Una vez más voy a publicar un relato de cuatro palabras, ya solo me quedan palabras de dos personas que son repetidas, pero a quienes les agradezco enormemente, y aun más por la espera. He tenido un pequeño bloqueo y la verdad es que no era capaz de escribir nada que considerara decente hasta hoy.
El relato de hoy va dedicado a Sonsoles, a quien le debo todo. Es más, es quien me ha obligado hoy a sentarme y escribir pese a la falta de inspiración. Espero que lo disfrutéis.
Palabras: Libro, sociedad, manta, Lucerna.
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La madera crujió, rompiendo el silencio sepulcral de la
biblioteca. Con cautela, tratando de no dejarse llevar por el pánico, alzó la
cabeza y miró hacia la puerta a través de un hueco en la estantería.
No había nadie.
Dejó escapar un suspiro de alivio y volvió a ocultarse bajo
la manta. Ese lugar, que debía ser tan tranquilo durante el día, resultaba
aterrador por la noche. Las estanterías se quejaban constantemente del peso que
debían cargar, el suelo rugía con cada pie que se apoyaba sobre él e incluso el
sonido de una pluma al caer parecía todo un estruendo. Pero por temible que
pudiera resultar, aquella era su hora. Cuando no había nadie para impedirle
disfrutar de un libro.
El arte de la escritura se creó, por lo que ella entendía,
para transmitir conocimientos, sabiduría y no olvidarnos del pasado. Ya fueran
crónicas o relatos fantásticos, no solo contaban grandes historias sino que
transmitían valores e ideas. Todo autor dejaba una pequeña parte de su ser en
aquello que escribía y se la entregaba al mundo. Podías conocerlos, saber cómo
vivían o que opinaban del mundo a través de sus palabras. Sin embargo, nadie
sabía cuando, esa idea se retorció por culpa de algunos hombres con poder. Esas
obras destinadas a ser disfrutadas por la humanidad fueron limitadas a unos
pocos. Cualquier excusa era buena para prohibir la lectura, ya fueran razones
de género, por el color de la piel o la familia en la que hubieras nacido. No
solo se habían puesto límites a los lectores, sino también se limitaba aquello
que se podía transmitir a las siguientes generaciones.
Una chica pobre como ella jamás podría estar cerca de esos
conocimientos custodiados por los monjes. Pero nunca dejó que eso la echara
para atrás. Su abuelo había sido escriba de un noble, antes de que su familia
fuera tan pobre como lo era ahora. Él le enseñó a leer y escribir cuando era
muy pequeña y ella aprendió a adorarlo.
-Los hombres se marchitan, un cuerpo acaba por desaparecer,
pero cuando escribes dejas una parte de ti en este mundo. Todos morimos, pero
nuestras ideas pueden hacernos inmortales.- Había dicho el abuelo en más de una
ocasión cuando terminaba su lección.
Él nunca había podido escribir nada suyo, solo redactaba
aquello que le decían. Sin embargo sus lecciones permanecían de manera vívida
en la cabeza de aquella chica.
Desde que él murió, ella intentó acceder a más libros, pero
le dejaron claro que lo tenía completamente prohibido. Una noche descubrió una
forma de entrar en la biblioteca, una de las ventanas más elevadas no se podía
cerrar del todo y no parecía preocuparles mucho. A partir de ese momento,
cuando el sol caía utilizaba la oscuridad como abrigo para adentrarse en todos
aquellos mundos que la estaban esperando. Llevaba consigo una pequeña lucerna
que le daba suficiente luz para ver las palabras pero no tanta como para llamar
la atención. Si la encontraban ahí sin duda sus días acabarían de una manera
horrible.
En aquel momento estaba sumergida en acontecimientos
ocurridos en esa misma región pero siglos atrás. Un ruido más la sobresaltó,
miró a su alrededor y sintió como se le helaba la sangre al verse cegada por
los primeros rayos del sol. Se había descuidado, y ya era hora de que los
monjes se despertaran. Dejó el libro en su lugar, se cubrió con la manta utilizándola
como una capucha y salió corriendo pero con cautela. Cada vez que giraba una
esquina observaba dos veces para asegurarse de que no había nadie.
El corazón latía de manera acelerada, trotaba como un corcel.
Cuando estaba en mitad de un pasillo sintió pasos frente a ella, fue a
retroceder pero antes de girar la esquina vio más hombres por el otro lado.
Miró hacia una puerta que tenía frente a ella, no tenía más opción que
arriesgarse. Abrió la puerta con presteza, sabía que había hecho más ruido del
que esperaba y eso la aterró. Intentaba frenar las lágrimas que insistían en
salir pero ese no era el momento. La habitación era pequeña, parecía un
estudio, pero al menos tenía una ventana. Corrió hacia ella, la altura era
considerable, pero parecía la única posibilidad que le quedaba. Abrió la hoja,
se asomó y trató de cerrarla todo lo que pudo tras ella. Solo pudo rezar antes
de dejarse caer.
Todo su cuerpo le dolía, pero estaba viva y podía moverse.
Había caído en unas zarzas, que habían amortiguado levemente su caída pero a
cambio le habían desgarrado ropa y piel. Se puso en pie tan rápido como pudo y
fue andando pegada a la pared para no ser vista.
Llegó a su casa y se dispuso a recostarse en su cama, sus
padres estaban demasiado ocupados al despertar como para darse cuenta de su
estado. Guardo la manta y fue a colocar la lucerna en su sitio.
La sangre se le heló en las venas. No la tenía. Buscaba por
todas partes pero no aparecía. Más tarde busco incluso en la zarza, pero no
estaba. Se la había dejado en la biblioteca. Era imposible que supieran que era
suya, pero sabrían que alguien estaba leyendo esos libros sin permiso, no podía
volver a entrar en la biblioteca. Esa vez no pudo contener las lágrimas, lloró
al saber que no volvería.
Pasaron meses, y con ellos los años. Las entradas de la
biblioteca ahora se vigilaban mucho más que antes y se había dado aviso para
que nadie intentase colarse de nuevo.
Sin embargo ella tenía intención de entrar una vez más.
Desde el día en que cometió ese estúpido error se había preparado para volver.
Solo necesitaba una noche más, un solo momento para enmendar el error que
cometía esa sociedad corrupta.
Al caer la noche volvió a colarse, con gran cautela accedió
a las estanterías. Lo primero que había aprendido era el sistema que utilizaban
para clasificarlos. Sabía incluso cuales eran los libros que aun no había leído
nadie. Fue hasta esas estanterías y los sacó con mucho cuidado. Esta vez,
llevaba consigo una manta, pero no era para cubrirse. La había atado como un
saco y dentro portaba un montón de libros, obras escritas por ella. Todos
estaban encuadernados y clasificados siguiendo el sistema de la biblioteca. Les
fue poniendo el nombre de aquellos que iban a sustituir y los cambió. Guardó
los libros que iba quitando en el saco, no iba a permitir tampoco que esos conocimientos
se perdieran. Una vez hubo terminado salió del lugar antes de ser vista.
Una vez fuera miró sonriendo el lugar. Cuando hubiera pasado
suficiente tiempo llevaría de nuevo los libros robados cambiando algún dato de
la clasificación para que lo atribuyeran a un error.
Nunca sabrían su nombre, nadie la recordaría por aquello. Pero
sus ideas y las de su abuelo vivirían para siempre.

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