martes, 5 de septiembre de 2017

Guerra sin final

Hola a todos.

Esta vez el relato de cuatro palabras he intentado hacerlo más escueto. Es muy complicado contar una historia con el menor número de palabras posible, y normalmente suelo enrollarme mucho. Estos últimos relatos que me quedan voy a hacerlos lo más aproximado a 500 palabras que me sea posible. También decir que llevo unos días algo falto de inspiración, se que vamos a temporadas y que es normal, pero este relato me ha costado bastante. Lo he reescrito varias veces hasta que al final este ha sido el resultado.

Va dedicado de nuevo a Juan que fue el primero en volver a darme palabras para que pudiera continuar con este proyecto. Espero que lo disfrutéis.

Las palabras eran: Tirador, roble, coincidencia y niebla.

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El sonido de los disparos era cada vez más intenso, un retumbar atronador que traía el terror y el caos allí donde iba. Las explosiones constantes seguían el compás de las armas de fuego, provocando gritos de dolor.  Él corría sin cesar, apretando el fusil contra su pecho, como si fuera su propia vida. Muerte, polvo y destrucción es todo lo que se encontraba a su alrededor. Las voces que pedían ayuda se mezclaban con las de los enemigos. Presa del pánico cargó su arma, preparado para atacar, y empezó a disparar ante todo lo que tenía delante. La niebla se iba despejando poco a poco en su mente permitiéndole ver de nuevo. Ante él estaban los cuerpos sin vida de enemigos y amigos por igual, de a quienes juró proteger y de los que debía eliminar. Los estallidos eran cada vez más intensos.

Despertó en la cama empapado en sudor. Tenía la respiración acelerada y sujetaba con fuerza la almohada como si se tratase de un arma. Sentía los brazos agarrotados, las piernas tensas, y los dedos estaban tan apretados que tenía la sensación de que iba a romper algo. Relajó todo su cuerpo, todo cuanto pudo, y llevó la mano hasta su rostro para limpiarse unas lágrimas. Miró hacia la ventana, otro día más con una intensa niebla que impedía ver. El sonido repentino del despertador le hizo ponerse en guardia de nuevo, una vez más sonaba cuando ya estaba despierto, pero le marcaba la hora de empezar a trabajar.

Se vistió con su uniforme, agarró su arma y una lata de la despensa y salió. Caminó colina arriba durante veinte minutos, hasta que llegó al punto más alto. Allí se alzaba un inmenso roble, su gran compañero desde hacía bastante tiempo. Trepó hasta subir a la misma rama de todos los días. Los crujidos amenazaban con dejarle caer pero él sabía que aquello no ocurriría. Una vez arriba se colocó en posición con el arma preparada y esperó.

La niebla no le permitía ver, pero sabía que en cualquier momento brotaría algo del otro lado. El mundo a su alrededor se mantenía en una extraña calma.

Pasaron horas sin que se moviera un milímetro de su posición. Había sido tirador toda su vida, había aprendido a ser paciente, a esperar a que llegara la ocasión exacta. Solo descansó levemente durante los escasos minutos que utilizó para comer, la misma comida que había comido cada día en el frente. Después volvió a su posición.

Un sonido en la bruma llamó su atención. Su dedo se posicionó solo en el gatillo y lo apretó sin dudar. Nunca había dudado, cuanto más miedo se tiene menos cuesta disparar. Mil veces vio compañeros caer en combate por dudar, pero él había sobrevivido a cualquier coste. Disparó dos, tres y cuatro veces, sabía con seguridad que había golpeado donde quería. El batir de alas de unos pájaros alejándose fue la respuesta y una vez más todo quedó en silencio. No podía ver si había abatido algo, no iba a arriesgarse a comprobar que era.

Se mantuvo en guardia nuevamente. Tragó saliva y se preparó para lo que estaba por llegar. No tardarían mucho en volver a atacar, y él no se lo permitiría. Seguía en pie, vivo, ahí donde otros habían caído él se alzaba victorioso. Mucha gente murió para que él siguiera vivo, tuvo que matar a tantos que dejó de contarlos.

Había escuchado historias, provenientes de muy lejos, que decían que la guerra había acabado, que ya estaban en paz y no tenían razones para luchar más. Todo eran falacias, aun no podía haber terminado. No hasta que él hiciera algo. No podía ser una coincidencia que siempre sobreviviera, su destino tenía que ser mucho más grande que todo eso.

Era el elegido, y subiría cada día a ese roble hasta que el mundo recordase su nombre.

Hasta que la guerra terminara.

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