisa muera conmigo.

Era cierto, claro que era cierto, ambos lo habían sabido desde que empezaron a estar juntos. Paula tenía una enfermedad que no iba a dejarla vivir mucho, por eso cada vez que él pedía su mano ella le rechazaba. Finalmente la había convencido de que prefería estar con ella el tiempo que fuera, que no haber estado nunca. Habían vivido un romance eterno, una vida entera en tan solo unos años, él había jurado que después seguiría viviendo, ella que nunca estaría triste mientras él estuviera a su lado.

Solo ella había cumplido su parte del acuerdo.

Los recuerdos se iban difuminando, dijeron más cosas, él lloro mucho más de lo que le hubiera gustado, pero todos esos recuerdos se perdieron para siempre. Solo quedó el momento en que ella dejo de estar ahí.

-Pero no he dejado de estar ahí.- Le susurró con dulzura.- Tienes que vivir, tienes que continuar tu vida por donde la dejaste. Tus amigos, tu familia, tu trabajo, hay un mundo inmenso esperándote y yo no quiero ser el ruido que te impide escuchar todas las cosas que te tienen que decir. Solo quiero ser el susurro que te aliente a seguir avanzando, no quiero que me olvides, quiero que mi recuerdo te haga volar y ser mejor de lo que ya eras.- Se agachó sobre él y le besó la frente.- Siempre estaré donde tu estés, viviré a través de ti, así que por favor… no me hagas vivir siempre en la misma habitación. Déjame ser la guardiana de tu sonrisa ahí fuera.

Sus ojos se abrieron, estaban llenos de lágrimas, posiblemente habría estado llorando toda la noche. El dolor de aquellos recuerdos había sido doloroso, pero a la vez habían conseguido silenciar ese ruido incesante que no le permitía vivir.

Por una vez en mucho tiempo, volvía a sonreír de verdad, esperando a que por la mañana el reloj siguiera avanzando.



miércoles, 28 de junio de 2017

Ornitorrinco

Hola a todos.

Hoy voy a publicar el primero de una serie de relatos que se alargara mientras queráis colaborar. Como ya puse en el Facebook, el que quiera puede darme cuatro palabras y con esas palabras tengo que inventarme un relato que tendrá un mínimo de 500 palabras. La historia irá dedicada a la persona que me dio las palabras de ese día. 

También podéis seguir dejándome las cuatro palabras en un comentario aquí o en el Facebook para que tarde o temprano haga un relato con ellas.

El relato de hoy va dedicado a Floren, un gran compañero que ha sido el primero en querer ayudarme con este proyecto.

Las palabras son: Cerveza, dildo, ornitorrinco y astronauta. La verdad es que no me lo has puesto nada fácil y obviamente me ha salido una historia bastante rara. Pero espero que te guste, a ti y a todos los que la leáis.

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El sonido del teléfono atraviesa mis oídos como si fuera un taladro, mientras tanto mi cabeza lucha por recomponerse. ¿Dónde estoy? ¿Cómo he llegado hasta ahí?

Me incorporo con dificultad en la cama, entonces soy consciente de que estoy en una habitación de hotel y no en mi casa. Lo más impactante de todo es que, junto a mi mano izquierda, hay un objeto alargado de color negro con una espiral dorada grabada a su alrededor. Tardo unos segundos pero finalmente soy consciente de que es un dildo. ¡¿Por qué tengo un consolador en mi mano?!

Es demasiado para procesar en muy poco tiempo. El teléfono sigue sonando, parece que no va a darme tregua. Estiro el brazo, es como si pesara una tonelada, para finalmente descolgarlo.

-Quedamos en el astronauta.- Contesta una voz de mujer. No muestra ninguna emoción en su afirmación, tampoco hay signo de duda. Simplemente dijo eso y colgó sin darme tiempo a preguntar quién es. La voz me resulta familiar, es una voz que, pese a la rudeza que pretende mostrar, no puede ocultar una gran amabilidad y dulzura.

No entiendo nada, no sé de qué demonios está hablando y tampoco comprendo a que se refiere con un astronauta. Tengo que encontrarme antes de que todo se vuelva más raro, si es posible, e intentar recordar que hago aquí.

Lo primero que tengo que hacer es descubrir donde estoy. Me levanto de la cama, dios mío cualquier movimiento parece que va a ser el último que haga, y me dirijo hacia la ventana. Es amplia, rodeada por cortinas de un color amarillo claro, casi blanco, y no muy tupidas. Lo justo para no poder ver a través de ellas. Corro las cortinas y el sol me golpea de manera inclemente en los ojos. El dolor punzante me recuerda al de la resaca, pero he tenido suficientes para saber que esto era algo diferente. Mis ojos se acomodan a la luz y cuando vuelvo a mirar veo una calle con edificios marrones, con un toque rosado. Me es imposible no reconocer esta calle, estas paredes. Es el lugar donde me crié, donde pasé la mayor parte de mi juventud, donde estuve hasta que la vida decidió arrastrarme fuera para encontrar mi futuro.

Estoy en Salamanca. En mi hogar del pasado.

Palidezco al instante. Es imposible que esté aquí. Lo último que recuerdo es que ayer estaba dirigiéndome a un bar en Alicante. Intento pensar, recordar, pero cuanto más me esfuerzo más me cuesta recordar. Solo pasan por mi cabeza imágenes sin sentido. Un bar, una chica con el pelo rubio, unos ojos, claros como el agua, rodeados de lágrimas, una cerveza y el mundo se vuelve negro. No puedo haber bebido tanto como para haber acabado así.

Necesito respuestas.

Me visto, al menos mi ropa si es la que recuerdo. Unos pantalones vaqueros y una camiseta roja con unas letras naranja que ni siquiera entiendo lo que dicen.

Salgo del hotel a toda prisa. Al menos ahora se a que se refiere con el astronauta. Es increíble, pero la diferencia entre saber donde estas o no puede ser enorme a la hora de recibir indicaciones.

Llego hasta la fachada de la catedral. La verdad es que cuando vivía aquí nunca me pareció gran cosa. Solo un edificio grande que está en todo el medio, con la misma piedra de la que se hacen las cosas aquí. Pero, después de mucho tiempo sin pisar por estas tierras, las cosas se miran de manera diferente. Ahora la miro y entiendo por qué la gente viene desde fuera a ver un edificio grande. Subo las escaleras deprisa, no veo a nadie, y empiezo a agobiarme por si he entendido mal las palabras de la chica. Supongo que se tratara de la mujer rubia con la que estuve ayer. Doy los últimos pasos hasta la puerta y finalmente me encuentro ante el marco lleno de figuras en relieve. Mis dedos se estiran hasta tocar una que siempre llamo mi atención, y la de todos los que pisaban aquella entrada. El astronauta. Ver una figura tan moderna en una construcción del…bueno… la verdad es que no sé cuando se construyo. Me avergüenza decir que nunca fui muy bueno con la historia. Saco mi móvil y empiezo a buscar en que época fue, intentando quitarme el nerviosismo.

-Has venido.- Me sobresalta una voz, sacándome de mi ensimismamiento. Me giro tan rápido que mi móvil casi se me escurre y sale volando. Ahí está ella, la mujer que recordaba, pero ahora que podía verla con más claridad mi sorpresa era aun mayor. Era Claudia, mi ex novia. Hace ya diez años que rompimos, cuando cumplí los veinte y decidí irme a buscar mi suerte lejos de esta ciudad. Antes de eso habíamos estado juntos casi desde que tengo uso de razón. Dejarla había sido lo más difícil que había hecho en mi vida.- Me alegro de verte Nan.  

Mi nombre es Fernando, pero mi grupo de amigos en aquella época siempre me llamaron Nan. 
Éramos jóvenes, y demasiados vagos para pronunciar más de tres letras.

-¿Qué estás haciendo aquí? Bueno, creo que esa no es la pregunta. ¿Qué estamos haciendo?- No podía tener miramientos en una situación así, ella sabía que había pasado y yo la verdad es que cada vez estaba más nervioso. Ella se acariciaba un mechón de su larga melena rubia, aunque cuando yo la conocí era tan negra como la noche, se notaba que también estaba nerviosa. Miraba a su alrededor sin parar y parecía que algo la impidiera hablar.- ¿No vas a decírmelo?

-¿Te importa si lo hablamos en otra parte?

-Si.- Se que estoy siendo tajante, aun así no dejo que sus ojos azules me hagan retractarme.- Dime que está pasando.

Ella suspira, yo contengo la respiración. Sin decir nada se coloca a mi lado y mira hacia la fachada, por un momento me da la impresión de que me está ignorando.

-Este lugar oculta más misterios de los que la gente quiere creer.- Empieza a decir justo cuando voy a volver a apremiarla en busca de una respuesta.- ¿Sabes por qué hay un astronauta aquí?

-Imagino que algún escultor gracioso pensó que quedaría bien.- Contesto sin pensar.- Pero eso no tiene nada que ver con esto.

-Lo tiene todo que ver. El astronauta y el ornitorrinco.

Otro silencio se abre entre nosotros, como si la tierra se abriera distanciándonos cada vez más. Ella me mira a los ojos queriendo mostrarme su sinceridad, pero yo solo veo que se está riendo de mí.

-Te lo explicare rápido. Pero no te vayas.- Vuelve a hablar al ver que estoy a punto de dejarla ahí tirada sin ningún miramiento.- ¿Sabes que es un ornitorrinco? Bueno, claro que lo sabes. ¿Pero sabes porque son tan especiales?

-Yo que sé. ¡No me importa!- Mi paciencia está al límite y estoy a punto de gritarle una serie de cosas que no debería decirle a nadie. Pero ella se mantiene firme, solo me mira a los ojos y sin saber por qué vuelvo a estar metido en su juego. Siempre tuvo esa capacidad.- No sé, porque tiene pico y no es un ave.- Claudia sonríe, no sé si se ríe de mi o es que he acertado.

-Algo así, pero mucho más. El ornitorrinco es un mamífero, sin embargo tiene pico y patas como un pato. Además nace de huevos, algo que no ocurre con otros mamíferos. Por si eso fuera poco son unos grandes cazadores pero solo submarinos ya que tienen  unos sensores eléctricos en el pico. Y también son muy venenosos por un aguijón que tienen en las patas.

-Gracias por la clase de biología. Si, son unos bichos súper raros.

-Eso creía yo. Por eso me dediqué a investigarlos. Descubrí cosas asombrosas sobre ellos, como que son una de las especies más adaptables que existen.- Mira una vez más a su alrededor, entonces soy consciente de que va a decirme lo que importa de verdad.- Mi abuelo también se había dedicado a investigarlos y participó en un proyecto en Estados Unidos durante la Guerra Fría en que se llevó uno al espacio para ver cómo reaccionaba. Yo he terminado su proyecto de investigación con los restos de ADN que quedaban de ese animal y he descubierto que en esa sangre modificada está la clave para curar todas las enfermedades, o provocarlas, incluso quien sabe podría llegarse a la inmortalidad.

Me suelta todo eso sin darme tiempo siquiera a digerirlo. ¿En serio espera que me lo crea? Durante unos momentos mi cuerpo no se mueve, esperando que me diga que todo se trata de una broma. Ni siquiera me ha explicado que tiene todo esto que ver con que yo esté aquí.

-Anda y vete a cagar.- Contesto sin miramientos.

-¡Es la verdad!- Vuelvo a ver las lagrimas en sus ojos.- Unos hombres han descubierto mis investigaciones y no pararán hasta que las tengan. Por eso ideamos este plan, tú y yo, para protegerlo aunque te costara tus recuerdos a corto plazo. Te di el ADN del ornitorrinco y lo ocultamos en un sitio donde nunca mirarán.

Miro hacia mi pantalón y me acuerdo de que antes de irme del hotel he guardado el dildo que tenía, la verdad es que no sé ni por qué lo he hecho. Después mis ojos se encuentran con los de Claudia y lo único que quiero es decirle que se vaya, que quiero volver a mi casa. No tengo un gran trabajo, no tengo familia, pero tengo toda mi vida en Alicante y no entiendo por qué me han sacado de ahí para gastarme esta broma de mal gusto.

Niego con la cabeza.

Mi mundo da vueltas.

-Mira Claudia, si esta es una venganza por lo que te hice, te has pasado.

Me doy la vuelta y ella niega, noto como las palabras se le atragantan. Al principio creo que es que no quiere que me vaya, luego siento un fuerte golpe en la cara que duele como un infierno durante los pocos segundos que mantengo la consciencia.

No sé cuánto tiempo ha pasado pero me despierto, mi cabeza duele como un infierno. Miro a mí alrededor y veo un grupo de diez hombres trajeados, tienen a Claudia amenazada con una pistola.

¡La hostia! En serio, ¿todo esto es verdad?

Estamos debajo de un puente, supongo que en las afueras, y me parece que van a matarnos.

-Espabila.- Ordena el hombre que parece el líder, un tipejo bajito, bastante mayor y con gafas de sol redondas de cristales pequeños.- Te voy a explicar la situación con brevedad y tu vas a contestar si vas a colaborar o no. Si no colaboras mataremos a la chica.

Me pongo de rodillas. Todo da vueltas. Yo solo quería estar en mi casa, tranquilamente, me da igual lo que le ocurra a toda esta gente o a la sangre de un animal raro.

-Tienes dos opciones: Dame la sangre del ornitorrinco y te haremos olvidar todo lo que ha pasado; o niégate y moriréis. ¿Qué pre…

-Te la daré.- Contesto cortándole bruscamente. El hombre se sorprende bastante mientras yo busco entre mi ropa el dildo. Lo coloco delante de él.- No sé cómo pero está aquí guardado. Cogedlo y haced lo que queráis yo no quiero tener nada que ver en esto.

El jefe sonríe y sus hombres parecen relajarse un poco. Le hace un gesto a uno de ellos que se va hacia un coche. Sé que soy un cobarde y que puede que nos maten ahora pero lo único que quiero es sobrevivir y volver a mi vida normal.

El hombre vuelve con una lata de cerveza. Eso no me lo esperaba.

-Tomate esto.- Me indica con calma. Yo trago saliva, no sé si será veneno pero si no me lo tomo moriré de todas formas. Bebo a grandes tragos sin siquiera pensarlo, toda la lata de un tirón. El efecto es automático, se me sube a la cabeza tan rápido que acabo en el suelo de golpe.- Perderás todos los recuerdos de este día, y te parecerá que tuviste una gran borrachera. No volverás a saber de nosotros.

Mi cabeza ya está dando vueltas. Dirijo mi mirada hacia Claudia, siento mucho haberla decepcionado pero yo no estoy hecho para estas cosas. Sus ojos están fijos en mí, la sueltan antes de irse. Parece que no van a hacerle nada después de todo, menos mal. Todo se vuelve borroso, pero lo último que veo antes de perder el conocimiento es una sonrisa en sus labios.

No lo entiendo.

Intento mantenerme consciente, quiero saber por qué sonríe cuando he hecho justo lo que ella no quería que pasara. Dijo que me había dado el ADN y que estaba donde nunca lo encontrarían.

¿No estaba en el Dildo?

Finalmente solo queda oscuridad.

Supongo que nunca lo sabré.

El sonido del teléfono atraviesa mis oídos como si fuera un taladro, mientras tanto mi cabeza lucha por recomponerse. ¿Dónde estoy? ¿Cómo he llegado hasta ahí?



martes, 27 de junio de 2017

Presa



Todos los olores inundaban el ambiente a su alrededor. El fresco aroma de la hierba entraba por su nariz haciéndole sentir libre y vivo, más que ningún otro. Los árboles a su alrededor creaban una gran variedad, como si quisieran terminar de dar color a un cuadro, mezclando la madera con la esencia de las hojas. Por último, le llegó el olor del agua, imperceptible si no fuera por las criaturas que habitaban en ella.

Era una tarde cálida, pero no tanto como para resultar incómoda, soplaba un suave viento que se entremezclaba con su pelaje como si fuera una delicada mano que se enredaba con cada uno de los mechones. Las hojas de los árboles silbaban una dulce canción al ser acunada y la hierba no paraba quieta, toda la naturaleza quería jugar. Dejó caer su cuerpo, de manera brusca, y se movió alegremente de un lado para otro. El césped se entremezclaba con su pelo y le acariciaba la piel.
Se sentía seguro, por eso no le importaba dejar expuesta su parte más vulnerable. Sabía que en aquel lugar nadie quería hacerle daño.

Un silbido le sacó de su diversión. Se levantó con gran determinación, cola tiesa y orejas alerta. Esa era la señal, se había acabado el momento de jugar y de divertirse con sus sentidos. No podía seguir olisqueando la naturaleza, ni escuchando el murmullo del río, ni sintiendo las briznas en la piel. Ahora todos esos sentidos debían focalizarse en su objetivo.

Era la hora de cazar.

Su objetivo empezó su movimiento, ya había iniciado ese mismo baile en otras ocasiones. No conocía su nombre, ni que era, solo sabía que debía atraparle a toda costa. Tensó los cuartos traseros y dejó caer la parte delantera para estar preparado. Su objetivo se movía de un lado para otro, ya estaba nervioso e intentaba encontrar una salida por la que no pudiera atraparle.

La emoción estaba apremiándole a avanzar, a lanzarse contra su objetivo ya, pero él sabía que si lo hacía podía perder la oportunidad. No le perdía ojo, movía la cabeza al compás así como las patas para cerrar la salida.

La presa empezó a correr. Empezando así la persecución. Era grácil, y su agilidad era portentosa, en apenas dos saltos recorría varios metros sin ningún esfuerzo. Algo increíble para una criatura con un tamaño tan reducido que casi podía devorarla de un bocado. Pero él no se quedaría atrás, se había preparado.

Estiró los cuartos traseros impulsándose, sabía hacia donde se iba a mover y por mucho que su objetivo fuese muy rápido, no era nada contra él. Dio dos, tres, cuatro zancadas. Y a la quinta todo había terminado. Se lanzó con más fuerza, era un todo o nada, si no lo cogía escaparía sin remedio. Saltó para alcanzar más altura y abrió la mandíbula con fiereza, sintió un ligero tacto en la lengua y los colmillos. Ese fue el momento adecuado, cerró la boca con todas sus fuerzas.

Cuando apoyó las patas en el suelo sintió la euforia, había ganado una vez más en una cacería, su presa había caído. Empezó a andar con gran alegría al lugar del que venía el silbido. Se agachó y dejó la presa a los pies de su mejor amigo.


Se quedó esperando con ansia a que volviera a coger a la presa para lanzársela, a ver si esta vez era capaz de cogerla antes del segundo bote.