domingo, 17 de diciembre de 2017

Libros

Hola a todos.

Una vez más voy a publicar un relato de cuatro palabras, ya solo me quedan palabras de dos personas que son repetidas, pero a quienes les agradezco enormemente, y aun más por la espera. He tenido un pequeño bloqueo y la verdad es que no era capaz de escribir nada que considerara decente hasta hoy.

El relato de hoy va dedicado a Sonsoles, a quien le debo todo. Es más, es quien me ha obligado hoy a sentarme y escribir pese a la falta de inspiración. Espero que lo disfrutéis.

Palabras: Libro, sociedad, manta, Lucerna.

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La madera crujió, rompiendo el silencio sepulcral de la biblioteca. Con cautela, tratando de no dejarse llevar por el pánico, alzó la cabeza y miró hacia la puerta a través de un hueco en la estantería.

No había nadie.

Dejó escapar un suspiro de alivio y volvió a ocultarse bajo la manta. Ese lugar, que debía ser tan tranquilo durante el día, resultaba aterrador por la noche. Las estanterías se quejaban constantemente del peso que debían cargar, el suelo rugía con cada pie que se apoyaba sobre él e incluso el sonido de una pluma al caer parecía todo un estruendo. Pero por temible que pudiera resultar, aquella era su hora. Cuando no había nadie para impedirle disfrutar de un libro.

El arte de la escritura se creó, por lo que ella entendía, para transmitir conocimientos, sabiduría y no olvidarnos del pasado. Ya fueran crónicas o relatos fantásticos, no solo contaban grandes historias sino que transmitían valores e ideas. Todo autor dejaba una pequeña parte de su ser en aquello que escribía y se la entregaba al mundo. Podías conocerlos, saber cómo vivían o que opinaban del mundo a través de sus palabras. Sin embargo, nadie sabía cuando, esa idea se retorció por culpa de algunos hombres con poder. Esas obras destinadas a ser disfrutadas por la humanidad fueron limitadas a unos pocos. Cualquier excusa era buena para prohibir la lectura, ya fueran razones de género, por el color de la piel o la familia en la que hubieras nacido. No solo se habían puesto límites a los lectores, sino también se limitaba aquello que se podía transmitir a las siguientes generaciones.

Una chica pobre como ella jamás podría estar cerca de esos conocimientos custodiados por los monjes. Pero nunca dejó que eso la echara para atrás. Su abuelo había sido escriba de un noble, antes de que su familia fuera tan pobre como lo era ahora. Él le enseñó a leer y escribir cuando era muy pequeña y ella aprendió a adorarlo.

-Los hombres se marchitan, un cuerpo acaba por desaparecer, pero cuando escribes dejas una parte de ti en este mundo. Todos morimos, pero nuestras ideas pueden hacernos inmortales.- Había dicho el abuelo en más de una ocasión cuando terminaba su lección.
Él nunca había podido escribir nada suyo, solo redactaba aquello que le decían. Sin embargo sus lecciones permanecían de manera vívida en la cabeza de aquella chica.

Desde que él murió, ella intentó acceder a más libros, pero le dejaron claro que lo tenía completamente prohibido. Una noche descubrió una forma de entrar en la biblioteca, una de las ventanas más elevadas no se podía cerrar del todo y no parecía preocuparles mucho. A partir de ese momento, cuando el sol caía utilizaba la oscuridad como abrigo para adentrarse en todos aquellos mundos que la estaban esperando. Llevaba consigo una pequeña lucerna que le daba suficiente luz para ver las palabras pero no tanta como para llamar la atención. Si la encontraban ahí sin duda sus días acabarían de una manera horrible.

En aquel momento estaba sumergida en acontecimientos ocurridos en esa misma región pero siglos atrás. Un ruido más la sobresaltó, miró a su alrededor y sintió como se le helaba la sangre al verse cegada por los primeros rayos del sol. Se había descuidado, y ya era hora de que los monjes se despertaran. Dejó el libro en su lugar, se cubrió con la manta utilizándola como una capucha y salió corriendo pero con cautela. Cada vez que giraba una esquina observaba dos veces para asegurarse de que no había nadie.

El corazón latía de manera acelerada, trotaba como un corcel. Cuando estaba en mitad de un pasillo sintió pasos frente a ella, fue a retroceder pero antes de girar la esquina vio más hombres por el otro lado. Miró hacia una puerta que tenía frente a ella, no tenía más opción que arriesgarse. Abrió la puerta con presteza, sabía que había hecho más ruido del que esperaba y eso la aterró. Intentaba frenar las lágrimas que insistían en salir pero ese no era el momento. La habitación era pequeña, parecía un estudio, pero al menos tenía una ventana. Corrió hacia ella, la altura era considerable, pero parecía la única posibilidad que le quedaba. Abrió la hoja, se asomó y trató de cerrarla todo lo que pudo tras ella. Solo pudo rezar antes de dejarse caer.

Todo su cuerpo le dolía, pero estaba viva y podía moverse. Había caído en unas zarzas, que habían amortiguado levemente su caída pero a cambio le habían desgarrado ropa y piel. Se puso en pie tan rápido como pudo y fue andando pegada a la pared para no ser vista.

Llegó a su casa y se dispuso a recostarse en su cama, sus padres estaban demasiado ocupados al despertar como para darse cuenta de su estado. Guardo la manta y fue a colocar la lucerna en su sitio.

La sangre se le heló en las venas. No la tenía. Buscaba por todas partes pero no aparecía. Más tarde busco incluso en la zarza, pero no estaba. Se la había dejado en la biblioteca. Era imposible que supieran que era suya, pero sabrían que alguien estaba leyendo esos libros sin permiso, no podía volver a entrar en la biblioteca. Esa vez no pudo contener las lágrimas, lloró al saber que no volvería.

Pasaron meses, y con ellos los años. Las entradas de la biblioteca ahora se vigilaban mucho más que antes y se había dado aviso para que nadie intentase colarse de nuevo.

Sin embargo ella tenía intención de entrar una vez más. Desde el día en que cometió ese estúpido error se había preparado para volver. Solo necesitaba una noche más, un solo momento para enmendar el error que cometía esa sociedad corrupta.

Al caer la noche volvió a colarse, con gran cautela accedió a las estanterías. Lo primero que había aprendido era el sistema que utilizaban para clasificarlos. Sabía incluso cuales eran los libros que aun no había leído nadie. Fue hasta esas estanterías y los sacó con mucho cuidado. Esta vez, llevaba consigo una manta, pero no era para cubrirse. La había atado como un saco y dentro portaba un montón de libros, obras escritas por ella. Todos estaban encuadernados y clasificados siguiendo el sistema de la biblioteca. Les fue poniendo el nombre de aquellos que iban a sustituir y los cambió. Guardó los libros que iba quitando en el saco, no iba a permitir tampoco que esos conocimientos se perdieran. Una vez hubo terminado salió del lugar antes de ser vista.

Una vez fuera miró sonriendo el lugar. Cuando hubiera pasado suficiente tiempo llevaría de nuevo los libros robados cambiando algún dato de la clasificación para que lo atribuyeran a un error.

Nunca sabrían su nombre, nadie la recordaría por aquello. Pero sus ideas y las de su abuelo vivirían para siempre. 

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