Hoy traigo un relato más de la colección de "Cuatro palabras". En este caso debo decir que ha sido un relato bastante complicado y por eso he tardado en escribirlo. Ha ocurrido algo curioso, debido a las palabras que me dio Miguel. Estas palabras no eran complicadas de introducir en el texto, y si que me inspiraron una historia en la que creo se ven reflejadas de una manera u otra. Lo curioso es que no quería que quedaran forzadas y por eso he tenido que cambiar un poco mi estilo de escritura normal. La verdad es que aunque ha sido difícil me he divertido mucho escribiendo este relato. Espero que lo disfrutéis.
Las palabras eran: Relente, otrora, frenesí y fulgor.
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Sintió como su capa ondeaba con el viento, un viento gélido
que, a cada aullido, amenazaba con cortar su piel. A su alrededor solo veía
frondosos árboles y tras ellos una absoluta oscuridad. Con cada paso sentía su
corazón latiendo con más fuerza, todo su cuerpo le indicaba que no debería estar
en ese lugar. Se aferró al manto que le cubría con la mano derecha mientras
apretaba el otro puño con fuerza, sintiendo como se arrugaba la carta que
portaba.
En otras condiciones nunca habría ido por ese lugar. Ese
camino, otrora tranquilo y muy transitado por toda clase de viajeros, ahora
solo era conocido por las desgracias que se narraban. Desde que se perdió la
guerra, los bandidos campaban a sus anchas, sin embargo eran lo menos temible
que uno podía encontrarse.
El ambiente era más húmedo cada vez, y sintió un escalofrío
cuando le envolvió un helado relente. Aquel clima no era normal, lo sabía y
sentía una necesidad de huir cada vez más acuciante. Apretó contra él la carta
una vez más, había cosas que eran más importantes que el miedo, o que uno
mismo.
-¿Quién eres?- Sonó una voz femenina entre los árboles. Un
sonido sugerente y aterrador por partes iguales, acompañado por el graznido de
unos cuervos y el revoloteo de unas aves en los árboles. El viajero quiso
seguir andando, ignorar la pregunta, pero sabía que aquello no habría sido una
buena idea. Se detuvo y miró en la dirección de la que venía la voz.
Ante él solo encontró el fulgor rojizo de unos ojos, más de
los que esperaba encontrar, dispersados entre las sombras.
-Saludos, hermosa dama.- Respondió poniendo todos sus
esfuerzos en que no le temblara la voz.- Solo soy un humilde viajero que debe
cruzar este bosque, no merezco su atención.
Los ojos se movieron de un lado para otro, con gran inquietud.
En la oscuridad sonó una carcajada inocente pero que helaba la sangre.
-¿Cómo sabes que soy hermosa si no me habéis visto?- El
hombre abrió los ojos como platos cuando, para su sorpresa, apareció frente a
él una de las mujeres más bellas que había visto en su vida. Su piel era pálida
como la nieve y por su espalda caía una larga melena azulada, del mismo color
que sus ojos. Iba cubierta con una telaraña de hielo.- Aunque veo que no te
retractas.- Esbozó una hechizante sonrisa, capaz de dejar estupefacto a
cualquiera que la mirase. Pero el encanto duró poco, cuando empezaron a surgir
junto a ella unas inmensas arañas blancas y azules.- Pero los halagos no
debería recibirlo solo yo, sino también mis hermanas.
El corazón le latía a toda velocidad, pero aun así era más
lento que sus pensamientos. Sin mostrar duda hincó la rodilla e inclinó la
cabeza. La dama arqueó una ceja, no esperaba aquel comportamiento y eso era
bueno.
-Me temo que no puedo.- Miró hacia arriba y por un segundo
contemplo como iba a surgir la ira en aquella misteriosa mujer.- No cuando vos
habéis cautivado todos los elogios que guardaba. Un corazón es ingobernable, y
una vez que fija su objetivo es incapaz de distraerse con otras presas.
-Vaya.- Una vez más aquella sonrisa invadía su rostro.-
Entiendo tu forma de pensar, y tus sentimientos. Pero temo que no puedo
corresponderos si mis hermanas no van a serlo.
La madera de los árboles crujió y las hojas sonaron a medida
que las inmensas criaturas avanzaban hacia él. Chasqueaban sus bocas y
segregaban un líquido blancuzco que se congelaba antes de tocar el suelo. Él
tragó saliva, no era un combatiente y si querían comérselo lo harían.
-Tengo amigos.- La mujer y las arañas se quedaron paradas.-
No aquí, pero podría ir a llamarles y traerlos mañana, seguro que admiraran
tanto la belleza de sus hermanas como yo admiro la vuestra.
Todo quedó en silencio. Las hermanas se miraban unas a otras
con curiosidad. Despacio, como si no quisieran ser vistas, las enormes
criaturas comenzaron a retroceder. No hubo un solo ruido.
-¿Cómo sé que dices la verdad? Podrías estar mintiendo para
marcharte. Quizá ni siquiera tengas amigos.- La pregunta parecía dura, llena de
dudas e incredulidad, pero no podía evitar reflejar la esperanza, y el viajero
no iba a dejar pasar aquella oportunidad.
-Debéis saber que tengo muchos amigos. Normalmente siempre
viajan conmigo, pero esta vez me encamino a un viaje que debo hacer yo solo.
Además, nunca sería capaz de mentiros a los ojos cuando me miráis con esa mirada
cautivadora. Así que si me permitís…
-¿Cómo son?- Interrumpió ella, esta vez sin ocultar la
ansiedad que sentía.
Aquella pregunta no le pilló por sorpresa, esperaba haber
creado suficiente intriga. Se irguió con orgullo, tratando de parecer altivo y
seguro de sí mismo.- Todos ellos son hombres galantes y hermosos, tan radiantes
que suelen cegar a aquel que lo mira durante mucho tiempo.- La mujer se quedó
sin aire.- Debo admitir que la mayoría de ellos son amantes de la noche y salen
poco de día, pero son fieles y cuando les he necesitado me han guiado en la
dirección correcta. La verdad es que entre ellos hay uno que solo sale algunas
noches, tiene un humor muy cambiante pero no hay mujer a la que no haya hecho
soñar. Por otra parte, mi último y mejor amigo siempre sale conmigo de día. Sus
cabellos son tan rubios que hasta las flores se giran a mirarle, no sería capaz
de concebir una vida sin él.
La mujer estaba boquiabierta, la seguridad en la voz del
hombre había sido suficiente para convencerla, y si existían unos seres tan
maravillosos sin duda quería conocerlos.
-Está bien, creo en la existencia de tus amigos. Pero sigo
sin estar segura de que volverás.
-Sois una mujer insegura, y eso hace que ansíe protegeros,
hacer que el mundo sea un lugar seguro para vos. Por ello tomad.- Con un
movimiento delicado descubrió sus hombros y volviendo a hincar la rodilla
mostró en sus manos la capa que le había cubierto del frío. Sintió como la
humedad del viento le calaba aún más profundamente en los huesos al no tener
nada con lo que cubrirse.- Os entrego este atuendo para que os protejáis. Este
manto lo utilizó mi padre, y el suyo antes que él. Yo no poseo hijos y no
querría tenerlos con alguien que no fuerais vos. Utilizadla para protegeros y
como seguro de que volveré por este camino.
La gélida mano agarró la capa y la colocó sobre la telaraña
que cubría sus hombros. Un leve rubor violáceo cubrió su rostro antes de
despedirse del viajero con un suave y helado beso en la mejilla. No dijo nada,
simplemente asintió mientras contenía las lágrimas y después se ocultó entre
los árboles con sus hermanas. Ocultándose en las sombras.
Poco tiempo después, él ya se había alejado lo suficiente
como para sentir como desaparecía esa extraña humedad. Por desgracia, aunque no
tenía ningún apego real a aquella capa, ya no tenía nada que le protegiera del
frío. Avanzó todo lo rápido que le permitían sus pies para evitar morir
congelado.
La penumbra del bosque iba disminuyendo a cada paso que
daba, y el sendero se veía con más claridad. Sintió un gran alivio, aunque el
aire amenazaba con abandonar por completo sus pulmones debido al agotamiento,
pues sabía que tardaría una hora en terminar de recorrer el camino. Sin embargo,
sabía que el destino suele empeñarse en colocar más de una piedra en nuestro
camino, y la mujer de blanco y azul no sería el único problema al que tendría
que enfrentarse.
Un rugido ensordecedor marcó la llegada de su segundo
desafío. Dio unos cuantos pasos más y ante él vio una inmensa criatura,
descomunal tanto en altura como en envergadura. Se encontraba fuera de sí,
destrozando todo lo que se encontraba a su paso, árboles o rocas, en un frenesí
imparable. El viajero se quedó paralizado, completamente aterrado, pero era
consciente de que ese era el único camino posible. Tragó saliva, hizo acopio de
todo su valor y avanzó con toda la seguridad que sus temblorosas piernas le
permitían.
El monstruoso ser se giró hacia él al instante, bufando una
y otra vez, con los ojos inyectados en sangre y espuma saliéndole por la boca.
-¿Tantas ganas tienes de morir criatura?- Avanzo con unos
pasos tan pesados que todo parecía temblar a su alrededor y colocó su cara a
apenas unos centímetros del humano.- O acaso eres otro estúpido que viene a
matarme.
Hubo un leve momento de silencio, al igual que en la anterior
ocasión sabía que si aquel ser quería destruirlo lo haría sin ningún esfuerzo.
Esperaba que aquella criatura fuera capaz de escuchar lo que tenía que decirle.
-¿Por qué iba a querer mataros?- Las palabras salieron
solas, sin mostrar ningún temor, aunque su estómago estaba a punto de demostrar
lo contrario.- Sois un noble habitante de estos bosques.
Una carcajada brotó de aquella inmensa boca con un sonido
ronco y duro. Fue breve, y cuando terminó el rostro se le tornó aun más
iracundo. Agarró al viajero con una mano y lo pegó contra su cara.
-No me hagas reír enanito, si pretendes que baje la guardia
prepárate para ser devorado. Tu rey ha puesto una recompensa por mi cabeza, y
cada día vienen cientos de guerreros mejores que tú en busca de su trofeo. Y
acaban siendo mi comida.- Las terribles fauces se abrieron de par en par y se acercaban
cada vez más a su comida. El olor era nauseabundo, sin duda era una manera nefasta
de acabar una vida.
El caminante se sacudió como pudo, tratando de evitar aquel
horrible destino, su mente giraba sin parar, tratando de encontrar una
solución. Sintió como una gota de saliva del tamaño de su cabeza le caía encima
y soltó un grito de terror.
-¡Soy un emisario del rey, pero no vengo a mataros!
Fue como si el tiempo se detuviera durante unos segundos. Ni
siquiera había sido consciente de que aquel era el sonido de su voz. El gigante
le sacó de su boca y le miró arqueando una ceja con curiosidad.
-¿Y a qué has venido?- El hombre, ahora incapaz de mostrar
su terror extendió la mano con nerviosismo para mostrarle la carta que portaba.
Aquella era una jugada arriesgada, pero la otra opción era una muerte horrible.
La respuesta del monstruo fue un suspiro pesado que para el hombre fue como
escuchar campanas de victoria.- No sé leer esa letra tan minúscula.
-Como bien habéis podido ver, no soy un guerrero. ¿Por qué iba
a venir solo por el bosque si no fuera una orden real?- Señaló con vehemencia la
carta, tratando de resaltar la importancia que tenía ese trozo de papel.- El
reino se rinde ante vuestra fuerza. Este papel le permite viajar por el bosque
con total libertad y nadie volverá a intentar mataros.
El monstruo mostró una sonrisa complacida, pero sus ojos
reflejaban una gran duda. Agarró el papel con ambas manos tratando de leer lo
que ponía, pero saltaba a la vista que era incapaz de hacerlo. Volvió a dirigir
una mirada inquisitiva al supuesto mensajero real. Se encontraba en una encrucijada,
si ese insignificante humano le había mentido merecía un castigo, pero si decía
la verdad y le devoraba los cazadores volverían a intentar matarle.
Por otra parte, al viajero no le convenía que las dudas
inundaran la mente de su agresor y trataba de encontrar una solución.
-Eso no es todo mi señor.- Respondió por fin.- Como gesto de
buena voluntad le entrego mis zapatos.- El hombre se agachó, desató los
cordones de su calzado con delicadeza, para no hacer ningún movimiento brusco,
e hincando la rodilla los puso ante el monstruo. La criatura mostró aun más
dudas e incomprensión.- Yo debo cruzar el bosque hasta el otro lado y luego
volver. Tardaré todo un día, en caso de que mienta vendrán asesinos a por vos.
En caso de que eso ocurra no podré huir con los pies descalzos por mucho que me
esfuerce.
Aquella solución parecía complacer a la criatura y, tras
coger los zapatos permitió el paso al supuesto emisario real, quien continuó su
viaje con diligencia.
Pasó otra hora más caminando en la penumbra, con el frío
helándole la piel y la sangre brotando de sus pies desnudos, destrozados por
las rocas y las duras raíces que encontraba por el camino. Fue un tortuoso
camino pero finalmente llegó a su destino.
Era un claro en medio del bosque donde solo había dos
pequeñas rocas que podían cumplir la función de asiento y una más grande,
redondeada, que parecía una mesa. Sentado en una de las rocas se encontraba una
mujer encapuchada, con una capa negra y raída. Ella le miró con unos ojos
negros como la noche y fríos como el hielo. Le dirigió una cariñosa sonrisa y
le indicó que se acercara, que se sentara junto a ella.
-Llegáis justo a tiempo, no sabía si vendrías.- Él se sentó
a su lado, necesitaba un segundo para descansar los pies. Ella agarró su mano
derecha y la besó con ternura.
-Hay citas a las que uno debe acudir a cualquier coste.-
Respondió con seguridad, ya no sentía ningún miedo.
La mujer suspiró, llena de pesar y le acarició el rostro,
sintiendo que estaba tan helado como el suyo propio.- Solo tengo una pregunta
antes de que partamos. ¿Si sabes a donde vamos por qué te has esforzado tanto
en el camino?
La primera respuesta del viajero fue una carcajada que no
expresaba ninguna alegría, solo ironía y agotamiento. Después se puso de pié,
dispuesto a realizar el último tramo del camino acompañado.
-Porque una vez que se inicia un camino hay que recorrerlo
hasta el final.

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