miércoles, 23 de agosto de 2017

Camino

Hola a todos.

Hoy traigo un relato más de la colección de "Cuatro palabras". En este caso debo decir que ha sido un relato bastante complicado y por eso he tardado en escribirlo. Ha ocurrido algo curioso, debido a las palabras que me dio Miguel. Estas palabras no eran complicadas de introducir en el texto, y si que me inspiraron una historia en la que creo se ven reflejadas de una manera u otra. Lo curioso es que no quería que quedaran forzadas y por eso he tenido que cambiar un poco mi estilo de escritura normal. La verdad es que aunque ha sido difícil me he divertido mucho escribiendo este relato. Espero que lo disfrutéis.

Las palabras eran: Relente, otrora, frenesí y fulgor.


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Sintió como su capa ondeaba con el viento, un viento gélido que, a cada aullido, amenazaba con cortar su piel. A su alrededor solo veía frondosos árboles y tras ellos una absoluta oscuridad. Con cada paso sentía su corazón latiendo con más fuerza, todo su cuerpo le indicaba que no debería estar en ese lugar. Se aferró al manto que le cubría con la mano derecha mientras apretaba el otro puño con fuerza, sintiendo como se arrugaba la carta que portaba.

En otras condiciones nunca habría ido por ese lugar. Ese camino, otrora tranquilo y muy transitado por toda clase de viajeros, ahora solo era conocido por las desgracias que se narraban. Desde que se perdió la guerra, los bandidos campaban a sus anchas, sin embargo eran lo menos temible que uno podía encontrarse.

El ambiente era más húmedo cada vez, y sintió un escalofrío cuando le envolvió un helado relente. Aquel clima no era normal, lo sabía y sentía una necesidad de huir cada vez más acuciante. Apretó contra él la carta una vez más, había cosas que eran más importantes que el miedo, o que uno mismo.

-¿Quién eres?- Sonó una voz femenina entre los árboles. Un sonido sugerente y aterrador por partes iguales, acompañado por el graznido de unos cuervos y el revoloteo de unas aves en los árboles. El viajero quiso seguir andando, ignorar la pregunta, pero sabía que aquello no habría sido una buena idea. Se detuvo y miró en la dirección de la que venía la voz.

Ante él solo encontró el fulgor rojizo de unos ojos, más de los que esperaba encontrar, dispersados entre las sombras.

-Saludos, hermosa dama.- Respondió poniendo todos sus esfuerzos en que no le temblara la voz.- Solo soy un humilde viajero que debe cruzar este bosque, no merezco su atención.

Los ojos se movieron de un lado para otro, con gran inquietud. En la oscuridad sonó una carcajada inocente pero que helaba la sangre.

-¿Cómo sabes que soy hermosa si no me habéis visto?- El hombre abrió los ojos como platos cuando, para su sorpresa, apareció frente a él una de las mujeres más bellas que había visto en su vida. Su piel era pálida como la nieve y por su espalda caía una larga melena azulada, del mismo color que sus ojos. Iba cubierta con una telaraña de hielo.- Aunque veo que no te retractas.- Esbozó una hechizante sonrisa, capaz de dejar estupefacto a cualquiera que la mirase. Pero el encanto duró poco, cuando empezaron a surgir junto a ella unas inmensas arañas blancas y azules.- Pero los halagos no debería recibirlo solo yo, sino también mis hermanas.

El corazón le latía a toda velocidad, pero aun así era más lento que sus pensamientos. Sin mostrar duda hincó la rodilla e inclinó la cabeza. La dama arqueó una ceja, no esperaba aquel comportamiento y eso era bueno.

-Me temo que no puedo.- Miró hacia arriba y por un segundo contemplo como iba a surgir la ira en aquella misteriosa mujer.- No cuando vos habéis cautivado todos los elogios que guardaba. Un corazón es ingobernable, y una vez que fija su objetivo es incapaz de distraerse con otras presas.

-Vaya.- Una vez más aquella sonrisa invadía su rostro.- Entiendo tu forma de pensar, y tus sentimientos. Pero temo que no puedo corresponderos si mis hermanas no van a serlo.

La madera de los árboles crujió y las hojas sonaron a medida que las inmensas criaturas avanzaban hacia él. Chasqueaban sus bocas y segregaban un líquido blancuzco que se congelaba antes de tocar el suelo. Él tragó saliva, no era un combatiente y si querían comérselo lo harían.

-Tengo amigos.- La mujer y las arañas se quedaron paradas.- No aquí, pero podría ir a llamarles y traerlos mañana, seguro que admiraran tanto la belleza de sus hermanas como yo admiro la vuestra.

Todo quedó en silencio. Las hermanas se miraban unas a otras con curiosidad. Despacio, como si no quisieran ser vistas, las enormes criaturas comenzaron a retroceder. No hubo un solo ruido.

-¿Cómo sé que dices la verdad? Podrías estar mintiendo para marcharte. Quizá ni siquiera tengas amigos.- La pregunta parecía dura, llena de dudas e incredulidad, pero no podía evitar reflejar la esperanza, y el viajero no iba a dejar pasar aquella oportunidad.  

-Debéis saber que tengo muchos amigos. Normalmente siempre viajan conmigo, pero esta vez me encamino a un viaje que debo hacer yo solo. Además, nunca sería capaz de mentiros a los ojos cuando me miráis con esa mirada cautivadora. Así que si me permitís…

-¿Cómo son?- Interrumpió ella, esta vez sin ocultar la ansiedad que sentía.

Aquella pregunta no le pilló por sorpresa, esperaba haber creado suficiente intriga. Se irguió con orgullo, tratando de parecer altivo y seguro de sí mismo.- Todos ellos son hombres galantes y hermosos, tan radiantes que suelen cegar a aquel que lo mira durante mucho tiempo.- La mujer se quedó sin aire.- Debo admitir que la mayoría de ellos son amantes de la noche y salen poco de día, pero son fieles y cuando les he necesitado me han guiado en la dirección correcta. La verdad es que entre ellos hay uno que solo sale algunas noches, tiene un humor muy cambiante pero no hay mujer a la que no haya hecho soñar. Por otra parte, mi último y mejor amigo siempre sale conmigo de día. Sus cabellos son tan rubios que hasta las flores se giran a mirarle, no sería capaz de concebir una vida sin él.

La mujer estaba boquiabierta, la seguridad en la voz del hombre había sido suficiente para convencerla, y si existían unos seres tan maravillosos sin duda quería conocerlos.

-Está bien, creo en la existencia de tus amigos. Pero sigo sin estar segura de que volverás.

-Sois una mujer insegura, y eso hace que ansíe protegeros, hacer que el mundo sea un lugar seguro para vos. Por ello tomad.- Con un movimiento delicado descubrió sus hombros y volviendo a hincar la rodilla mostró en sus manos la capa que le había cubierto del frío. Sintió como la humedad del viento le calaba aún más profundamente en los huesos al no tener nada con lo que cubrirse.- Os entrego este atuendo para que os protejáis. Este manto lo utilizó mi padre, y el suyo antes que él. Yo no poseo hijos y no querría tenerlos con alguien que no fuerais vos. Utilizadla para protegeros y como seguro de que volveré por este camino.

La gélida mano agarró la capa y la colocó sobre la telaraña que cubría sus hombros. Un leve rubor violáceo cubrió su rostro antes de despedirse del viajero con un suave y helado beso en la mejilla. No dijo nada, simplemente asintió mientras contenía las lágrimas y después se ocultó entre los árboles con sus hermanas. Ocultándose en las sombras.

Poco tiempo después, él ya se había alejado lo suficiente como para sentir como desaparecía esa extraña humedad. Por desgracia, aunque no tenía ningún apego real a aquella capa, ya no tenía nada que le protegiera del frío. Avanzó todo lo rápido que le permitían sus pies para evitar morir congelado.

La penumbra del bosque iba disminuyendo a cada paso que daba, y el sendero se veía con más claridad. Sintió un gran alivio, aunque el aire amenazaba con abandonar por completo sus pulmones debido al agotamiento, pues sabía que tardaría una hora en terminar de recorrer el camino. Sin embargo, sabía que el destino suele empeñarse en colocar más de una piedra en nuestro camino, y la mujer de blanco y azul no sería el único problema al que tendría que enfrentarse.

Un rugido ensordecedor marcó la llegada de su segundo desafío. Dio unos cuantos pasos más y ante él vio una inmensa criatura, descomunal tanto en altura como en envergadura. Se encontraba fuera de sí, destrozando todo lo que se encontraba a su paso, árboles o rocas, en un frenesí imparable. El viajero se quedó paralizado, completamente aterrado, pero era consciente de que ese era el único camino posible. Tragó saliva, hizo acopio de todo su valor y avanzó con toda la seguridad que sus temblorosas piernas le permitían.

El monstruoso ser se giró hacia él al instante, bufando una y otra vez, con los ojos inyectados en sangre y espuma saliéndole por la boca.

-¿Tantas ganas tienes de morir criatura?- Avanzo con unos pasos tan pesados que todo parecía temblar a su alrededor y colocó su cara a apenas unos centímetros del humano.- O acaso eres otro estúpido que viene a matarme.

Hubo un leve momento de silencio, al igual que en la anterior ocasión sabía que si aquel ser quería destruirlo lo haría sin ningún esfuerzo. Esperaba que aquella criatura fuera capaz de escuchar lo que tenía que decirle.

-¿Por qué iba a querer mataros?- Las palabras salieron solas, sin mostrar ningún temor, aunque su estómago estaba a punto de demostrar lo contrario.- Sois un noble habitante de estos bosques.

Una carcajada brotó de aquella inmensa boca con un sonido ronco y duro. Fue breve, y cuando terminó el rostro se le tornó aun más iracundo. Agarró al viajero con una mano y lo pegó contra su cara.

-No me hagas reír enanito, si pretendes que baje la guardia prepárate para ser devorado. Tu rey ha puesto una recompensa por mi cabeza, y cada día vienen cientos de guerreros mejores que tú en busca de su trofeo. Y acaban siendo mi comida.- Las terribles fauces se abrieron de par en par y se acercaban cada vez más a su comida. El olor era nauseabundo, sin duda era una manera nefasta de acabar una vida.

El caminante se sacudió como pudo, tratando de evitar aquel horrible destino, su mente giraba sin parar, tratando de encontrar una solución. Sintió como una gota de saliva del tamaño de su cabeza le caía encima y soltó un grito de terror.

-¡Soy un emisario del rey, pero no vengo a mataros!

Fue como si el tiempo se detuviera durante unos segundos. Ni siquiera había sido consciente de que aquel era el sonido de su voz. El gigante le sacó de su boca y le miró arqueando una ceja con curiosidad.

-¿Y a qué has venido?- El hombre, ahora incapaz de mostrar su terror extendió la mano con nerviosismo para mostrarle la carta que portaba. Aquella era una jugada arriesgada, pero la otra opción era una muerte horrible. La respuesta del monstruo fue un suspiro pesado que para el hombre fue como escuchar campanas de victoria.- No sé leer esa letra tan minúscula.

-Como bien habéis podido ver, no soy un guerrero. ¿Por qué iba a venir solo por el bosque si no fuera una orden real?- Señaló con vehemencia la carta, tratando de resaltar la importancia que tenía ese trozo de papel.- El reino se rinde ante vuestra fuerza. Este papel le permite viajar por el bosque con total libertad y nadie volverá a intentar mataros.

El monstruo mostró una sonrisa complacida, pero sus ojos reflejaban una gran duda. Agarró el papel con ambas manos tratando de leer lo que ponía, pero saltaba a la vista que era incapaz de hacerlo. Volvió a dirigir una mirada inquisitiva al supuesto mensajero real. Se encontraba en una encrucijada, si ese insignificante humano le había mentido merecía un castigo, pero si decía la verdad y le devoraba los cazadores volverían a intentar matarle.

Por otra parte, al viajero no le convenía que las dudas inundaran la mente de su agresor y trataba de encontrar una solución.

-Eso no es todo mi señor.- Respondió por fin.- Como gesto de buena voluntad le entrego mis zapatos.- El hombre se agachó, desató los cordones de su calzado con delicadeza, para no hacer ningún movimiento brusco, e hincando la rodilla los puso ante el monstruo. La criatura mostró aun más dudas e incomprensión.- Yo debo cruzar el bosque hasta el otro lado y luego volver. Tardaré todo un día, en caso de que mienta vendrán asesinos a por vos. En caso de que eso ocurra no podré huir con los pies descalzos por mucho que me esfuerce.

Aquella solución parecía complacer a la criatura y, tras coger los zapatos permitió el paso al supuesto emisario real, quien continuó su viaje con diligencia.

Pasó otra hora más caminando en la penumbra, con el frío helándole la piel y la sangre brotando de sus pies desnudos, destrozados por las rocas y las duras raíces que encontraba por el camino. Fue un tortuoso camino pero finalmente llegó a su destino.

Era un claro en medio del bosque donde solo había dos pequeñas rocas que podían cumplir la función de asiento y una más grande, redondeada, que parecía una mesa. Sentado en una de las rocas se encontraba una mujer encapuchada, con una capa negra y raída. Ella le miró con unos ojos negros como la noche y fríos como el hielo. Le dirigió una cariñosa sonrisa y le indicó que se acercara, que se sentara junto a ella.

-Llegáis justo a tiempo, no sabía si vendrías.- Él se sentó a su lado, necesitaba un segundo para descansar los pies. Ella agarró su mano derecha y la besó con ternura.

-Hay citas a las que uno debe acudir a cualquier coste.- Respondió con seguridad, ya no sentía ningún miedo.

La mujer suspiró, llena de pesar y le acarició el rostro, sintiendo que estaba tan helado como el suyo propio.- Solo tengo una pregunta antes de que partamos. ¿Si sabes a donde vamos por qué te has esforzado tanto en el camino?

La primera respuesta del viajero fue una carcajada que no expresaba ninguna alegría, solo ironía y agotamiento. Después se puso de pié, dispuesto a realizar el último tramo del camino acompañado.

-Porque una vez que se inicia un camino hay que recorrerlo hasta el final.



lunes, 14 de agosto de 2017

Un enfrentamiento imposible

Hola a todos

Vuelvo con otro relato. Esta vez el relato va dedicado a Mario. Debo decir que creo que esta vez me la he jugado bastante, pues es un tema en el que no soy un experto y se lo dedico posiblemente a la persona que más sepa al respecto. Pero es alguien que ha hecho muchísimo por mí así que quería jugármela. Espero de verdad que lo disfrutes.

Las palabras son:  Trinchera, shuto, mendrugo y código.

Un saludo y espero que os guste. 


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El golpe sonó con fuerza y le acompañó la sutil caída de las hojas. ¡Pam! El segundo golpe fue aún más fuerte que el anterior. Continuó una y otra vez, aunque ya tenía el canto de su mano derecha dolorido y enrojecido, incluso cuando la piel había roto y la sangre manaba de varias pequeñas heridas, no se detenía. Un impacto tras otro, hasta que al final se detuvo. Tomo aire, sintió como se le llenaban los pulmones y una inmensa calma le inundó.

-¿Qué le ha hecho ese árbol?- El inocente sonido de la voz de un niño le sacó de su ensimismamiento. Miró hacia atrás y se encontró a un chaval de no más de diez años que le observaba con curiosidad. Por su mirada parecía que llevaba observándole bastante tiempo.

Él esbozó una sonrisa, miró hacia el lugar donde había golpeado. La madera empezaba a estar astillada y se podía ver al otro lado de la corteza el cuerpo desnudo de aquel árbol.

-No me ha hecho nada. Solo estaba practicando. - Respondió sin dejar de mostrar esa alegría calmada.

-¿Practicar? Señor, solo estaba dando golpes a ese árbol.- El muchacho mostró una gran indignación.- No trate de engañarme solo porque sea un niño.

-Tienes razón.- Contestó entre risas.- Y a la vez te equivocas completamente. Solo es un golpe, pero uno realizado muchas veces de una determinada forma. Es un Shuto, dicho de manera muy simple es un impacto con esta parte de la mano.- Le indicó la parte enrojecida.- Requiere mucha práctica hacerlo perfecto.

La mirada del niño era la misma. ¿Cómo podía ser tan complicado golpear un simple árbol? Simplemente se encogió de hombros y se fue, ni siquiera le dijo adiós.

El hombre negó con la cabeza sin perder la sonrisa. ¿Qué podía esperar? Ese chico solo veía un anciano de más de sesenta años perdiendo una pelea contra un trozo de madera. Añoraba los tiempos en los que la vida era tan simple, tan pura e inocente. Pero esos tiempos se habían escapado, pero aun podía intentar recuperar esa pureza. Se giró de nuevo, miró hacia el árbol y cuadró su postura para empezar a practicar con el lado izquierdo. Por muy cansado que estuviera, aunque el dolor fuera cada vez mayor, debía terminar lo que había empezado. Ese era su código, la ley por la que había regido toda su vida: “Nunca empieces algo que no puedas acabar y una vez que lo empiezas debes terminarlo pase lo que pase”.

Tomo aire, calmó su respiración y empezó.

Un golpe y después otro.

Poco a poco empezó a aparecer su verdadero rival. Ante él se alzaba una gran oscuridad, un abismo infranqueable que nunca había sido capaz de cruzar del todo. En cada impacto el dolor físico solo era un alivio, un paso más cerca de la victoria en un enfrentamiento que nadie puede ganar. Nadie puede derrotarse del todo a sí mismo.  

¡Pam!

La sangre brotó de su mando. Por muchos años que llevara entrenando siempre acababa sangrando, pero no era su herida la que veía. Veía heridas de disparos, el dolor reflejado en los rostros de aliados y enemigos. Sus amigos estaban a su lado, pero cada vez que los miraba podía ser la última.

¡Pam!

Cada vez golpeaba con más fuerza y sentía más dolor, pero no dejó que se viera reflejado en su rostro. Eso no era nada. Ya había experimentado autentico dolor. No era el que causaba un disparo o un golpe, era el que te causaba ver a un compañero desaparecer en medio del campo de batalla y no volver a verle. El dolor agónico que ocasionaba el miedo mientras esperabas en la trinchera a que llegara el momento de matar o morir. El sufrimiento de la gente que no tiene ni un mendrugo de pan para llevarse a la boca. El dolor físico no era nada comparado con el que se siente cuando sientes las miradas de desprecio de las personas a las que quieres proteger, por las que darías tu vida, y solo ven un asesino.

¡Pam!

El cuerpo empezaba a decirle que se detuviera, que no diese un solo golpe más, el abismo era cada vez mayor y trataba de tragárselo con más fuerza. Pero aunque su cuerpo quisiera detenerse, su mente no se lo permitía y le hacía continuar. Y a cada golpe el abismo se volvía un poco menos oscuro. El sufrimiento y el dolor daban paso al orgullo y la calma. Aunque la sangre manase, aunque tuviera la muñeca adormilada, sabía que no se detendría.

¡Pam!

Vio el agradecimiento de las personas a las que salvó, los compañeros que habían dejado de ser amigos para ser familia. No luchaba para arrancar vidas, sino para impedir que otros lo hicieran, para proteger a aquellos que no tenían ni la fuerza para protegerse. Tampoco buscaba reconocimiento o gloria, no le importaba ser el soldado anónimo. Mientras una persona más estuviera a salvo, o un compañero volviera a casa a su lado habría merecido la pena.

¡Pam!

Ya faltaba poco. No se centraba en llevar la cuenta, pero sabía que en breve la batalla terminaría. Ya nada era blanco o negro. Todo lo malo estaba atenuado, y era consciente de que las decisiones que tomó en su vida le habían llevado a ese momento. Puede que el camino hubiera sido duro, pero eso le hacía ser quien era.

El último golpe sonó con más fuerza. El combate había terminado, y no había conseguido ganar, pero el resto del día el enemigo sería más débil. Miró hacia el árbol, la madera estaba manchada de su propia sangre. Esbozó una sonrisa y no pudo evitar soltar una carcajada al pensar en cómo aquel trozo de madera le había vencido.

Empezó a caminar, calmado, sintiendo una gran paz.

Al día siguiente volvería a intentar ganar.  

martes, 1 de agosto de 2017

Zadaya

Hola a todos.

Hoy traigo un nuevo relato. Esta vez el relato va dedicado a Luis y la verdad es que estoy bastante contento con el resultado. Espero que os guste.

Las palabras son: Esquizofrenia, amor, tiempo y universo. Que lo disfrutéis.


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La nave temblaba, el acero vibraba más a cada metro que recorrían, pero aguantaría, atravesar la atmosfera de un planeta siempre era igual y ella lo sabía bien. Zadaya empezó a pulsar los botones del monitor para preparar el aterrizaje, por desgracia para ella, era la única que sabía cómo pilotar.

Finalmente el temblor se detuvo y el resto del descenso fue mucho más suave. Dejó los mandos, el piloto automático se ocuparía del resto, y se dedicó a mirar hacia el horizonte.

-Es precioso.- Dijo Lasney. La capitana miró hacia su compañera y esbozó una amplia sonrisa. No hacía mucho que conocía a la joven, desde hacía unos meses cuando la rescató de unos esclavistas. Quien sabe lo que habrían hecho si no hubiese llegado a tiempo.

Ante ellos estaba uno de los mundos más coloridos que había visitado. No había dos plantas del mismo color, incluso las nubes en el cielo variaban su tonalidades a cada segundo. Aterrizaron en un claro junto a un lago de color morado. Cuando el vehículo se posó en la tierra un montón de criaturas salieron volando en todas direcciones y cuando batían sus alas llenaban el cielo de un brillo dorado. Lasney salió corriendo de la nave en cuanto se lo permitieron y se quedó pasmada señalando en todas direcciones. Zadaya la miraba con una amplia sonrisa en los labios, sabía que su compañera no había podido disfrutar de la vida. Recordaba cuando era como ella, cuando al visitar un mundo nuevo pensaba que era una alucinación. En su planeta, hacía ya décadas, si alguien hablaba de cosas así le decían que tenía esquizofrenia. Pero ahora ya todos conocían la verdad que se ocultaba más allá de las estrellas, y el universo les parecía mucho más pequeño.

-No hemos venido a disfrutar del paisaje.- Comentaba Ghen apoyado sobre el equipo que tenían que descargar. Era un hombre robusto, sin duda el más fuerte de toda la nave, y también el más serio. Se trataba de su compañero más antiguo, le conoció en el primer trabajo que le mandaron, desde entonces ambos tenían una deuda de vida con el otro.

-Déjala tranquila, dentro de poco no podrá disfrutar nada de este lugar.- La capitana se acercó a su compañero y le sonrió.- Ya bajo yo lo que haga falta, tú siempre acabas cogiendo de más y tenemos que movernos rápido.

-Como ordenes, jefa.

El enorme hombre se fue con el resto de la tripulación, seguramente para hacerlos trabajar, eran buenos compañeros pero necesitaban un empujón para empezar a hacer lo que debían. Ella se quedó mirando a las personas que consideraba su familia. Parecía mentira que fueran tantos, cuando empezó a viajar eran solo dos, y en ese momento veía a casi una veintena de hombres y mujeres por los que daría su vida. Todos eran humanos, aunque eso causaba que otras razas la tildaran de racista, pero no era su culpa que en la mitad de sus trabajos se encontrara con alguien de su raza que necesitaba ayuda.

Una palmada en su espalda la sacó de su ensimismamiento. Se giró y vio al pequeño Steven, un niño de apenas ocho años al que encontró en un campo de trabajo durante su incursión en la tercera luna de Ezir. Por desgracia no llegó a tiempo y cuando le encontró ya le habían seccionado las cuerdas vocales. Aun así parecía feliz. Al principio había pensado en dejarle en algún sitio donde estuviera a salvo pero él parecía preferir seguir con ellos. Además sus habilidades como rastreador eran insuperables.

-¿Qué ocurre?

El chico empezó a mover las manos. Habían inventado un lenguaje de signos para poder comunicarse con él, los nuevos que llegaban a la nave tenían ciertos problemas pero Zadaya podía entenderle perfectamente.

-Así que nuestro objetivo está cerca.- Soltó una pequeña carcajada que el niño contestó con una amplia sonrisa.- ¡Es hora de que empiece la fiesta!

Se acercó a una caja sobre la que descansaba su chaleco rojo. Se lo puso y sintió el peso de los artilugios que guardaba en los múltiples bolsillos ocultos.  Recogió su larga melena rubia en una coleta e indicó a cuatro de sus hombres que la siguieran, el resto vigilaría la nave y esperaría a su regreso.

Efectivamente no avanzaron ni cincuenta metros cuando encontraron su objetivo descansando entre los árboles. Cada respiración de aquella criatura hacía temblar todo cuanto había a su alrededor. Estaba dormido, pero mantenía uno de sus veinte ojos abierto. La capitana tragó saliva, sabía que los Serpicar eran enormes, pero aquel era el más grande con el que se había encontrado, ni siquiera sabía cómo iba a cargar su cabeza en la nave. Pero tenía que hacerlo o no cobraría, aunque lo principal era acabar con él. Esos seres eran parásitos inmensos, llegaban a un planeta volando pues tenían la capacidad de viajar por el espacio y cuando llegaban se alimentaban de él hasta que no quedaba nada con vida.

-Jefa, igual deberíamos retirarnos.- Susurró Matt, era su mejor tirador pero también era un cobarde.

-No digas tonterías, no podemos permitir que destroce un planeta tan bonito como este.- Respondió Lasney sin dudar.

-Tiene razón.- Zadaya miró a su alrededor.- Esto es lo que haremos. Matt, tu súbete a ese árbol. Me cubrirás desde ahí. Ghen y Lasney iréis por los flancos para herirle en las patas, son tres para cada uno. Yo iré de frente en cuanto vea una apertura y le haré explotar el cuello. Tened mucho cuidado.

Asintieron y marcharon a sus puestos. Ella esperó con paciencia a que todo empezara.

Sus compañeros iniciaron el plan sin pensárselo dos veces. La antaño esclava sacó dos dagas vibrantes, un arma capaz de cortar casi cualquier cosa, y empezó a hacer cortes en las patas del monstruo mientras Ghen asestaba golpes con un mazo de pulso en las otras extremidades.

Pero ese ser ni se inmutaba. Ni siquiera parecían hacerle cosquillas.- “Maldición, ya se ha alimentado demasiado.”- Pensaba ella, estaba claro que tendría que entrar en acción antes de lo previsto.

Salió del árbol con un explosivo en cada mano, si el objetivo seguía sin responder podría llegar a detonarle las cargas antes de que despertara. Un rugido ensordecedor la paralizó en cuanto salió de su escondite. El antes impasible ser ahora la miraba con todos sus ojos. Se empezó a poner de pie, por poco aplasta a sus dos atacantes cuando apoyó sus inmensas patas en el suelo. Movió su cuello de un lado a otro, con un baile hipnótico, mientras sus tres colas golpeaban contra los arboles de su alrededor. Se colocó en guardia y en su espalda surgieron cientos de púas de las que goteaba un extraño líquido azul.

-Maldición.- El Serpicar avanzó hacia ella a largas zancadas. Desde los árboles surgieron disparos, intentando ayudarla a huir, pero no eran capaces de perforar la gruesa piel. Zadaya pulsó su cinturón y una cuerda salió disparada desde su chaleco hasta engancharse en un árbol.- ¡Coge esto Lasney!- Mientras pasaba por los pelos sobre la cabeza del monstruo lanzó uno de los explosivos hacia su amiga.

La carga cayó al suelo sin que la chica pudiera siquiera tocarlos. Al impactar provocó una gran explosión.

-¡Lasney!- El grito de la mujer fue ensordecedor. El fuego morado provocado por el plasma prácticamente había incinerado una de las colas del inmenso ser y parecía no haber dejado rastro de la chica. 

La criatura se retorcía de dolor, golpeando todo cuanto encontraba a su paso.

Llena de ira, Zadaya saltó sobre el lomo, a media espalda del Serpicar. Tardó en ser consciente de que si hubiera caído sobre una de las púas habría muerto. No tenía tiempo que perder ya que no iba a aguantar mucho ahí. Se dirigió hacia el cuello mientras desenfundaba su pistola. Puede que los disparos de Matt resultaran inútiles, pero sin duda uno a bocajarro de su arma haría suficiente daño. Cuando llegó se aferró con todas sus fuerzas a la piel rugosa y apoyó el cañón. De sus labios brotó un autentico rugido mientras apretaba el gatillo. Sintió las lágrimas caer por su rostro, debía vengar a su amiga.

El disparo fue suficiente para hacer una pequeña herida en la piel, no era gran cosa pero sería suficiente.

Agarró el último explosivo que le quedaba y lo metió dentro de la herida con un fuerte golpe. Saltó de la espalda y rodó por el suelo cubriéndose la cabeza con ambos brazos.

La explosión fue aun mayor que la anterior.

Tardó unos momentos en abrir los ojos. Lo primero que vio fue el cuerpo destrozado de la criatura, y lo que quedaba de la cabeza alejada del torso.

Lo habían conseguido, pero a qué precio.

-¡Zadaya!- La voz de Lasney resonó a lo lejos.

La capitana miró a su alrededor con ansiedad. ¿Cómo había sobrevivido? Estaba tan sorprendida que ni siquiera era capaz de gritar para llamarla.

Cuando sus ojos se encontraron con ella la sorpresa fue aún mayor. La chica estaba herida pero no era nada grave y junto a ella estaban Ghen, Matt y otro chico al que conocía muy bien.

-¿Hermano?- Preguntó ella cuando ya les vio de cerca. Hacía años que no veía a su Zeden, desde que abandonaron la tierra.- Pensaba que habías muerto.

-Pues deberías dar gracias a que no.- El joven soltó una carcajada.- De ser así no habría podido salvar a tu preciosa amiga.

-Te…tenemos mucho de lo que hablar. Pero aquí no. Vamos a mi nave.

Recogieron los restos suficientes de la criatura para cobrar la recompensa, los cargaron y partieron rumbo a Urk, donde cobrarían la recompensa.

Por el camino Zeden les contó todo. Había tenido una vida similar a la de su hermana. Cuando la nave en la que les estaban evacuando de la tierra fue destruida le recogieron unos contrabandistas y cuidaron de él. Era increíble que le hubiera ocurrido lo mismo que a ella y más aun que se hubieran encontrado.

No pudo esbozar una sonrisa mientras escuchaba la historia. Cuando era pequeña siempre pensó que el amor que sentía hacia su familia haría que se reencontraran, pero cuando creció perdió la esperanza.

Llegaron al planeta y entregaron el pedido. Blorg les recibió como siempre con una expresión impasible, en su raza eran incapaces de expresar los sentimientos lo que les hacía unos duros negociadores.

-¿Quién es esa?- Preguntó un pequeño ser que estaba sentado en la mesa después de que Zadaya se fuera con su recompensa.- Siempre la veo sola por aquí.

-Esa es Zadaya.- Contestó el inmenso Zurbiano sin dejar de mirarla.- La última humana. Cuando intentaron evacuar la tierra fue la única superviviente.