domingo, 17 de diciembre de 2017

Libros

Hola a todos.

Una vez más voy a publicar un relato de cuatro palabras, ya solo me quedan palabras de dos personas que son repetidas, pero a quienes les agradezco enormemente, y aun más por la espera. He tenido un pequeño bloqueo y la verdad es que no era capaz de escribir nada que considerara decente hasta hoy.

El relato de hoy va dedicado a Sonsoles, a quien le debo todo. Es más, es quien me ha obligado hoy a sentarme y escribir pese a la falta de inspiración. Espero que lo disfrutéis.

Palabras: Libro, sociedad, manta, Lucerna.

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La madera crujió, rompiendo el silencio sepulcral de la biblioteca. Con cautela, tratando de no dejarse llevar por el pánico, alzó la cabeza y miró hacia la puerta a través de un hueco en la estantería.

No había nadie.

Dejó escapar un suspiro de alivio y volvió a ocultarse bajo la manta. Ese lugar, que debía ser tan tranquilo durante el día, resultaba aterrador por la noche. Las estanterías se quejaban constantemente del peso que debían cargar, el suelo rugía con cada pie que se apoyaba sobre él e incluso el sonido de una pluma al caer parecía todo un estruendo. Pero por temible que pudiera resultar, aquella era su hora. Cuando no había nadie para impedirle disfrutar de un libro.

El arte de la escritura se creó, por lo que ella entendía, para transmitir conocimientos, sabiduría y no olvidarnos del pasado. Ya fueran crónicas o relatos fantásticos, no solo contaban grandes historias sino que transmitían valores e ideas. Todo autor dejaba una pequeña parte de su ser en aquello que escribía y se la entregaba al mundo. Podías conocerlos, saber cómo vivían o que opinaban del mundo a través de sus palabras. Sin embargo, nadie sabía cuando, esa idea se retorció por culpa de algunos hombres con poder. Esas obras destinadas a ser disfrutadas por la humanidad fueron limitadas a unos pocos. Cualquier excusa era buena para prohibir la lectura, ya fueran razones de género, por el color de la piel o la familia en la que hubieras nacido. No solo se habían puesto límites a los lectores, sino también se limitaba aquello que se podía transmitir a las siguientes generaciones.

Una chica pobre como ella jamás podría estar cerca de esos conocimientos custodiados por los monjes. Pero nunca dejó que eso la echara para atrás. Su abuelo había sido escriba de un noble, antes de que su familia fuera tan pobre como lo era ahora. Él le enseñó a leer y escribir cuando era muy pequeña y ella aprendió a adorarlo.

-Los hombres se marchitan, un cuerpo acaba por desaparecer, pero cuando escribes dejas una parte de ti en este mundo. Todos morimos, pero nuestras ideas pueden hacernos inmortales.- Había dicho el abuelo en más de una ocasión cuando terminaba su lección.
Él nunca había podido escribir nada suyo, solo redactaba aquello que le decían. Sin embargo sus lecciones permanecían de manera vívida en la cabeza de aquella chica.

Desde que él murió, ella intentó acceder a más libros, pero le dejaron claro que lo tenía completamente prohibido. Una noche descubrió una forma de entrar en la biblioteca, una de las ventanas más elevadas no se podía cerrar del todo y no parecía preocuparles mucho. A partir de ese momento, cuando el sol caía utilizaba la oscuridad como abrigo para adentrarse en todos aquellos mundos que la estaban esperando. Llevaba consigo una pequeña lucerna que le daba suficiente luz para ver las palabras pero no tanta como para llamar la atención. Si la encontraban ahí sin duda sus días acabarían de una manera horrible.

En aquel momento estaba sumergida en acontecimientos ocurridos en esa misma región pero siglos atrás. Un ruido más la sobresaltó, miró a su alrededor y sintió como se le helaba la sangre al verse cegada por los primeros rayos del sol. Se había descuidado, y ya era hora de que los monjes se despertaran. Dejó el libro en su lugar, se cubrió con la manta utilizándola como una capucha y salió corriendo pero con cautela. Cada vez que giraba una esquina observaba dos veces para asegurarse de que no había nadie.

El corazón latía de manera acelerada, trotaba como un corcel. Cuando estaba en mitad de un pasillo sintió pasos frente a ella, fue a retroceder pero antes de girar la esquina vio más hombres por el otro lado. Miró hacia una puerta que tenía frente a ella, no tenía más opción que arriesgarse. Abrió la puerta con presteza, sabía que había hecho más ruido del que esperaba y eso la aterró. Intentaba frenar las lágrimas que insistían en salir pero ese no era el momento. La habitación era pequeña, parecía un estudio, pero al menos tenía una ventana. Corrió hacia ella, la altura era considerable, pero parecía la única posibilidad que le quedaba. Abrió la hoja, se asomó y trató de cerrarla todo lo que pudo tras ella. Solo pudo rezar antes de dejarse caer.

Todo su cuerpo le dolía, pero estaba viva y podía moverse. Había caído en unas zarzas, que habían amortiguado levemente su caída pero a cambio le habían desgarrado ropa y piel. Se puso en pie tan rápido como pudo y fue andando pegada a la pared para no ser vista.

Llegó a su casa y se dispuso a recostarse en su cama, sus padres estaban demasiado ocupados al despertar como para darse cuenta de su estado. Guardo la manta y fue a colocar la lucerna en su sitio.

La sangre se le heló en las venas. No la tenía. Buscaba por todas partes pero no aparecía. Más tarde busco incluso en la zarza, pero no estaba. Se la había dejado en la biblioteca. Era imposible que supieran que era suya, pero sabrían que alguien estaba leyendo esos libros sin permiso, no podía volver a entrar en la biblioteca. Esa vez no pudo contener las lágrimas, lloró al saber que no volvería.

Pasaron meses, y con ellos los años. Las entradas de la biblioteca ahora se vigilaban mucho más que antes y se había dado aviso para que nadie intentase colarse de nuevo.

Sin embargo ella tenía intención de entrar una vez más. Desde el día en que cometió ese estúpido error se había preparado para volver. Solo necesitaba una noche más, un solo momento para enmendar el error que cometía esa sociedad corrupta.

Al caer la noche volvió a colarse, con gran cautela accedió a las estanterías. Lo primero que había aprendido era el sistema que utilizaban para clasificarlos. Sabía incluso cuales eran los libros que aun no había leído nadie. Fue hasta esas estanterías y los sacó con mucho cuidado. Esta vez, llevaba consigo una manta, pero no era para cubrirse. La había atado como un saco y dentro portaba un montón de libros, obras escritas por ella. Todos estaban encuadernados y clasificados siguiendo el sistema de la biblioteca. Les fue poniendo el nombre de aquellos que iban a sustituir y los cambió. Guardó los libros que iba quitando en el saco, no iba a permitir tampoco que esos conocimientos se perdieran. Una vez hubo terminado salió del lugar antes de ser vista.

Una vez fuera miró sonriendo el lugar. Cuando hubiera pasado suficiente tiempo llevaría de nuevo los libros robados cambiando algún dato de la clasificación para que lo atribuyeran a un error.

Nunca sabrían su nombre, nadie la recordaría por aquello. Pero sus ideas y las de su abuelo vivirían para siempre. 

viernes, 29 de septiembre de 2017

La naranja mecánica



Lo siento pero esto no tiene nada que ver con esa gran película.

Hace bastante tiempo que no escribo nada en el blog. Sé que esto ya me ha pasado en más de una ocasión así que los que me sigan un poco más pensaran: “Ya se ha vuelto a cansar”. Pues resulta que esta vez no es del todo culpa mía. He intentado seguir el ritmo, con alguna reducción (me resulta imposible ahora mismo subir un relato de cerca de dos mil palabras cada día), pero que al menos un día a la semana hubiera un relato nuevo. El problema de llevar un blog, es que para compartir mis historias necesito internet, y soy una persona a la que le gusta hacer las cosas de una determinada manera. La cantidad de veces que he tardado casi más en subir el relato a internet que en escribirlo ha sido más que suficiente para que algún día no tenga ganas de escribirlo.

Pero como no hay mal que por bien no venga, y como escribir es una de las cosas que más me relajan, voy a relataros mi historia con esta compañía de telefonía que lleva haciéndome la vida imposible desde hace unos meses.

En mi familia los problemas empezaron mucho antes, pero de aquí relataré solo los hechos más recientes.

Hace poco, aunque ahora me dé la impresión de que fue hace siglos, estuve una temporada viviendo en Almería en lo que sería una de las experiencias más gratificantes de mi vida. Allí tenía trabajo, grandes amistades, y me sentía realizado. Pero no todo podía ser perfecto, ¿cómo iba a serlo? Siempre hay cosas que se echan de menos cuando estás tan lejos de tu hogar, familia, amigos, que en teoría actualmente tenemos mucho más cerca gracias a internet. Pero para eso tienes que tener contratado este servicio. En un primer momento, no podíamos contratarlo porque nos exigían un año de permanencia. Teniendo en cuenta que nuestra estancia duraría entre tres y cuatro meses, esto era impensable así que nos conformábamos con una antena de internet móvil que nos proporcionaba un servicio más bien deficiente.

Poco después, llego a nuestra casa nuestro compañero de piso. Como él si iba a quedarse en la casa podía permitirse esa permanencia y comenzó los trámites para recibir este servicio.

Pasaron días. Al principio era algo normal, aunque nosotros lo esperábamos con ansia. Después de un par de semanas, teniendo además el dichoso aparato ya en casa, nos empezaba a mosquear que no dispusiéramos de línea. Empezamos a llamarles, siempre sus respuestas eran similares “En un par de días estará” “La semana que viene” acompañadas de alguna excusa. Tras dos meses, en los que las excusas se les iban agotando, por fin recibimos la respuesta definitiva. “No podemos ofrecerles nuestros servicios”. Dos meses esperando para que nos digan que no.

Al final contratamos internet con otra compañía que tardó menos de una semana. Pero para mí ya era tarde, nos volvíamos a casa, al menos mi amigo dejaría de darse de cabezazos contra la pared esperando su respuesta.

Pero la cosa no termina ahí, ojala fuera tan simple. Al volver a casa, donde tenemos contratada la línea con la misma compañía, me encuentro que nuestra relación no estaba siendo muy amena. Mientras que teníamos contratados cinco o seis megas (no recuerdo exactamente) en mi ordenador la velocidad es de 0’20. Algo que no me permite ni siquiera navegar en las páginas más simples sin tener que esperar cinco minutos para que me cargue una imagen, descargar un parche para un programa resulta infernal, subir un archivo de cualquier tipo a internet es agónico, y la realización de un máster online es una autentica proeza.

Como no podía ser de otra manera, dada estas condiciones llamamos a la atención al cliente de dicha compañía. Tras contarles nuestros problemas nos dijeron que la culpa era del router, que estaba defectuoso o dañado. La solución era fácil, mandarnos uno nuevo.

Realizaron el envío del aparato y llegó con diligencia en el plazo que nos habían dicho, entre cinco y siete días. Habría sido espectacular, si no fuera porque se confundieron de casa. Lo recibió mi hermano en Barcelona, resulta que como su línea está unida a la nuestra tuvieron el error aunque les dijimos que era para nuestra dirección en Alba de Tormes. Fue un error del que nos reímos y les pedimos que volvieran a mandarlo, esta vez asegurando la dirección.

Esperamos, esperamos y esperamos pero no daban señales de vida. Volvimos a llamar y nos comentan que no se termino de tramitar el envío. Esta vez empieza a hacernos un poco menos de gracia el asunto.

Como esta parte es un poco repetitiva haré un resumen muy breve. En Barcelona habían llegado cinco router, alguno no llegaron a entregarlo pero por allí pasó, y en mi casa aun estábamos esperando uno.

Obviamente esto ya era molesto, crispante, parecía que se estaban riendo de nosotros o que era un programa de cámara oculta.

Pero todo lo malo llega a su final. Por fin llegó el dichoso aparatito. Parecía que me hubiese tocado la lotería, era algo que no esperaba que me fuese a pasar nunca. Abrí la caja. Allí estaba esperándome el cacharro blanco y naranja. Le conecté el cable de alimentación, siguiendo las instrucciones no ser que ahora el que metiera la pata fuera yo. Pulse el botón de encendido.

Y nada.

No hizo absolutamente nada. Ni siquiera se encendió una mísera luz, ni un ruido, ni una “Bada bam” para acompañar el ingenioso chiste que nos acababan de contar. Teníamos un pisapapeles de diseño. Intento todo lo que se me ocurría, lo enchufo en todas partes, lo desconecto y vuelvo a conectar, vuelvo a probar, pero el aparato está completamente muerto. Pruebo a conectar también el cable de teléfono por si acaso hay que conectar los dos, pero sigue sin responder. Me reí, me reí hasta que las risas se convirtieron en una gran frustración.

Es en ese momento, en ese instante, cuando me di cuenta de que el pisapapeles no era nuevo. Tenía las aristas sucias, una de las esquinas abolladas, sin olvidar que no tenía ningún plástico protector. Era una basura usada y defectuosa que no servía para nada.

Llamamos al servicio técnico, esperando que nos den una solución. Vuelven a hacernos comprobar si funciona, pero como ya he dicho, estaba muerto. Y la solución es que nos van a mandar un router nuevo, a ver si esta vez nos llega uno que funcione.

Esa es la historia, y ahora estoy esperando a que la conexión vuelva, para hacer una cuantas cosas que tengo pendientes y para subir esta pequeña historia.


Un saludo.  



P.D. Esta publicación se ha realizado desde la casa de Sonsoles, ya que desde la de Omar le resulta imposible.

martes, 5 de septiembre de 2017

Guerra sin final

Hola a todos.

Esta vez el relato de cuatro palabras he intentado hacerlo más escueto. Es muy complicado contar una historia con el menor número de palabras posible, y normalmente suelo enrollarme mucho. Estos últimos relatos que me quedan voy a hacerlos lo más aproximado a 500 palabras que me sea posible. También decir que llevo unos días algo falto de inspiración, se que vamos a temporadas y que es normal, pero este relato me ha costado bastante. Lo he reescrito varias veces hasta que al final este ha sido el resultado.

Va dedicado de nuevo a Juan que fue el primero en volver a darme palabras para que pudiera continuar con este proyecto. Espero que lo disfrutéis.

Las palabras eran: Tirador, roble, coincidencia y niebla.

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El sonido de los disparos era cada vez más intenso, un retumbar atronador que traía el terror y el caos allí donde iba. Las explosiones constantes seguían el compás de las armas de fuego, provocando gritos de dolor.  Él corría sin cesar, apretando el fusil contra su pecho, como si fuera su propia vida. Muerte, polvo y destrucción es todo lo que se encontraba a su alrededor. Las voces que pedían ayuda se mezclaban con las de los enemigos. Presa del pánico cargó su arma, preparado para atacar, y empezó a disparar ante todo lo que tenía delante. La niebla se iba despejando poco a poco en su mente permitiéndole ver de nuevo. Ante él estaban los cuerpos sin vida de enemigos y amigos por igual, de a quienes juró proteger y de los que debía eliminar. Los estallidos eran cada vez más intensos.

Despertó en la cama empapado en sudor. Tenía la respiración acelerada y sujetaba con fuerza la almohada como si se tratase de un arma. Sentía los brazos agarrotados, las piernas tensas, y los dedos estaban tan apretados que tenía la sensación de que iba a romper algo. Relajó todo su cuerpo, todo cuanto pudo, y llevó la mano hasta su rostro para limpiarse unas lágrimas. Miró hacia la ventana, otro día más con una intensa niebla que impedía ver. El sonido repentino del despertador le hizo ponerse en guardia de nuevo, una vez más sonaba cuando ya estaba despierto, pero le marcaba la hora de empezar a trabajar.

Se vistió con su uniforme, agarró su arma y una lata de la despensa y salió. Caminó colina arriba durante veinte minutos, hasta que llegó al punto más alto. Allí se alzaba un inmenso roble, su gran compañero desde hacía bastante tiempo. Trepó hasta subir a la misma rama de todos los días. Los crujidos amenazaban con dejarle caer pero él sabía que aquello no ocurriría. Una vez arriba se colocó en posición con el arma preparada y esperó.

La niebla no le permitía ver, pero sabía que en cualquier momento brotaría algo del otro lado. El mundo a su alrededor se mantenía en una extraña calma.

Pasaron horas sin que se moviera un milímetro de su posición. Había sido tirador toda su vida, había aprendido a ser paciente, a esperar a que llegara la ocasión exacta. Solo descansó levemente durante los escasos minutos que utilizó para comer, la misma comida que había comido cada día en el frente. Después volvió a su posición.

Un sonido en la bruma llamó su atención. Su dedo se posicionó solo en el gatillo y lo apretó sin dudar. Nunca había dudado, cuanto más miedo se tiene menos cuesta disparar. Mil veces vio compañeros caer en combate por dudar, pero él había sobrevivido a cualquier coste. Disparó dos, tres y cuatro veces, sabía con seguridad que había golpeado donde quería. El batir de alas de unos pájaros alejándose fue la respuesta y una vez más todo quedó en silencio. No podía ver si había abatido algo, no iba a arriesgarse a comprobar que era.

Se mantuvo en guardia nuevamente. Tragó saliva y se preparó para lo que estaba por llegar. No tardarían mucho en volver a atacar, y él no se lo permitiría. Seguía en pie, vivo, ahí donde otros habían caído él se alzaba victorioso. Mucha gente murió para que él siguiera vivo, tuvo que matar a tantos que dejó de contarlos.

Había escuchado historias, provenientes de muy lejos, que decían que la guerra había acabado, que ya estaban en paz y no tenían razones para luchar más. Todo eran falacias, aun no podía haber terminado. No hasta que él hiciera algo. No podía ser una coincidencia que siempre sobreviviera, su destino tenía que ser mucho más grande que todo eso.

Era el elegido, y subiría cada día a ese roble hasta que el mundo recordase su nombre.

Hasta que la guerra terminara.

miércoles, 23 de agosto de 2017

Camino

Hola a todos.

Hoy traigo un relato más de la colección de "Cuatro palabras". En este caso debo decir que ha sido un relato bastante complicado y por eso he tardado en escribirlo. Ha ocurrido algo curioso, debido a las palabras que me dio Miguel. Estas palabras no eran complicadas de introducir en el texto, y si que me inspiraron una historia en la que creo se ven reflejadas de una manera u otra. Lo curioso es que no quería que quedaran forzadas y por eso he tenido que cambiar un poco mi estilo de escritura normal. La verdad es que aunque ha sido difícil me he divertido mucho escribiendo este relato. Espero que lo disfrutéis.

Las palabras eran: Relente, otrora, frenesí y fulgor.


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Sintió como su capa ondeaba con el viento, un viento gélido que, a cada aullido, amenazaba con cortar su piel. A su alrededor solo veía frondosos árboles y tras ellos una absoluta oscuridad. Con cada paso sentía su corazón latiendo con más fuerza, todo su cuerpo le indicaba que no debería estar en ese lugar. Se aferró al manto que le cubría con la mano derecha mientras apretaba el otro puño con fuerza, sintiendo como se arrugaba la carta que portaba.

En otras condiciones nunca habría ido por ese lugar. Ese camino, otrora tranquilo y muy transitado por toda clase de viajeros, ahora solo era conocido por las desgracias que se narraban. Desde que se perdió la guerra, los bandidos campaban a sus anchas, sin embargo eran lo menos temible que uno podía encontrarse.

El ambiente era más húmedo cada vez, y sintió un escalofrío cuando le envolvió un helado relente. Aquel clima no era normal, lo sabía y sentía una necesidad de huir cada vez más acuciante. Apretó contra él la carta una vez más, había cosas que eran más importantes que el miedo, o que uno mismo.

-¿Quién eres?- Sonó una voz femenina entre los árboles. Un sonido sugerente y aterrador por partes iguales, acompañado por el graznido de unos cuervos y el revoloteo de unas aves en los árboles. El viajero quiso seguir andando, ignorar la pregunta, pero sabía que aquello no habría sido una buena idea. Se detuvo y miró en la dirección de la que venía la voz.

Ante él solo encontró el fulgor rojizo de unos ojos, más de los que esperaba encontrar, dispersados entre las sombras.

-Saludos, hermosa dama.- Respondió poniendo todos sus esfuerzos en que no le temblara la voz.- Solo soy un humilde viajero que debe cruzar este bosque, no merezco su atención.

Los ojos se movieron de un lado para otro, con gran inquietud. En la oscuridad sonó una carcajada inocente pero que helaba la sangre.

-¿Cómo sabes que soy hermosa si no me habéis visto?- El hombre abrió los ojos como platos cuando, para su sorpresa, apareció frente a él una de las mujeres más bellas que había visto en su vida. Su piel era pálida como la nieve y por su espalda caía una larga melena azulada, del mismo color que sus ojos. Iba cubierta con una telaraña de hielo.- Aunque veo que no te retractas.- Esbozó una hechizante sonrisa, capaz de dejar estupefacto a cualquiera que la mirase. Pero el encanto duró poco, cuando empezaron a surgir junto a ella unas inmensas arañas blancas y azules.- Pero los halagos no debería recibirlo solo yo, sino también mis hermanas.

El corazón le latía a toda velocidad, pero aun así era más lento que sus pensamientos. Sin mostrar duda hincó la rodilla e inclinó la cabeza. La dama arqueó una ceja, no esperaba aquel comportamiento y eso era bueno.

-Me temo que no puedo.- Miró hacia arriba y por un segundo contemplo como iba a surgir la ira en aquella misteriosa mujer.- No cuando vos habéis cautivado todos los elogios que guardaba. Un corazón es ingobernable, y una vez que fija su objetivo es incapaz de distraerse con otras presas.

-Vaya.- Una vez más aquella sonrisa invadía su rostro.- Entiendo tu forma de pensar, y tus sentimientos. Pero temo que no puedo corresponderos si mis hermanas no van a serlo.

La madera de los árboles crujió y las hojas sonaron a medida que las inmensas criaturas avanzaban hacia él. Chasqueaban sus bocas y segregaban un líquido blancuzco que se congelaba antes de tocar el suelo. Él tragó saliva, no era un combatiente y si querían comérselo lo harían.

-Tengo amigos.- La mujer y las arañas se quedaron paradas.- No aquí, pero podría ir a llamarles y traerlos mañana, seguro que admiraran tanto la belleza de sus hermanas como yo admiro la vuestra.

Todo quedó en silencio. Las hermanas se miraban unas a otras con curiosidad. Despacio, como si no quisieran ser vistas, las enormes criaturas comenzaron a retroceder. No hubo un solo ruido.

-¿Cómo sé que dices la verdad? Podrías estar mintiendo para marcharte. Quizá ni siquiera tengas amigos.- La pregunta parecía dura, llena de dudas e incredulidad, pero no podía evitar reflejar la esperanza, y el viajero no iba a dejar pasar aquella oportunidad.  

-Debéis saber que tengo muchos amigos. Normalmente siempre viajan conmigo, pero esta vez me encamino a un viaje que debo hacer yo solo. Además, nunca sería capaz de mentiros a los ojos cuando me miráis con esa mirada cautivadora. Así que si me permitís…

-¿Cómo son?- Interrumpió ella, esta vez sin ocultar la ansiedad que sentía.

Aquella pregunta no le pilló por sorpresa, esperaba haber creado suficiente intriga. Se irguió con orgullo, tratando de parecer altivo y seguro de sí mismo.- Todos ellos son hombres galantes y hermosos, tan radiantes que suelen cegar a aquel que lo mira durante mucho tiempo.- La mujer se quedó sin aire.- Debo admitir que la mayoría de ellos son amantes de la noche y salen poco de día, pero son fieles y cuando les he necesitado me han guiado en la dirección correcta. La verdad es que entre ellos hay uno que solo sale algunas noches, tiene un humor muy cambiante pero no hay mujer a la que no haya hecho soñar. Por otra parte, mi último y mejor amigo siempre sale conmigo de día. Sus cabellos son tan rubios que hasta las flores se giran a mirarle, no sería capaz de concebir una vida sin él.

La mujer estaba boquiabierta, la seguridad en la voz del hombre había sido suficiente para convencerla, y si existían unos seres tan maravillosos sin duda quería conocerlos.

-Está bien, creo en la existencia de tus amigos. Pero sigo sin estar segura de que volverás.

-Sois una mujer insegura, y eso hace que ansíe protegeros, hacer que el mundo sea un lugar seguro para vos. Por ello tomad.- Con un movimiento delicado descubrió sus hombros y volviendo a hincar la rodilla mostró en sus manos la capa que le había cubierto del frío. Sintió como la humedad del viento le calaba aún más profundamente en los huesos al no tener nada con lo que cubrirse.- Os entrego este atuendo para que os protejáis. Este manto lo utilizó mi padre, y el suyo antes que él. Yo no poseo hijos y no querría tenerlos con alguien que no fuerais vos. Utilizadla para protegeros y como seguro de que volveré por este camino.

La gélida mano agarró la capa y la colocó sobre la telaraña que cubría sus hombros. Un leve rubor violáceo cubrió su rostro antes de despedirse del viajero con un suave y helado beso en la mejilla. No dijo nada, simplemente asintió mientras contenía las lágrimas y después se ocultó entre los árboles con sus hermanas. Ocultándose en las sombras.

Poco tiempo después, él ya se había alejado lo suficiente como para sentir como desaparecía esa extraña humedad. Por desgracia, aunque no tenía ningún apego real a aquella capa, ya no tenía nada que le protegiera del frío. Avanzó todo lo rápido que le permitían sus pies para evitar morir congelado.

La penumbra del bosque iba disminuyendo a cada paso que daba, y el sendero se veía con más claridad. Sintió un gran alivio, aunque el aire amenazaba con abandonar por completo sus pulmones debido al agotamiento, pues sabía que tardaría una hora en terminar de recorrer el camino. Sin embargo, sabía que el destino suele empeñarse en colocar más de una piedra en nuestro camino, y la mujer de blanco y azul no sería el único problema al que tendría que enfrentarse.

Un rugido ensordecedor marcó la llegada de su segundo desafío. Dio unos cuantos pasos más y ante él vio una inmensa criatura, descomunal tanto en altura como en envergadura. Se encontraba fuera de sí, destrozando todo lo que se encontraba a su paso, árboles o rocas, en un frenesí imparable. El viajero se quedó paralizado, completamente aterrado, pero era consciente de que ese era el único camino posible. Tragó saliva, hizo acopio de todo su valor y avanzó con toda la seguridad que sus temblorosas piernas le permitían.

El monstruoso ser se giró hacia él al instante, bufando una y otra vez, con los ojos inyectados en sangre y espuma saliéndole por la boca.

-¿Tantas ganas tienes de morir criatura?- Avanzo con unos pasos tan pesados que todo parecía temblar a su alrededor y colocó su cara a apenas unos centímetros del humano.- O acaso eres otro estúpido que viene a matarme.

Hubo un leve momento de silencio, al igual que en la anterior ocasión sabía que si aquel ser quería destruirlo lo haría sin ningún esfuerzo. Esperaba que aquella criatura fuera capaz de escuchar lo que tenía que decirle.

-¿Por qué iba a querer mataros?- Las palabras salieron solas, sin mostrar ningún temor, aunque su estómago estaba a punto de demostrar lo contrario.- Sois un noble habitante de estos bosques.

Una carcajada brotó de aquella inmensa boca con un sonido ronco y duro. Fue breve, y cuando terminó el rostro se le tornó aun más iracundo. Agarró al viajero con una mano y lo pegó contra su cara.

-No me hagas reír enanito, si pretendes que baje la guardia prepárate para ser devorado. Tu rey ha puesto una recompensa por mi cabeza, y cada día vienen cientos de guerreros mejores que tú en busca de su trofeo. Y acaban siendo mi comida.- Las terribles fauces se abrieron de par en par y se acercaban cada vez más a su comida. El olor era nauseabundo, sin duda era una manera nefasta de acabar una vida.

El caminante se sacudió como pudo, tratando de evitar aquel horrible destino, su mente giraba sin parar, tratando de encontrar una solución. Sintió como una gota de saliva del tamaño de su cabeza le caía encima y soltó un grito de terror.

-¡Soy un emisario del rey, pero no vengo a mataros!

Fue como si el tiempo se detuviera durante unos segundos. Ni siquiera había sido consciente de que aquel era el sonido de su voz. El gigante le sacó de su boca y le miró arqueando una ceja con curiosidad.

-¿Y a qué has venido?- El hombre, ahora incapaz de mostrar su terror extendió la mano con nerviosismo para mostrarle la carta que portaba. Aquella era una jugada arriesgada, pero la otra opción era una muerte horrible. La respuesta del monstruo fue un suspiro pesado que para el hombre fue como escuchar campanas de victoria.- No sé leer esa letra tan minúscula.

-Como bien habéis podido ver, no soy un guerrero. ¿Por qué iba a venir solo por el bosque si no fuera una orden real?- Señaló con vehemencia la carta, tratando de resaltar la importancia que tenía ese trozo de papel.- El reino se rinde ante vuestra fuerza. Este papel le permite viajar por el bosque con total libertad y nadie volverá a intentar mataros.

El monstruo mostró una sonrisa complacida, pero sus ojos reflejaban una gran duda. Agarró el papel con ambas manos tratando de leer lo que ponía, pero saltaba a la vista que era incapaz de hacerlo. Volvió a dirigir una mirada inquisitiva al supuesto mensajero real. Se encontraba en una encrucijada, si ese insignificante humano le había mentido merecía un castigo, pero si decía la verdad y le devoraba los cazadores volverían a intentar matarle.

Por otra parte, al viajero no le convenía que las dudas inundaran la mente de su agresor y trataba de encontrar una solución.

-Eso no es todo mi señor.- Respondió por fin.- Como gesto de buena voluntad le entrego mis zapatos.- El hombre se agachó, desató los cordones de su calzado con delicadeza, para no hacer ningún movimiento brusco, e hincando la rodilla los puso ante el monstruo. La criatura mostró aun más dudas e incomprensión.- Yo debo cruzar el bosque hasta el otro lado y luego volver. Tardaré todo un día, en caso de que mienta vendrán asesinos a por vos. En caso de que eso ocurra no podré huir con los pies descalzos por mucho que me esfuerce.

Aquella solución parecía complacer a la criatura y, tras coger los zapatos permitió el paso al supuesto emisario real, quien continuó su viaje con diligencia.

Pasó otra hora más caminando en la penumbra, con el frío helándole la piel y la sangre brotando de sus pies desnudos, destrozados por las rocas y las duras raíces que encontraba por el camino. Fue un tortuoso camino pero finalmente llegó a su destino.

Era un claro en medio del bosque donde solo había dos pequeñas rocas que podían cumplir la función de asiento y una más grande, redondeada, que parecía una mesa. Sentado en una de las rocas se encontraba una mujer encapuchada, con una capa negra y raída. Ella le miró con unos ojos negros como la noche y fríos como el hielo. Le dirigió una cariñosa sonrisa y le indicó que se acercara, que se sentara junto a ella.

-Llegáis justo a tiempo, no sabía si vendrías.- Él se sentó a su lado, necesitaba un segundo para descansar los pies. Ella agarró su mano derecha y la besó con ternura.

-Hay citas a las que uno debe acudir a cualquier coste.- Respondió con seguridad, ya no sentía ningún miedo.

La mujer suspiró, llena de pesar y le acarició el rostro, sintiendo que estaba tan helado como el suyo propio.- Solo tengo una pregunta antes de que partamos. ¿Si sabes a donde vamos por qué te has esforzado tanto en el camino?

La primera respuesta del viajero fue una carcajada que no expresaba ninguna alegría, solo ironía y agotamiento. Después se puso de pié, dispuesto a realizar el último tramo del camino acompañado.

-Porque una vez que se inicia un camino hay que recorrerlo hasta el final.



lunes, 14 de agosto de 2017

Un enfrentamiento imposible

Hola a todos

Vuelvo con otro relato. Esta vez el relato va dedicado a Mario. Debo decir que creo que esta vez me la he jugado bastante, pues es un tema en el que no soy un experto y se lo dedico posiblemente a la persona que más sepa al respecto. Pero es alguien que ha hecho muchísimo por mí así que quería jugármela. Espero de verdad que lo disfrutes.

Las palabras son:  Trinchera, shuto, mendrugo y código.

Un saludo y espero que os guste. 


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El golpe sonó con fuerza y le acompañó la sutil caída de las hojas. ¡Pam! El segundo golpe fue aún más fuerte que el anterior. Continuó una y otra vez, aunque ya tenía el canto de su mano derecha dolorido y enrojecido, incluso cuando la piel había roto y la sangre manaba de varias pequeñas heridas, no se detenía. Un impacto tras otro, hasta que al final se detuvo. Tomo aire, sintió como se le llenaban los pulmones y una inmensa calma le inundó.

-¿Qué le ha hecho ese árbol?- El inocente sonido de la voz de un niño le sacó de su ensimismamiento. Miró hacia atrás y se encontró a un chaval de no más de diez años que le observaba con curiosidad. Por su mirada parecía que llevaba observándole bastante tiempo.

Él esbozó una sonrisa, miró hacia el lugar donde había golpeado. La madera empezaba a estar astillada y se podía ver al otro lado de la corteza el cuerpo desnudo de aquel árbol.

-No me ha hecho nada. Solo estaba practicando. - Respondió sin dejar de mostrar esa alegría calmada.

-¿Practicar? Señor, solo estaba dando golpes a ese árbol.- El muchacho mostró una gran indignación.- No trate de engañarme solo porque sea un niño.

-Tienes razón.- Contestó entre risas.- Y a la vez te equivocas completamente. Solo es un golpe, pero uno realizado muchas veces de una determinada forma. Es un Shuto, dicho de manera muy simple es un impacto con esta parte de la mano.- Le indicó la parte enrojecida.- Requiere mucha práctica hacerlo perfecto.

La mirada del niño era la misma. ¿Cómo podía ser tan complicado golpear un simple árbol? Simplemente se encogió de hombros y se fue, ni siquiera le dijo adiós.

El hombre negó con la cabeza sin perder la sonrisa. ¿Qué podía esperar? Ese chico solo veía un anciano de más de sesenta años perdiendo una pelea contra un trozo de madera. Añoraba los tiempos en los que la vida era tan simple, tan pura e inocente. Pero esos tiempos se habían escapado, pero aun podía intentar recuperar esa pureza. Se giró de nuevo, miró hacia el árbol y cuadró su postura para empezar a practicar con el lado izquierdo. Por muy cansado que estuviera, aunque el dolor fuera cada vez mayor, debía terminar lo que había empezado. Ese era su código, la ley por la que había regido toda su vida: “Nunca empieces algo que no puedas acabar y una vez que lo empiezas debes terminarlo pase lo que pase”.

Tomo aire, calmó su respiración y empezó.

Un golpe y después otro.

Poco a poco empezó a aparecer su verdadero rival. Ante él se alzaba una gran oscuridad, un abismo infranqueable que nunca había sido capaz de cruzar del todo. En cada impacto el dolor físico solo era un alivio, un paso más cerca de la victoria en un enfrentamiento que nadie puede ganar. Nadie puede derrotarse del todo a sí mismo.  

¡Pam!

La sangre brotó de su mando. Por muchos años que llevara entrenando siempre acababa sangrando, pero no era su herida la que veía. Veía heridas de disparos, el dolor reflejado en los rostros de aliados y enemigos. Sus amigos estaban a su lado, pero cada vez que los miraba podía ser la última.

¡Pam!

Cada vez golpeaba con más fuerza y sentía más dolor, pero no dejó que se viera reflejado en su rostro. Eso no era nada. Ya había experimentado autentico dolor. No era el que causaba un disparo o un golpe, era el que te causaba ver a un compañero desaparecer en medio del campo de batalla y no volver a verle. El dolor agónico que ocasionaba el miedo mientras esperabas en la trinchera a que llegara el momento de matar o morir. El sufrimiento de la gente que no tiene ni un mendrugo de pan para llevarse a la boca. El dolor físico no era nada comparado con el que se siente cuando sientes las miradas de desprecio de las personas a las que quieres proteger, por las que darías tu vida, y solo ven un asesino.

¡Pam!

El cuerpo empezaba a decirle que se detuviera, que no diese un solo golpe más, el abismo era cada vez mayor y trataba de tragárselo con más fuerza. Pero aunque su cuerpo quisiera detenerse, su mente no se lo permitía y le hacía continuar. Y a cada golpe el abismo se volvía un poco menos oscuro. El sufrimiento y el dolor daban paso al orgullo y la calma. Aunque la sangre manase, aunque tuviera la muñeca adormilada, sabía que no se detendría.

¡Pam!

Vio el agradecimiento de las personas a las que salvó, los compañeros que habían dejado de ser amigos para ser familia. No luchaba para arrancar vidas, sino para impedir que otros lo hicieran, para proteger a aquellos que no tenían ni la fuerza para protegerse. Tampoco buscaba reconocimiento o gloria, no le importaba ser el soldado anónimo. Mientras una persona más estuviera a salvo, o un compañero volviera a casa a su lado habría merecido la pena.

¡Pam!

Ya faltaba poco. No se centraba en llevar la cuenta, pero sabía que en breve la batalla terminaría. Ya nada era blanco o negro. Todo lo malo estaba atenuado, y era consciente de que las decisiones que tomó en su vida le habían llevado a ese momento. Puede que el camino hubiera sido duro, pero eso le hacía ser quien era.

El último golpe sonó con más fuerza. El combate había terminado, y no había conseguido ganar, pero el resto del día el enemigo sería más débil. Miró hacia el árbol, la madera estaba manchada de su propia sangre. Esbozó una sonrisa y no pudo evitar soltar una carcajada al pensar en cómo aquel trozo de madera le había vencido.

Empezó a caminar, calmado, sintiendo una gran paz.

Al día siguiente volvería a intentar ganar.  

martes, 1 de agosto de 2017

Zadaya

Hola a todos.

Hoy traigo un nuevo relato. Esta vez el relato va dedicado a Luis y la verdad es que estoy bastante contento con el resultado. Espero que os guste.

Las palabras son: Esquizofrenia, amor, tiempo y universo. Que lo disfrutéis.


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La nave temblaba, el acero vibraba más a cada metro que recorrían, pero aguantaría, atravesar la atmosfera de un planeta siempre era igual y ella lo sabía bien. Zadaya empezó a pulsar los botones del monitor para preparar el aterrizaje, por desgracia para ella, era la única que sabía cómo pilotar.

Finalmente el temblor se detuvo y el resto del descenso fue mucho más suave. Dejó los mandos, el piloto automático se ocuparía del resto, y se dedicó a mirar hacia el horizonte.

-Es precioso.- Dijo Lasney. La capitana miró hacia su compañera y esbozó una amplia sonrisa. No hacía mucho que conocía a la joven, desde hacía unos meses cuando la rescató de unos esclavistas. Quien sabe lo que habrían hecho si no hubiese llegado a tiempo.

Ante ellos estaba uno de los mundos más coloridos que había visitado. No había dos plantas del mismo color, incluso las nubes en el cielo variaban su tonalidades a cada segundo. Aterrizaron en un claro junto a un lago de color morado. Cuando el vehículo se posó en la tierra un montón de criaturas salieron volando en todas direcciones y cuando batían sus alas llenaban el cielo de un brillo dorado. Lasney salió corriendo de la nave en cuanto se lo permitieron y se quedó pasmada señalando en todas direcciones. Zadaya la miraba con una amplia sonrisa en los labios, sabía que su compañera no había podido disfrutar de la vida. Recordaba cuando era como ella, cuando al visitar un mundo nuevo pensaba que era una alucinación. En su planeta, hacía ya décadas, si alguien hablaba de cosas así le decían que tenía esquizofrenia. Pero ahora ya todos conocían la verdad que se ocultaba más allá de las estrellas, y el universo les parecía mucho más pequeño.

-No hemos venido a disfrutar del paisaje.- Comentaba Ghen apoyado sobre el equipo que tenían que descargar. Era un hombre robusto, sin duda el más fuerte de toda la nave, y también el más serio. Se trataba de su compañero más antiguo, le conoció en el primer trabajo que le mandaron, desde entonces ambos tenían una deuda de vida con el otro.

-Déjala tranquila, dentro de poco no podrá disfrutar nada de este lugar.- La capitana se acercó a su compañero y le sonrió.- Ya bajo yo lo que haga falta, tú siempre acabas cogiendo de más y tenemos que movernos rápido.

-Como ordenes, jefa.

El enorme hombre se fue con el resto de la tripulación, seguramente para hacerlos trabajar, eran buenos compañeros pero necesitaban un empujón para empezar a hacer lo que debían. Ella se quedó mirando a las personas que consideraba su familia. Parecía mentira que fueran tantos, cuando empezó a viajar eran solo dos, y en ese momento veía a casi una veintena de hombres y mujeres por los que daría su vida. Todos eran humanos, aunque eso causaba que otras razas la tildaran de racista, pero no era su culpa que en la mitad de sus trabajos se encontrara con alguien de su raza que necesitaba ayuda.

Una palmada en su espalda la sacó de su ensimismamiento. Se giró y vio al pequeño Steven, un niño de apenas ocho años al que encontró en un campo de trabajo durante su incursión en la tercera luna de Ezir. Por desgracia no llegó a tiempo y cuando le encontró ya le habían seccionado las cuerdas vocales. Aun así parecía feliz. Al principio había pensado en dejarle en algún sitio donde estuviera a salvo pero él parecía preferir seguir con ellos. Además sus habilidades como rastreador eran insuperables.

-¿Qué ocurre?

El chico empezó a mover las manos. Habían inventado un lenguaje de signos para poder comunicarse con él, los nuevos que llegaban a la nave tenían ciertos problemas pero Zadaya podía entenderle perfectamente.

-Así que nuestro objetivo está cerca.- Soltó una pequeña carcajada que el niño contestó con una amplia sonrisa.- ¡Es hora de que empiece la fiesta!

Se acercó a una caja sobre la que descansaba su chaleco rojo. Se lo puso y sintió el peso de los artilugios que guardaba en los múltiples bolsillos ocultos.  Recogió su larga melena rubia en una coleta e indicó a cuatro de sus hombres que la siguieran, el resto vigilaría la nave y esperaría a su regreso.

Efectivamente no avanzaron ni cincuenta metros cuando encontraron su objetivo descansando entre los árboles. Cada respiración de aquella criatura hacía temblar todo cuanto había a su alrededor. Estaba dormido, pero mantenía uno de sus veinte ojos abierto. La capitana tragó saliva, sabía que los Serpicar eran enormes, pero aquel era el más grande con el que se había encontrado, ni siquiera sabía cómo iba a cargar su cabeza en la nave. Pero tenía que hacerlo o no cobraría, aunque lo principal era acabar con él. Esos seres eran parásitos inmensos, llegaban a un planeta volando pues tenían la capacidad de viajar por el espacio y cuando llegaban se alimentaban de él hasta que no quedaba nada con vida.

-Jefa, igual deberíamos retirarnos.- Susurró Matt, era su mejor tirador pero también era un cobarde.

-No digas tonterías, no podemos permitir que destroce un planeta tan bonito como este.- Respondió Lasney sin dudar.

-Tiene razón.- Zadaya miró a su alrededor.- Esto es lo que haremos. Matt, tu súbete a ese árbol. Me cubrirás desde ahí. Ghen y Lasney iréis por los flancos para herirle en las patas, son tres para cada uno. Yo iré de frente en cuanto vea una apertura y le haré explotar el cuello. Tened mucho cuidado.

Asintieron y marcharon a sus puestos. Ella esperó con paciencia a que todo empezara.

Sus compañeros iniciaron el plan sin pensárselo dos veces. La antaño esclava sacó dos dagas vibrantes, un arma capaz de cortar casi cualquier cosa, y empezó a hacer cortes en las patas del monstruo mientras Ghen asestaba golpes con un mazo de pulso en las otras extremidades.

Pero ese ser ni se inmutaba. Ni siquiera parecían hacerle cosquillas.- “Maldición, ya se ha alimentado demasiado.”- Pensaba ella, estaba claro que tendría que entrar en acción antes de lo previsto.

Salió del árbol con un explosivo en cada mano, si el objetivo seguía sin responder podría llegar a detonarle las cargas antes de que despertara. Un rugido ensordecedor la paralizó en cuanto salió de su escondite. El antes impasible ser ahora la miraba con todos sus ojos. Se empezó a poner de pie, por poco aplasta a sus dos atacantes cuando apoyó sus inmensas patas en el suelo. Movió su cuello de un lado a otro, con un baile hipnótico, mientras sus tres colas golpeaban contra los arboles de su alrededor. Se colocó en guardia y en su espalda surgieron cientos de púas de las que goteaba un extraño líquido azul.

-Maldición.- El Serpicar avanzó hacia ella a largas zancadas. Desde los árboles surgieron disparos, intentando ayudarla a huir, pero no eran capaces de perforar la gruesa piel. Zadaya pulsó su cinturón y una cuerda salió disparada desde su chaleco hasta engancharse en un árbol.- ¡Coge esto Lasney!- Mientras pasaba por los pelos sobre la cabeza del monstruo lanzó uno de los explosivos hacia su amiga.

La carga cayó al suelo sin que la chica pudiera siquiera tocarlos. Al impactar provocó una gran explosión.

-¡Lasney!- El grito de la mujer fue ensordecedor. El fuego morado provocado por el plasma prácticamente había incinerado una de las colas del inmenso ser y parecía no haber dejado rastro de la chica. 

La criatura se retorcía de dolor, golpeando todo cuanto encontraba a su paso.

Llena de ira, Zadaya saltó sobre el lomo, a media espalda del Serpicar. Tardó en ser consciente de que si hubiera caído sobre una de las púas habría muerto. No tenía tiempo que perder ya que no iba a aguantar mucho ahí. Se dirigió hacia el cuello mientras desenfundaba su pistola. Puede que los disparos de Matt resultaran inútiles, pero sin duda uno a bocajarro de su arma haría suficiente daño. Cuando llegó se aferró con todas sus fuerzas a la piel rugosa y apoyó el cañón. De sus labios brotó un autentico rugido mientras apretaba el gatillo. Sintió las lágrimas caer por su rostro, debía vengar a su amiga.

El disparo fue suficiente para hacer una pequeña herida en la piel, no era gran cosa pero sería suficiente.

Agarró el último explosivo que le quedaba y lo metió dentro de la herida con un fuerte golpe. Saltó de la espalda y rodó por el suelo cubriéndose la cabeza con ambos brazos.

La explosión fue aun mayor que la anterior.

Tardó unos momentos en abrir los ojos. Lo primero que vio fue el cuerpo destrozado de la criatura, y lo que quedaba de la cabeza alejada del torso.

Lo habían conseguido, pero a qué precio.

-¡Zadaya!- La voz de Lasney resonó a lo lejos.

La capitana miró a su alrededor con ansiedad. ¿Cómo había sobrevivido? Estaba tan sorprendida que ni siquiera era capaz de gritar para llamarla.

Cuando sus ojos se encontraron con ella la sorpresa fue aún mayor. La chica estaba herida pero no era nada grave y junto a ella estaban Ghen, Matt y otro chico al que conocía muy bien.

-¿Hermano?- Preguntó ella cuando ya les vio de cerca. Hacía años que no veía a su Zeden, desde que abandonaron la tierra.- Pensaba que habías muerto.

-Pues deberías dar gracias a que no.- El joven soltó una carcajada.- De ser así no habría podido salvar a tu preciosa amiga.

-Te…tenemos mucho de lo que hablar. Pero aquí no. Vamos a mi nave.

Recogieron los restos suficientes de la criatura para cobrar la recompensa, los cargaron y partieron rumbo a Urk, donde cobrarían la recompensa.

Por el camino Zeden les contó todo. Había tenido una vida similar a la de su hermana. Cuando la nave en la que les estaban evacuando de la tierra fue destruida le recogieron unos contrabandistas y cuidaron de él. Era increíble que le hubiera ocurrido lo mismo que a ella y más aun que se hubieran encontrado.

No pudo esbozar una sonrisa mientras escuchaba la historia. Cuando era pequeña siempre pensó que el amor que sentía hacia su familia haría que se reencontraran, pero cuando creció perdió la esperanza.

Llegaron al planeta y entregaron el pedido. Blorg les recibió como siempre con una expresión impasible, en su raza eran incapaces de expresar los sentimientos lo que les hacía unos duros negociadores.

-¿Quién es esa?- Preguntó un pequeño ser que estaba sentado en la mesa después de que Zadaya se fuera con su recompensa.- Siempre la veo sola por aquí.

-Esa es Zadaya.- Contestó el inmenso Zurbiano sin dejar de mirarla.- La última humana. Cuando intentaron evacuar la tierra fue la única superviviente.  

martes, 25 de julio de 2017

Fondo marino

Hola a todos.

Hoy vuelvo a publicar un relato de cuatro palabras. Esta vez va dedicado a Virginia. Al pensar este relato he tenido más ideas de las que esperaba, y puede que tarde o temprano lo complete y haga una historia más extensa. Espero que no se hayan perdido muchos detalle, que no sea demasiado extraño, y en especial que lo disfrutéis.

Las palabras son: Perro, Niño, Escafandra, Caracol

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Ya habíamos descendido mil metros. La verdad es que nadie hubiese esperado que llegáramos tan lejos, todos pensaban que nos seríamos conscientes de que era una misión absurda y nos daríamos la vuelta. Pero el submarino se mantenía estable, la presión del agua no era suficiente para destrozarlo, y yo tenía muy claro que ese viaje no iba a ser en vano.

Por desgracia uno de mis compañeros no era tan positivo al respecto como yo.

-Doctor, la presión está aumentando. ¿Está seguro de que debemos continuar?- Preguntó Jerry, mirando una de las múltiples pantallas que estaban a su alrededor.- No sé si merece la pena tanto esfuerzo por una babosa marina.

Miré a mi subordinado con unos ojos llenos cólera. Ya había tenido suficientes reproches y dudas durante mi reunión con la junta, no estaba dispuesto a tolerar que mis órdenes fuesen rebatidas. Giré mi asiento y acerqué mi cara hasta que mi aliento llegaba a tocar su rostro. Apenas había distancia entre su asiento y el mío porque nuestro vehículo no era demasiado grande, lo suficiente para los tres pasajeros que debía transportar.  

-En todo caso sería un caracol.

Esas palabras fueron suficientes para que el joven se quedara sin aliento. Vi como una gota de sudor caía por su frente. Ni siquiera se atrevía a mirar hacia mí, sino que mantenía los ojos fijos en las pantallas. Normalmente era incapaz de contener sus pensamientos, pero a la hora de la verdad era un cobarde.

-Lo… lamento, doctor. Pero…

-Y no es un caracol cualquiera.- Interrumpí antes de que pudiera darme una respuesta. Para la gente, aquella expedición era una estupidez pero permitieron que fuera mientras hubiera gente lo bastante aguerrida para seguirme.- Si mis estudios están en lo correcto estamos ante una especie muy antigua, muy anterior al primer dinosaurio. 

-Espero que no se equivoque, doctor.- Se había mostrado escéptico a nuestro objetivo desde el primer momento, no era un científico ni le interesaba, solo era un técnico de submarino que adoraba el dinero casi tanto como su vida.

-Las evidencias son bastante sólidas al respecto.- Afirmó Marian mientras se estiraba. Era nuestra bióloga, un genio sin precedentes, sin ella aquel viaje ni siquiera habría empezado. Era una chica muy joven con una gran carrera, lo único que le importaba en su vida eran sus estudios.- Y, según sus propias palabras, si un ser vivo puede soportar estar ahí, esta nave también lo hará. 

-Claro…Seguro que tenéis razón, sois dos contra uno.

La discusión terminó ahí. Yo tenía mucho más que decir al respecto, pero no sabía si cabría más incomodidad en un espacio tan reducido. Estaba acostumbrado a las dudas, nunca habían creído en mí, y prácticamente tenía un discurso ensayado al respecto.

En ese momento me vino a la cabeza la primera vez que dudaron de mí en este tema. Yo era un niño de doce años, un chaval de campo al que le gustaba más estar entre árboles y animales que con otras personas. Había salido a jugar con mi perro Suertudo, un nombre muy adecuado la verdad. Estábamos haciendo lo normal, le lanzaba algún que otro palo y luego corríamos de aquí para allá. Después de una hora, el animal se distrajo y se acercó al agua con curiosidad, y aquello me produjo intriga a mí. Cuando me asomé vi un extraño caracol, se movía como cuando sacas un pez del agua, y nunca había visto una criatura similar. Suponía que sería un animal acuático, no era capaz de respirar en el exterior, así que lo cogí y me dispuse a dejarlo en el agua de nuevo. Pero ya no era necesario. ¡Ya no convulsionaba! Se había adaptado al ambiente del exterior. Era algo extremadamente adaptativo. Para muchos niños aquello no sería relevante, pero yo, que adoraba y sentía curiosidad por todos los seres vivos, me di cuenta de que aquello era todo un hallazgo.

Me gustaría decir que cuando se lo enseñé a los adultos me apoyaron y emprendieron una gran investigación. Pero en el momento que se lo enseñé a mi madre su única respuesta fue un asco horrible y mi padre lo lanzó contra la pared. Esa “cosa”, que a mí me había parecido tan impresionante, murió de una manera estúpida. Conseguí conservar los restos y, cuando conseguí mi doctorado, dediqué mi vida a investigarlo con todos los recursos posibles. Aunque fue Marian quien, siendo mi becaria, consiguió las pruebas concluyentes que indicaban que estábamos, posiblemente, ante una de las criaturas que daban origen a la evolución de todas las especies. También descubrimos, cual sería posiblemente su lugar de origen y obtuvimos los fondos para iniciar el viaje.

-La leche…

La voz Jerry, me sacó de mi ensimismamiento, ya me ponía nervioso simplemente con tenerlo cerca. Iba a soltarle otra reprimenda, hasta que miré hacia el lugar donde señalaba en la pantalla que nos mostraba el exterior.

-La leche…- Repetí yo, mientras mis ojos estaban a punto de salirse de sus órbitas.- Es… ¿Una ciudad?

Ante nosotros se alzaba una inmensa urbe. Algo que jamás habríamos podido imaginar, se parecía a las ilustraciones de la legendaria Atlántida. Sus edificios, plateados o de color azul oscuro en su mayoría, eran algo asombroso. No mostraban juntas, o uniones, era como si estuvieran tallados en un bloque descomunal de plata. A medida que nos acercábamos nos sorprendíamos más, en especial cuando vimos que no eran unas ruinas abandonadas. Las calles estaban abarrotadas de gente, que al vernos volvían corriendo a sus casas.

Detuvimos el submarino. El corazón se me iba a salir del pecho, salimos de nuestro hogar a buscar plata y habíamos encontrado un mineral que ni siquiera sabíamos que existía. No sabía cómo comportarme, mis compañeros esperaban indicaciones, pero ¿Qué podía hacer? Si bajábamos sin más podían pensar que éramos agresores, pero si nos retirábamos había tanto que nos perderíamos.

Decidí dar el primer paso. Me levanté sin decir nada y empecé a ponerme el traje. Los balbuceos y quejas de Jerry no cesaban pero yo no le escuchaba, ese era mi gran descubrimiento. Le ofrecí otro traje a él, a ver si así se callaba. Por su parte, la bióloga prácticamente estaba lista.

Me puse la escafandra y asentí. Entramos en la zona de presurización, donde el submarino nos adaptaba al ambiente exterior. Todo había sido preparado al milímetro para esta misión en un ambiente tan complejo. El proceso tardó unos minutos que se hicieron eternos.

Finalmente la puerta se abrió y fuera nos esperaban cinco hombres, armados con lo que parecían pistolas. Les miramos bien, y nos dimos cuenta de que no eran humanos, aunque tenían características similares. Eran una especie inteligente, y poseían el mismo número de extremidades que nosotros, además de rostros idénticos excepto por la falta de nariz, unas orejas redondas, como si llevaran cascos auditivos, y unos pequeños cuernos de piel rosa, al igual que en el resto de sus cuerpos. Nos miraban con unos ojos completamente verdes y trataban de comunicarse emitiendo unos sonidos similares a los de un montón de burbujas explotando al llegar a la superficie.

No sabíamos que hacer, así que simplemente alzamos las manos y dejamos que nos llevaran hasta su ciudad. Fue sorprendente como, al llegar al fondo marino, éramos capaces de andar por el suelo como si estuviéramos en la superficie, no tengo claro si era algo natural o creado por esos seres.

Mientras nos guiaban, no pude evitar fijarme en que no llevaban ropa. En ciertas partes del cuerpo llevaban pegadas a la piel una especie de placas de piedra que parecían servirles de protección. Cada uno llevaba esas piezas de “armadura” de una manera diferente.

Finalmente, llegamos hasta el edificio principal, una inmensa torre en forma de cono con espirales grabadas. Pusimos un pie en una plataforma y una pompa nos rodeó. Era como un ascensor, pero no estaba controlado por cables u otra tecnología que pudiéramos ver. En la cima nos recibió un hombre que parecía más mayor, tenía una frondosa barba llena de pelos gruesos como dedos.

-Os saludo, bienvenidos a nuestro hogar.

No pudimos responderle. Nos miramos sin saber que decir, era difícil decidir si era más sorprendente que fuésemos bien recibidos en ese lugar o que aquel extraño ser acabara de pronunciar palabras en nuestro idioma. Se giró y empezó a hablar en su idioma con los guardias que nos acompañaban, no sé que les preguntó pero parecía decepcionado así que debía reaccionar.

-Saludos. Soy Marcelino, y estos son mis acompañantes a Marian y Jerry.- Hice una torpe reverencia, aunque por su expresión no entendían muy bien que significaba.- Somos científicos…no queremos causar ningún problema. ¿Cómo es que entiende mi idioma?

-No lo hago.- Respondió, esta vez sonriendo de oreja a oreja.- Me he implantado una invención reciente, me permite hablar y entenderme con cualquier criatura. No esperábamos que nos fuera a ser tan útil. También soy científico, y el dirigente de este lugar.

Ese momento marcó el inicio de una relación muy esperanzadora. No podríamos pasar mucho tiempo ahí pero aprovecharíamos esas pocas horas todo lo que pudiéramos. El anciano nos acompañó, junto a dos guardias, explicándonos todo lo que le preguntábamos, aunque nos daba libertad para visitar el lugar libremente.

Toda esa civilización era increíble. Llamaba la atención como habían conseguido avances tecnológicos muy superiores a los nuestros, y sin embargo cosas que nosotros poseíamos, como la ropa o el submarino, les resultaban impresionantes. En especial les llamó la atención nuestro traje acuático. Por lo que entendimos, en lo que se refería a comodidades en su vida diaria, o a la medicina, eran muy superiores, pero no se habían desarrollado nada en lo que al transporte se refería. Esa era la razón de que nunca hubieran salido a la superficie.

Hablamos sobre múltiples temas. Nosotros les explicábamos todo lo que sabíamos sobre nuestra civilización, y ellos hacían lo mismo. Al parecer, por lo que ellos conocían, su especie descendía de unos seres que en lugar de desarrollarse saliendo del agua, lo hicieron descendiendo hasta el fondo marino. Ellos no se esperaban que hubiera otras especies más arriba.

Seguimos andando, la gente empezaba de salir de sus casas al ver que no éramos una amenaza y volvían a poner en marcha sus vidas. Tenían comercia, incluso moneda, no podía evitar sorprenderme al ver cosas tan similares en otra raza.

-Mire doctor.- Dijo Marian tirándome de la manga del traje.

Cuál fue mi sorpresa al ver por el suelo un montón de criaturas pequeñas arrastrándose, idénticas a la que nos había llevado hasta ahí. Sin duda mis investigaciones habían valido la pena.

-Pero si son como el bicho que has diseccionado todos estos años.- Comentó Jerry acercándose y cogiendo uno del suelo.

Un silencio lleno de tensión nos rodeó. Miré a nuestro alrededor y el color de piel de los ciudadanos se había tornado rojizo. El anciano que nos acompañaba, cuyo nombre éramos incapaces de pronunciar, se me acercó.

-¿Acaba de decir…diseccionar?- Su pregunta estaba llena de cólera.- ¿A niños?

Me puse muy pálido. Miré a mis compañeros esperando que me dijeran que había entendido mal, pero estaban igual que yo. ¿Niños? Eso no era muy diferente de un caracol, y además el que vi no había pronuncia ninguna palabra… no en nuestro idioma… Tenía que encontrar una respuesta. Debía solucionar ese conflicto. Coloqué la mano inconscientemente sobre el bolsillo del traje, dándome cuenta de que había cometido un error más.

Estiré los brazos hacia adelante, agitando las palmas de un lado para otro como un simio. En mi vida me había sentido tan estúpido, las palabras se me habían atascado y no parecían querer salir.

-Hace años, un grupo de niños de apenas once años tuvo una teoría.- Empezó a decir el hombre lleno de cólera.- Somos una especie adaptable, si eran capaces de llegar a la superficie podríamos explorar nuevas fronteras.- Suspiró y miró hacia arriba con un gran pesar.- Obviamente me opuse, pero aun así se escaparon. ¡Para llegar y que tú los asesinaras!

Me empujó, en parte me sentí agradecido de que solo fuera eso, pero tenía mucha más fuerza de la que yo esperaba. Caí al suelo por el impacto y quedé un poco aturdido. En cuanto recobré la compostura, y pude incorporarme, volví a llevarme la mano al bolsillo. Estaba vacío.

En la calle, botando lentamente, había caído una pequeña caja transparente. Siempre la llevaba conmigo para recordarme que nunca debía rendirme. En su interior se podían ver los restos preservados del sujeto que había estudiado todo ese tiempo. Los presentes enloquecieron, nos apuntaron con sus armas mientras emitían cada vez sonidos más fuertes.

-Hijo…mío.- Consiguió articular nuestro anfitrión mientras unas lágrimas amarillentas anegaban sus ojos. Miró hacia nosotros con la venganza grabada a fuego en su semblante.


Ese fue el momento en que nos dimos cuenta de que habíamos iniciado una guerra.