Continúo con mi serie de relatos cortos que denominaré "Cuatro palabras". Creo que ya no es necesario que explique en que consiste. Podéis seguir poniendo cuatro palabras cuando queráis.
El relato de hoy va dedicado a Sonsoles, que creo que no necesita que le diga nada para saber lo importante que es para mí.
Sus cuatro palabras era: Reloj, ordenador, sonrisa y ruido. Debo decir que me ha salido una historia bastante más triste de lo que me habría gustado, pero espero que la disfrutéis.
(Foto de Ealinde Feviga/ Sonsoles)
--------------------------------------
La habitación estaba completamente a oscuras a excepción de
la pantalla del ordenador que iluminaba su rostro, un rostro tan marcado por el
dolor que ya no expresaba nada.
Hacía mucho tiempo que la luz no entraba en ese lugar. Igual
que hacía mucho tiempo que él no salía de allí. Encerrado en aquel cuarto donde
se ocultaba de sus recuerdos, donde no podían hacerle daño.
Su vida no había sido dura, siempre había conseguido lo que
se había propuesto: un gran trabajo, buenos amigos, había viajado y cumplido
todos los objetivos que tenía en su vida. Todo había sido perfecto, una vida de
ensueño que había disfrutado como había querido.
Al menos hasta que la perdió a ella.
El día en que murió su mujer fue el día en que su sonrisa
decidió apagarse para siempre. Los recuerdos, antaño alegres, se transformaron
en un ruido insoportable que le atormentaban a todas horas. El mero hecho de
pensar en disfrutar un día sin ella le parecía insoportable. Por eso decidió
que se convertiría en un fantasma, al igual que ella. Pasaría el resto de su
vida metido en aquella habitación, con la iluminación artificial del ordenador.
Sus ojos ya se habían secado y su boca permanecía con una mueca eterna de
indiferencia. Era un caparazón vacío, una sombra de lo que fue antaño. Así,
creía que compensaba seguir cuando ella no había podido.
Unos ojos le observaban siempre, desde un rincón de la
habitación.
Aquella que estuvo con él mientras vivía, que le cuidó y
quiso más que a nada, también lo hacía tras su muerte. Sabiendo que se había
convertido en un mero ruido, una sombra que solo aparecía en su cabeza para
hacerle daño. Eso era algo que la atormentaba constantemente, y que no iba a
seguir permitiendo. Haría lo que fuera para recuperar esa sonrisa que iluminó
su vida.
Una noche, mientras
él dormía, ella fue hasta su cama y le observó unos instantes. Incluso cuando
dormía no mostraba ninguna paz. Le miró detenidamente y pudo sentir como los
ruidos en su cabeza hacían que cada segundo de sueño fuera un infierno.
Acarició su frente con su mano derecha dulcemente, mientras en la izquierda le
aparecía un reloj. Era un objeto espectral, pequeño y con unas agujas que
avanzaban muy lentamente. Se concentró en el reloj y en su amado. Tras unos
segundos, el reloj se paró y después dio marcha atrás. A medida que el reloj
retrocedía, una sucesión de imágenes se pasaban por la cabeza del hombre que
dormía. El tiempo estaba rebobinándose en su cabeza.
Finalmente paró. El tic-tac de las agujas sonó nuevamente a
medida que avanzaba, mezclándose con los ruidos que le atormentaban.
Ya no estaba en aquella cama, no estaba en esa habitación y
no era ese hombre que pretendía ser un fantasma. Era un joven, un chico de
dieciocho años que no sabía qué hacer con su vida.
La pantalla del ordenador iluminaba su rostro, pero esta vez
su sonrisa le devolvía la luz. Estaba jugando a algún videojuego, mientras
hablaba con sus amigos por el micrófono y disfrutaba de cada momento, sin
importarle que fueran las cuatro de la mañana.
-Pero que malo eres.- Escuchó a través de los auriculares la
voz de una chica que resaltaba entre todo su grupo de amigos. En aquel momento
aun no se había atrevido a decirle nada, aunque llevaba gustándole desde que la
conoció, pero esa era la voz de la que sería su mujer en un futuro.- ¡Hemos
perdido por tu culpa!- Los reproches no estaban cargados de ira, sino de risas
y diversión.
-¿Qué dices? Si yo lo he hecho todo bien. Ha sido culpa
tuya.
-Venga Pedro. Se veía que estabas distraído con otra cosa.-
Aquella era la voz de Manuel, su mejor amigo. Llevaba sin verle meses, desde
que decidió no ver a nadie. Siempre había sido una gran persona, pero le
encantaba ponerle en aprietos cuando no se trataba de cosas serias. Él era el
único que sabía que le gustaba Paula, y durante mucho tiempo se arrepintió de
decírselo. Su amigo aprovechaba la más mínima ocasión para lanzar alguna
indirecta y forzarle a decir algo.
Aquel recuerdo había sido enterrado durante mucho tiempo,
cubierto por ese incesante ruido que le provocaba tanto dolor. Era la primera
vez que Paula había jugado con ellos, cuando por fin la convencieron para que
probara el juego.
Ese juego de ordenador había sido uno de sus
entretenimientos favoritos durante los siguientes años. Ahora solo jugaba a
juegos de un solo jugador. Hacer cualquier cosa que hubiera hecho con ella era
demasiado doloroso.
El reloj volvió a correr, esta vez se aceleró hacia adelante.
Por el camino pasó por varias escenas más, el día en que
ella por fin dio el paso que él no se atrevía y le dijo lo que sentía, la
primera cita desastrosa en la que parecía habérsele olvidado como ser una
persona, las tardes viendo películas, los paseos y, sobretodo, las sonrisas que
compartían.
-No dejaré que esa sonrisa muera nunca.- Le había dicho ella
cuando consiguió animarle después de un día muy duro.
Esas palabras se clavaron en él, pero no le causaron daño
como pensaba que haría, le habían devuelto una parte de él que creía pedida.
El reloj volvió a detenerse.
Estaban en lo alto de un gran edificio, de un hotel, viendo
frente a ellos a lo lejos el Big Ben. Era el primer día de su viaje de bodas,
en el que habían decidido viajar y visitar todas las partes del mundo que les
fuera posible. El viento les acariciaba, pese a lo que esperaban no estaba
lloviendo. Ella miraba hacia el reloj, pero él la miraba a ella.
-Sabes.- Empezó a decir ella después de un largo silencio,
un silencio plácido. Cuando estaban juntos incluso esos momentos eran
increíbles.- Si pudiera, iría hasta ese reloj y sujetaría con fuerza, hasta que
las agujas se detuvieran.
-¿Y eso de qué serviría?
-Es un reloj muy grande.- Le lanzó una amplia sonrisa, como
si fuera una niña pequeña.- Seguro que si lo paras se para todo el tiempo en el
mundo.
Por mucho que lo intentó, sus ojos se llenaron de lágrimas,
mientras ella le miraba sin perder la sonrisa. La abrazó con fuerza dejando que
las lágrimas corrieran sin descanso.
-¡Oye! ¿Qué te dije de tu sonrisa?- Preguntó llena de
reproche. Su voz le temblaba, su cuerpo entero lo hacía, y sin embargo su
rostro seguía iluminado por una amplia sonrisa.
Él se alejó un paso, se secó los ojos y volvió a sonreír de
oreja a oreja. Era una sonrisa sincera, no una mueca para complacerla.
El tiempo volvió a moverse, avanzaba y retrocedía para
mostrarle todas las imágenes que parecía querer olvidar, pero que no debía
hacerlo.
Vio el día de su boda, su primera noche juntos, la cantidad
de veces que le pidió que se casaran y ella le dijo que no, la vez que le dijo
que sí. Cada momento, los alegres y los tristes, las discusiones y las
reconciliaciones, todos los instantes que les habían convertido en la pareja
perfecta, al menos para ellos.
Finalmente el reloj le llevó hasta un momento. Él fue
consciente e intentó huir, alejarse ahí y volver a la felicidad, quería
regresar a ese pasado en el que no había tenido que separarse de ella.
-No lo hagas.- Le dijo esa dulce voz, que siempre era
tranquilizadora incluso cuando parecía a punto de romper en un llanto.- No
huyas.
No podía responder, no era capaz de contestar aunque fuera
lo que más deseaba en el mundo, pero si podía terminar de ver lo que parecía
querer enseñarle.
Estaban los dos en el hospital, ella llevaba ya un mes
ingresada y ambos sabían que se acercaba el último momento aunque no quisieran
aceptarlo. El sonido de las máquinas provocaba un ruido insoportable, un ruido que
se había quedado en su cabeza desde aquel momento y que volvía cada vez que
intentaba recordarla.
-No puedo hacerlo.- Le había dicho a ella cuando por fin fue
capaz de hablar.- Esto es demasiado no…
-Claro que puedes.- Contestó débilmente.- Lo prometiste.
Sabías que este momento llegaría, ambos lo sabíamos, pero no pienso permitir
que tu sonrisa muera conmigo.
Era cierto, claro que era cierto, ambos lo habían sabido
desde que empezaron a estar juntos. Paula tenía una enfermedad que no iba a
dejarla vivir mucho, por eso cada vez que él pedía su mano ella le rechazaba.
Finalmente la había convencido de que prefería estar con ella el tiempo que
fuera, que no haber estado nunca. Habían vivido un romance eterno, una vida
entera en tan solo unos años, él había jurado que después seguiría viviendo,
ella que nunca estaría triste mientras él estuviera a su lado.
Solo ella había cumplido su parte del acuerdo.
Los recuerdos se iban difuminando, dijeron más cosas, él
lloro mucho más de lo que le hubiera gustado, pero todos esos recuerdos se
perdieron para siempre. Solo quedó el momento en que ella dejo de estar ahí.
-Pero no he dejado de estar ahí.- Le
susurró con dulzura.- Tienes que vivir, tienes que continuar tu vida por donde
la dejaste. Tus amigos, tu familia, tu trabajo, hay un mundo inmenso
esperándote y yo no quiero ser el ruido que te impide escuchar todas las cosas
que te tienen que decir. Solo quiero ser el susurro que te aliente a seguir
avanzando, no quiero que me olvides, quiero que mi recuerdo te haga volar y ser
mejor de lo que ya eras.- Se agachó sobre él y le besó la frente.- Siempre
estaré donde tu estés, viviré a través de ti, así que por favor… no me hagas
vivir siempre en la misma habitación. Déjame ser la guardiana de tu sonrisa ahí
fuera.
Sus ojos se abrieron, estaban llenos de lágrimas,
posiblemente habría estado llorando toda la noche. El dolor de aquellos recuerdos
había sido doloroso, pero a la vez habían conseguido silenciar ese ruido
incesante que no le permitía vivir.
Por una vez en mucho tiempo, volvía a sonreír de verdad,
esperando a que por la mañana el reloj siguiera avanzando.

Aunque ya te lo he dicho un par de veces, repito, me ha parecido precioso^^ estoy deseando seguir leyendo los relatos!
ResponderEliminar