Esta vez el relato de cuatro palabras he intentado hacerlo más escueto. Es muy complicado contar una historia con el menor número de palabras posible, y normalmente suelo enrollarme mucho. Estos últimos relatos que me quedan voy a hacerlos lo más aproximado a 500 palabras que me sea posible. También decir que llevo unos días algo falto de inspiración, se que vamos a temporadas y que es normal, pero este relato me ha costado bastante. Lo he reescrito varias veces hasta que al final este ha sido el resultado.
Va dedicado de nuevo a Juan que fue el primero en volver a darme palabras para que pudiera continuar con este proyecto. Espero que lo disfrutéis.
Las palabras eran: Tirador, roble, coincidencia y niebla.
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El sonido de los disparos era cada vez más intenso, un
retumbar atronador que traía el terror y el caos allí donde iba. Las explosiones
constantes seguían el compás de las armas de fuego, provocando gritos de dolor.
Él corría sin cesar, apretando el fusil
contra su pecho, como si fuera su propia vida. Muerte, polvo y destrucción es
todo lo que se encontraba a su alrededor. Las voces que pedían ayuda se mezclaban
con las de los enemigos. Presa del pánico cargó su arma, preparado para atacar,
y empezó a disparar ante todo lo que tenía delante. La niebla se iba despejando
poco a poco en su mente permitiéndole ver de nuevo. Ante él estaban los cuerpos
sin vida de enemigos y amigos por igual, de a quienes juró proteger y de los
que debía eliminar. Los estallidos eran cada vez más intensos.
Despertó en la cama empapado en sudor. Tenía la respiración
acelerada y sujetaba con fuerza la almohada como si se tratase de un arma.
Sentía los brazos agarrotados, las piernas tensas, y los dedos estaban tan
apretados que tenía la sensación de que iba a romper algo. Relajó todo su
cuerpo, todo cuanto pudo, y llevó la mano hasta su rostro para limpiarse unas
lágrimas. Miró hacia la ventana, otro día más con una intensa niebla que
impedía ver. El sonido repentino del despertador le hizo ponerse en guardia de
nuevo, una vez más sonaba cuando ya estaba despierto, pero le marcaba la hora
de empezar a trabajar.
Se vistió con su uniforme, agarró su arma y una lata de la
despensa y salió. Caminó colina arriba durante veinte minutos, hasta que llegó
al punto más alto. Allí se alzaba un inmenso roble, su gran compañero desde
hacía bastante tiempo. Trepó hasta subir a la misma rama de todos los días. Los
crujidos amenazaban con dejarle caer pero él sabía que aquello no ocurriría.
Una vez arriba se colocó en posición con el arma preparada y esperó.
La niebla no le permitía ver, pero sabía que en cualquier
momento brotaría algo del otro lado. El mundo a su alrededor se mantenía en una
extraña calma.
Pasaron horas sin que se moviera un milímetro de su
posición. Había sido tirador toda su vida, había aprendido a ser paciente, a
esperar a que llegara la ocasión exacta. Solo descansó levemente durante los
escasos minutos que utilizó para comer, la misma comida que había comido cada
día en el frente. Después volvió a su posición.
Un sonido en la bruma llamó su atención. Su dedo se
posicionó solo en el gatillo y lo apretó sin dudar. Nunca había dudado, cuanto
más miedo se tiene menos cuesta disparar. Mil veces vio compañeros caer en
combate por dudar, pero él había sobrevivido a cualquier coste. Disparó dos,
tres y cuatro veces, sabía con seguridad que había golpeado donde quería. El batir
de alas de unos pájaros alejándose fue la respuesta y una vez más todo quedó en
silencio. No podía ver si había abatido algo, no iba a arriesgarse a comprobar
que era.
Se mantuvo en guardia nuevamente. Tragó saliva y se preparó
para lo que estaba por llegar. No tardarían mucho en volver a atacar, y él no
se lo permitiría. Seguía en pie, vivo, ahí donde otros habían caído él se
alzaba victorioso. Mucha gente murió para que él siguiera vivo, tuvo que matar
a tantos que dejó de contarlos.
Había escuchado historias, provenientes de muy lejos, que
decían que la guerra había acabado, que ya estaban en paz y no tenían razones
para luchar más. Todo eran falacias, aun no podía haber terminado. No hasta que
él hiciera algo. No podía ser una coincidencia que siempre sobreviviera, su
destino tenía que ser mucho más grande que todo eso.
Era el elegido, y subiría cada día a ese roble hasta que el
mundo recordase su nombre.
Hasta que la guerra terminara.

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