martes, 25 de julio de 2017

Fondo marino

Hola a todos.

Hoy vuelvo a publicar un relato de cuatro palabras. Esta vez va dedicado a Virginia. Al pensar este relato he tenido más ideas de las que esperaba, y puede que tarde o temprano lo complete y haga una historia más extensa. Espero que no se hayan perdido muchos detalle, que no sea demasiado extraño, y en especial que lo disfrutéis.

Las palabras son: Perro, Niño, Escafandra, Caracol

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Ya habíamos descendido mil metros. La verdad es que nadie hubiese esperado que llegáramos tan lejos, todos pensaban que nos seríamos conscientes de que era una misión absurda y nos daríamos la vuelta. Pero el submarino se mantenía estable, la presión del agua no era suficiente para destrozarlo, y yo tenía muy claro que ese viaje no iba a ser en vano.

Por desgracia uno de mis compañeros no era tan positivo al respecto como yo.

-Doctor, la presión está aumentando. ¿Está seguro de que debemos continuar?- Preguntó Jerry, mirando una de las múltiples pantallas que estaban a su alrededor.- No sé si merece la pena tanto esfuerzo por una babosa marina.

Miré a mi subordinado con unos ojos llenos cólera. Ya había tenido suficientes reproches y dudas durante mi reunión con la junta, no estaba dispuesto a tolerar que mis órdenes fuesen rebatidas. Giré mi asiento y acerqué mi cara hasta que mi aliento llegaba a tocar su rostro. Apenas había distancia entre su asiento y el mío porque nuestro vehículo no era demasiado grande, lo suficiente para los tres pasajeros que debía transportar.  

-En todo caso sería un caracol.

Esas palabras fueron suficientes para que el joven se quedara sin aliento. Vi como una gota de sudor caía por su frente. Ni siquiera se atrevía a mirar hacia mí, sino que mantenía los ojos fijos en las pantallas. Normalmente era incapaz de contener sus pensamientos, pero a la hora de la verdad era un cobarde.

-Lo… lamento, doctor. Pero…

-Y no es un caracol cualquiera.- Interrumpí antes de que pudiera darme una respuesta. Para la gente, aquella expedición era una estupidez pero permitieron que fuera mientras hubiera gente lo bastante aguerrida para seguirme.- Si mis estudios están en lo correcto estamos ante una especie muy antigua, muy anterior al primer dinosaurio. 

-Espero que no se equivoque, doctor.- Se había mostrado escéptico a nuestro objetivo desde el primer momento, no era un científico ni le interesaba, solo era un técnico de submarino que adoraba el dinero casi tanto como su vida.

-Las evidencias son bastante sólidas al respecto.- Afirmó Marian mientras se estiraba. Era nuestra bióloga, un genio sin precedentes, sin ella aquel viaje ni siquiera habría empezado. Era una chica muy joven con una gran carrera, lo único que le importaba en su vida eran sus estudios.- Y, según sus propias palabras, si un ser vivo puede soportar estar ahí, esta nave también lo hará. 

-Claro…Seguro que tenéis razón, sois dos contra uno.

La discusión terminó ahí. Yo tenía mucho más que decir al respecto, pero no sabía si cabría más incomodidad en un espacio tan reducido. Estaba acostumbrado a las dudas, nunca habían creído en mí, y prácticamente tenía un discurso ensayado al respecto.

En ese momento me vino a la cabeza la primera vez que dudaron de mí en este tema. Yo era un niño de doce años, un chaval de campo al que le gustaba más estar entre árboles y animales que con otras personas. Había salido a jugar con mi perro Suertudo, un nombre muy adecuado la verdad. Estábamos haciendo lo normal, le lanzaba algún que otro palo y luego corríamos de aquí para allá. Después de una hora, el animal se distrajo y se acercó al agua con curiosidad, y aquello me produjo intriga a mí. Cuando me asomé vi un extraño caracol, se movía como cuando sacas un pez del agua, y nunca había visto una criatura similar. Suponía que sería un animal acuático, no era capaz de respirar en el exterior, así que lo cogí y me dispuse a dejarlo en el agua de nuevo. Pero ya no era necesario. ¡Ya no convulsionaba! Se había adaptado al ambiente del exterior. Era algo extremadamente adaptativo. Para muchos niños aquello no sería relevante, pero yo, que adoraba y sentía curiosidad por todos los seres vivos, me di cuenta de que aquello era todo un hallazgo.

Me gustaría decir que cuando se lo enseñé a los adultos me apoyaron y emprendieron una gran investigación. Pero en el momento que se lo enseñé a mi madre su única respuesta fue un asco horrible y mi padre lo lanzó contra la pared. Esa “cosa”, que a mí me había parecido tan impresionante, murió de una manera estúpida. Conseguí conservar los restos y, cuando conseguí mi doctorado, dediqué mi vida a investigarlo con todos los recursos posibles. Aunque fue Marian quien, siendo mi becaria, consiguió las pruebas concluyentes que indicaban que estábamos, posiblemente, ante una de las criaturas que daban origen a la evolución de todas las especies. También descubrimos, cual sería posiblemente su lugar de origen y obtuvimos los fondos para iniciar el viaje.

-La leche…

La voz Jerry, me sacó de mi ensimismamiento, ya me ponía nervioso simplemente con tenerlo cerca. Iba a soltarle otra reprimenda, hasta que miré hacia el lugar donde señalaba en la pantalla que nos mostraba el exterior.

-La leche…- Repetí yo, mientras mis ojos estaban a punto de salirse de sus órbitas.- Es… ¿Una ciudad?

Ante nosotros se alzaba una inmensa urbe. Algo que jamás habríamos podido imaginar, se parecía a las ilustraciones de la legendaria Atlántida. Sus edificios, plateados o de color azul oscuro en su mayoría, eran algo asombroso. No mostraban juntas, o uniones, era como si estuvieran tallados en un bloque descomunal de plata. A medida que nos acercábamos nos sorprendíamos más, en especial cuando vimos que no eran unas ruinas abandonadas. Las calles estaban abarrotadas de gente, que al vernos volvían corriendo a sus casas.

Detuvimos el submarino. El corazón se me iba a salir del pecho, salimos de nuestro hogar a buscar plata y habíamos encontrado un mineral que ni siquiera sabíamos que existía. No sabía cómo comportarme, mis compañeros esperaban indicaciones, pero ¿Qué podía hacer? Si bajábamos sin más podían pensar que éramos agresores, pero si nos retirábamos había tanto que nos perderíamos.

Decidí dar el primer paso. Me levanté sin decir nada y empecé a ponerme el traje. Los balbuceos y quejas de Jerry no cesaban pero yo no le escuchaba, ese era mi gran descubrimiento. Le ofrecí otro traje a él, a ver si así se callaba. Por su parte, la bióloga prácticamente estaba lista.

Me puse la escafandra y asentí. Entramos en la zona de presurización, donde el submarino nos adaptaba al ambiente exterior. Todo había sido preparado al milímetro para esta misión en un ambiente tan complejo. El proceso tardó unos minutos que se hicieron eternos.

Finalmente la puerta se abrió y fuera nos esperaban cinco hombres, armados con lo que parecían pistolas. Les miramos bien, y nos dimos cuenta de que no eran humanos, aunque tenían características similares. Eran una especie inteligente, y poseían el mismo número de extremidades que nosotros, además de rostros idénticos excepto por la falta de nariz, unas orejas redondas, como si llevaran cascos auditivos, y unos pequeños cuernos de piel rosa, al igual que en el resto de sus cuerpos. Nos miraban con unos ojos completamente verdes y trataban de comunicarse emitiendo unos sonidos similares a los de un montón de burbujas explotando al llegar a la superficie.

No sabíamos que hacer, así que simplemente alzamos las manos y dejamos que nos llevaran hasta su ciudad. Fue sorprendente como, al llegar al fondo marino, éramos capaces de andar por el suelo como si estuviéramos en la superficie, no tengo claro si era algo natural o creado por esos seres.

Mientras nos guiaban, no pude evitar fijarme en que no llevaban ropa. En ciertas partes del cuerpo llevaban pegadas a la piel una especie de placas de piedra que parecían servirles de protección. Cada uno llevaba esas piezas de “armadura” de una manera diferente.

Finalmente, llegamos hasta el edificio principal, una inmensa torre en forma de cono con espirales grabadas. Pusimos un pie en una plataforma y una pompa nos rodeó. Era como un ascensor, pero no estaba controlado por cables u otra tecnología que pudiéramos ver. En la cima nos recibió un hombre que parecía más mayor, tenía una frondosa barba llena de pelos gruesos como dedos.

-Os saludo, bienvenidos a nuestro hogar.

No pudimos responderle. Nos miramos sin saber que decir, era difícil decidir si era más sorprendente que fuésemos bien recibidos en ese lugar o que aquel extraño ser acabara de pronunciar palabras en nuestro idioma. Se giró y empezó a hablar en su idioma con los guardias que nos acompañaban, no sé que les preguntó pero parecía decepcionado así que debía reaccionar.

-Saludos. Soy Marcelino, y estos son mis acompañantes a Marian y Jerry.- Hice una torpe reverencia, aunque por su expresión no entendían muy bien que significaba.- Somos científicos…no queremos causar ningún problema. ¿Cómo es que entiende mi idioma?

-No lo hago.- Respondió, esta vez sonriendo de oreja a oreja.- Me he implantado una invención reciente, me permite hablar y entenderme con cualquier criatura. No esperábamos que nos fuera a ser tan útil. También soy científico, y el dirigente de este lugar.

Ese momento marcó el inicio de una relación muy esperanzadora. No podríamos pasar mucho tiempo ahí pero aprovecharíamos esas pocas horas todo lo que pudiéramos. El anciano nos acompañó, junto a dos guardias, explicándonos todo lo que le preguntábamos, aunque nos daba libertad para visitar el lugar libremente.

Toda esa civilización era increíble. Llamaba la atención como habían conseguido avances tecnológicos muy superiores a los nuestros, y sin embargo cosas que nosotros poseíamos, como la ropa o el submarino, les resultaban impresionantes. En especial les llamó la atención nuestro traje acuático. Por lo que entendimos, en lo que se refería a comodidades en su vida diaria, o a la medicina, eran muy superiores, pero no se habían desarrollado nada en lo que al transporte se refería. Esa era la razón de que nunca hubieran salido a la superficie.

Hablamos sobre múltiples temas. Nosotros les explicábamos todo lo que sabíamos sobre nuestra civilización, y ellos hacían lo mismo. Al parecer, por lo que ellos conocían, su especie descendía de unos seres que en lugar de desarrollarse saliendo del agua, lo hicieron descendiendo hasta el fondo marino. Ellos no se esperaban que hubiera otras especies más arriba.

Seguimos andando, la gente empezaba de salir de sus casas al ver que no éramos una amenaza y volvían a poner en marcha sus vidas. Tenían comercia, incluso moneda, no podía evitar sorprenderme al ver cosas tan similares en otra raza.

-Mire doctor.- Dijo Marian tirándome de la manga del traje.

Cuál fue mi sorpresa al ver por el suelo un montón de criaturas pequeñas arrastrándose, idénticas a la que nos había llevado hasta ahí. Sin duda mis investigaciones habían valido la pena.

-Pero si son como el bicho que has diseccionado todos estos años.- Comentó Jerry acercándose y cogiendo uno del suelo.

Un silencio lleno de tensión nos rodeó. Miré a nuestro alrededor y el color de piel de los ciudadanos se había tornado rojizo. El anciano que nos acompañaba, cuyo nombre éramos incapaces de pronunciar, se me acercó.

-¿Acaba de decir…diseccionar?- Su pregunta estaba llena de cólera.- ¿A niños?

Me puse muy pálido. Miré a mis compañeros esperando que me dijeran que había entendido mal, pero estaban igual que yo. ¿Niños? Eso no era muy diferente de un caracol, y además el que vi no había pronuncia ninguna palabra… no en nuestro idioma… Tenía que encontrar una respuesta. Debía solucionar ese conflicto. Coloqué la mano inconscientemente sobre el bolsillo del traje, dándome cuenta de que había cometido un error más.

Estiré los brazos hacia adelante, agitando las palmas de un lado para otro como un simio. En mi vida me había sentido tan estúpido, las palabras se me habían atascado y no parecían querer salir.

-Hace años, un grupo de niños de apenas once años tuvo una teoría.- Empezó a decir el hombre lleno de cólera.- Somos una especie adaptable, si eran capaces de llegar a la superficie podríamos explorar nuevas fronteras.- Suspiró y miró hacia arriba con un gran pesar.- Obviamente me opuse, pero aun así se escaparon. ¡Para llegar y que tú los asesinaras!

Me empujó, en parte me sentí agradecido de que solo fuera eso, pero tenía mucha más fuerza de la que yo esperaba. Caí al suelo por el impacto y quedé un poco aturdido. En cuanto recobré la compostura, y pude incorporarme, volví a llevarme la mano al bolsillo. Estaba vacío.

En la calle, botando lentamente, había caído una pequeña caja transparente. Siempre la llevaba conmigo para recordarme que nunca debía rendirme. En su interior se podían ver los restos preservados del sujeto que había estudiado todo ese tiempo. Los presentes enloquecieron, nos apuntaron con sus armas mientras emitían cada vez sonidos más fuertes.

-Hijo…mío.- Consiguió articular nuestro anfitrión mientras unas lágrimas amarillentas anegaban sus ojos. Miró hacia nosotros con la venganza grabada a fuego en su semblante.


Ese fue el momento en que nos dimos cuenta de que habíamos iniciado una guerra.

jueves, 20 de julio de 2017

La estrella del espejo

Hola a todos.

Como habéis podido ver últimamente no estoy publicando un relato al día. Es complicado seguir ese ritmo pero no significa que vaya a dejar de publicar.

Ya quedan cada vez menos relatos de cuatro palabras, este y otos dos para ser exactos. La verdad es que estoy bastante contento con esto y estoy muy agradecido con la gente que ha colaborado.  Pero también me gustaría pedir, si queréis, que dejéis más palabras. Me he estado planteando, una vez haya terminado, revisar los relatos y si es posible tratar de publicarlo en formato físico. Necesitaría un par más para poder hacerlo.

Vamos al relato de hoy, que va dedicado a Petri. Espero de verdad que tu guste.

Las palabras son: Camino, espejo, estrella y despertar. Disfrutadlo.


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Una vez más estaba ahí, sentada ante el espejo. Su mirada se centraba en sus propios ojos, en aquellas esferas antaño radiantes y que ahora parecían haberse apagado de manera inevitable. Su reflejo parecía una burla, una parodia de lo que fue antaño, una mujer llena de ilusiones y esperanzas. Ya no era la chiquilla que jugaba ni la joven que se sonrojaba cuando un chico le dirigía la mirada. No era la mujer emprendedora que conseguía todo lo que proponía. Era una anciana olvidada que parecía haberlo perdido todo, y que solo esperaba el día en que por fin pudiera descansar.

Suspiró, sin dejar de ver su reflejo, hasta que un extraño brillo llamó su atención. En el reflejo, había algo brillante frente a ella, como una estrella, sin embargo por más que miraba en la habitación no era capaz de encontrar de donde venía aquella luz. Observó su alrededor, llena de dudas, y finalmente acercó la mano hacia ese punto brillante sobre la plana superficie de cristal. Apoyó las yemas de los dedos y sintió un extraño calor que envolvía su mano. Pero no paró ahí, sintió un tacto líquido, como si fuera de agua, y comenzó a atravesar el espejo lentamente. Tuvo una sensación muy extraña, como quien pasa a través de una cascada, pero no tenía ninguna sensación de humedad cuando se encontraba al otro lado.

No había experimentado algo así nunca, al cruzar el cristal se encontraba en un lugar único. Era como estar en medio del cielo estrellado, rodeada de oscuridad y puntos brillantes. Ante ella se formaba un camino resplandeciente que parecía llevarla hasta la estrella más brillante del cielo. Se giró para ver el lugar de donde había salido. Y se encontró con su propia mirada reflejada en el espejo. Pero no era esa mirada apagada, no parecía agotada y cansada de los embates de la vida, sino brillante, vivaz y llena de esperanzas. Un escalofrío recorrió su cuerpo, volvía a ser joven otra vez. Tocó su propio rostro, y se sobresaltó al notarlo terso y suave, como cuando tenía treinta años.

Sin entender nada, apoyó su mano nuevamente en el espejo, solo para comprobar que ocurría. La superficie era rígida, de cristal pulido, y no parecía posible volver a cruzarlo por ese lado.

-Puedes volver.- Una voz resonó por todo el espacio hasta llegar hasta ella.- Solo tienes que llegar al final del camino y se te concederá lo que anheles.

La mujer se encogió al escuchar ese potente sonido, no se atrevió a responder nada. Un montón de pensamientos cruzaron su mente. ¿Era eso una prueba de Dios? ¿Una tentación de algún demonio? ¿Era real o un delirio? ¿Una promesa o un engaño? Solo sabía una cosa, que debía caminar.

El sendero, ya brillante por sí solo, se iluminaba bajo sus pies a cada paso que daba. Había una larga distancia entre ella y su destino, pero debía recorrerlo. No sentía las piernas pesadas, no le dolía la espalda ni las articulaciones. Sin darse cuenta, aceleró el paso, sintiendo la velocidad y el viento en la cara. Siempre había sido muy ágil, le gustaba el atletismo y, cuando su cuerpo se lo permitía, disfrutó de las carreras, incluso había ganado algún trofeo. Siguió dando largas zancadas, pensando en todo lo que había tenido en su vida gracias a esas carreras. Su marido, que ya descansaba en paz, se había fijado en ella cuando estaba de público en un campeonato. No fue ese el día en que se conocieron, porque él tardo bastante en atreverse a hablarle, y ella ni siquiera sabía de su existencia, pero cuando por fin tuvo el valor de hablarle le confesó que se enamoró al verla correr. “No he visto a nadie que le siente tan bien ir a esa velocidad” era lo que le solía decir.

Paró en seco. Sus ojos se desorbitaron. Miró a su alrededor y vio como las estrellas se movían, colocándose unas junto a otras o incluso apareciendo algunas nuevas, hasta formar la imagen que ocupaba sus pensamientos. Ante ella, estaba abrazando a su marido, y esa imagen se quedó fija como una nueva constelación.

Sintió una lágrima caerle por la mejilla, no estaba triste, sino llena de emoción y nostalgia. Observó todo el firmamento y sonrió. Aquellas estrellas formaban las imágenes de sus pensamientos, y tenía ganas de dejar su historia grabada en el cielo.

Continuó corriendo, esta vez manteniendo sus ojos cerrados con fuerza. Intentaba formar claramente las imágenes en su cabeza, todos los momentos que la habían hecho sonreír. No le resultaba difícil, no quería elegir entre los mejores momentos de su vida sino plasmar toda su alegría en el cielo.

Finalmente paró cuando sintió que ya no le quedaba aliento. Se dejó caer en el suelo boca arriba, el camino era extrañamente cómodo. Suspiró y trató de coger aire. Sus ojos se abrieron, llenos de expectación y sus labios formaron una amplia sonrisa. El cielo estaba lleno, de estrellas que dibujaban su vida entera. No estaban ordenadas, no era necesario. Estaba ella comiendo un helado con sus padres, el día en que le dijeron que correría en los juegos olímpicos, cuando conoció a sus primeros amigos… todos eran grandes recuerdos.

Se sorprendió al darse cuenta de que también había buenos recuerdos que no eran tan distantes. Estaba ella riendo con sus amigas de la residencia, las visitas de sus nietos, los jóvenes que iban con el programa de abuelos adoptivos… todos eran grandes momentos que atesoraba con gran cariño.

Después de disfrutar de todos esos momentos, volvió a ponerse a andar hasta que llegó a la estrella que más brillaba. Allí encontró a una criatura luminosa, un ser completamente indescriptible de color dorado.

-Has llegado hasta aquí.- La voz del ser sonaba profunda, sosegada y llena de calma.- Si quieres puedes volver a ser así, si te quedas aquí podrás disfrutar de lo que este lugar puede ofrecerte.

-No es necesario que te andes con rodeos.- Contestó ella esbozando una sonrisa.- Se muy bien que este es un sueño del que no voy a despertar.

-Lo lamento.- La criatura se acercó mostrando un gran pesar.

-No tienes que sentirlo. Gracias, ha sido una gran despedida.- Sus ojos se llenaron de lágrimas, pero cada vez su sonrisa era más amplia.


La llama que quedaba en su mirada se apagó por completo. Los enfermeros fueron corriendo hacia la silla en la que estaba sentada, parecía tan tranquila y llena de calma. Mirando su propio reflejo que le devolvía una sonrisa.   

lunes, 17 de julio de 2017

Máscara

Hola a todos.

He estado un par de días sin mucha inspiración. El calor no ayuda mucho la verdad y todo lo que se me ocurría o escribía me parecía demasiado flojo. Pero bueno, hoy vuelvo de nuevo. El relato de hoy va dedicado a mi tía Pili, espero de verdad que te guste, aunque no se ni como se me ha ocurrido esta historia con las palabras que me diste.

Las palabras eran: Piruleta, espasmos, ridícula y sol.

Que lo disfrutéis. 


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-Ya estamos otra vez.- Dijo el padre mientras se sentaba en la mesa dejando su maletín en el suelo con brusquedad.- Cordelia, te he dicho un millón de veces que no quiero verte con esa ridícula máscara en la mesa.

La pequeña se encogió en su asiento y aferró con fuerza la máscara que cubría su rostro. Esa escena se repetía muy a menudo, quizá demasiado. Antes las cosas no eran así. La niña era muy despierta y alegre desde el momento en que nació, era cariñosa y se pasaba el día jugando o descubriendo cosas nuevas. Él nunca fue muy atento, siempre tenía muchísimo trabajo o tenía que viajar lejos, así que no podía hacerle todo el caso que debía. Su mujer estaba ahí siempre, cuidando de la niña y haciendo que el hogar fuera un lugar mejor. Cuando volvía de trabajar sabía que ella siempre estaría ahí, preparada para recibirle y darle a él y a su hija todo el cariño del mundo. Ella era el sol que iluminaba su vida. Pero tarde o temprano tenía que llegar el anochecer.

La noche llegó hace un año, cuando su mujer le dejó claro que nada era como él creía. No había sabido cómo tratarla, no la cuidó como se merecía, ni siquiera había otro hombre al que culpar. Los regalos, el dinero, todos los lujos, no eran lo que ella buscaba, se estaban convirtiendo en una jaula de oro en la que mantenerla encerrada. Hay demasiadas cosas que no se pueden comprar, una vocación, un sueño, el cariño, la emoción… todo eso era lo que ella buscaba con toda su alma.

Ni siquiera echó la vista atrás cuando los abandonó a él y a su hija.

Desde ese momento la mansión se transformó en un sitio frío, desolado, ahora era una cárcel de hielo. La habitaban dos extraños con un montón de sirvientes. No era capaz de llegar hasta su niña, era más fácil que hablara con el mayordomo que con él. Y siempre esa máscara. No había vuelto a ver el rostro de Cordelia desde que perdió a su amada y tampoco la había oído hablar. Cada día, desde que se levantaba hasta que se acostaba, llevaba puesta la misma máscara. Apenas comía para destaparse lo mínimo posible.

“Ridícula máscara.” Eso era lo que decía cada vez que la veía con ella puesta. Era su forma de afrontar el dolor de los recuerdos. Se trataba de una careta veneciana, un recuerdo que compró junto a su esposa durante la luna de miel. Habían ido a los carnavales, y quisieron ponerse algo acorde al evento. A él le servía cualquier cosa y por eso cogió lo primero que vio, pero ella era especial, tenía que ser perfecto. En lugar de algo muy colorido eligió una pieza elegante. Era de cerámica, color crema, llena de relieves dorados que formaban una enredadera llena de flores. En torno a los ojos era de color negro y tenía unos labios tallados que parecían realmente carnosos.

Cada vez que veía a Cordelia no podía evitar recordar todo el dolor que había sufrido, cuanto perdió y los errores que cometió.

-¡He dicho que te la quites!- Estaba fuera de sí, ya había tenido esa discusión con ella otras veces sin poder hacer nada.

La pequeña tembló de miedo sin decir nada mientras veía a su padre acercarse a ella con paso firme y brusco. Se aferró a su máscara, era lo único que la protegía de ese horrible mundo que la rodeaba. Pero solo era una niña.

-No te lo voy a repetir.- Aseguró con firmeza. No era una advertencia, tampoco una orden. Solo era una realidad. Estiró su brazo y agarró la pieza que cubría el rostro de Cordelia. Tiró con fuerza rompiendo la cuerda que la sujetaba. La niña gritó, era la primera vez que escuchaba su voz en mucho tiempo, y lo que oyó fue un llanto lleno de dolor. Se dispuso a tirar la máscara contra el suelo, a destrozarla para no tener que pasar por eso, pero no pudo. Los lloros de su hija habían cambiado, se habían convertido en una respiración desacompasada, en una agonía.

Miró hacia la persona que más le importaba en el mundo, y la vio en el suelo. Le estaba dando un ataque, su pequeño cuerpo se encogía por los espasmos que parecían producirle un gran dolor. Estaba entrando en shock.  Dejó la máscara en la mesa y fue corriendo a abrazarla. No sabía qué hacer. Gritó pidiendo ayuda a los sirvientes, suplicando no perderla a ella también.

El primero en llegar fue el mayordomo principal, al verla en el suelo se aceleró. Su vista buscó la máscara y una vez que la ubicó se la puso a la niña con presteza. En cuanto su rostro estuvo cubierto de nuevo, las contracciones pararon.

Todo se tranquilizó de nuevo al cabo de media hora, llevaron a la pequeña a dormir en su habitación. Aunque normalmente le quitaban la careta para dormir, esa vez decidieron dejársela puesta.

-¿En que me he convertido Jaime?- Preguntó el señor de la casa a su sirviente de confianza.- Tú la conoces mejor que yo, ayúdame.

-Mi señor, puedo hablar con sinceridad.- El mayordomo era muy prudente a la hora de expresar su opinión, y más cuando acababa de ver una explosión de furia tan evidente. El hombre asintió.- Ambos están ocultándose cosas, los dos tienen miedo. Esa máscara para ella es una barrera y para usted un ataque constante, le recuerda cosas que quiere olvidar.

-Eso lo sé, es más que evidente.

-Pues no intente eliminar el recuerdo de su madre de su vida. Ella era feliz con la señora.- Suspiró con calma.- Para otra vez, procure utilizar el cariño que siente antes que las manos.

El padre se quedó callado un segundo, tratando de pensar en una forma de ayudarla. Entonces se acordó de algo que siempre la había hecho sonreír, era lo que hacía su mujer cada vez que quería verla feliz.

Al día siguiente salió antes del trabajo, quería ver a su hija cuanto antes. Sabía que eso no iba a ser algo permanente, pero debía de dar pequeños pasos para conseguir andar todo el camino. Cuando llegó fue directamente hasta la habitación de Cordelia, al verle la pequeña se asustó mucho y volvió a sujetar la máscara con fuerza. Cogió una silla sin decir nada, esbozó una sonrisa llena de cariño y se sentó frente a ella. Estiró el brazo para acariciarle la cabeza, ella se alejó un poco pero al final dejó que su padre la tocara. Metió la mano en su bolsillo y sacó una piruleta de naranja. A través de los huecos de la careta se podía ver como los ojos se le iluminaban como faros.

-Es tuya.

La chica le miró intrigada, pero finalmente agarró el dulce y se levantó ligeramente la máscara, hasta la altura de la nariz y la dejó ahí, aunque no debía ver nada. Quitó el envoltorio y empezó a comérsela con una amplia sonrisa en los labios tan radiante como el sol.

-Iremos poco a poco, tenemos todo el tiempo del mundo Cordi.  

jueves, 13 de julio de 2017

Un gran guerrero

Hola a todos.

Hoy el relato va dedicado a Juan. Para empezar tengo que decir que las palabras al final han cambiado respecto a las que me dijo en un primer momento. Al principio dijo Puente, pera, Batman, Caillou, pero recientemente decidió decirme otras distintas, para evitar que el relato se base en ciertas bromas que tenemos entre nosotros. Cosa que le agradezco de verdad. Algún día escribiré un relato con las palabras que me dijo en origen. 

Las palabras de hoy son: Monedero, lavanda, espada y tabaco.

Espero que lo disfrutéis.


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El sonido del agua cayendo y de la madera del bambú golpeando con la roca era muy relajante. Siempre lo había sido. Un ligero olor a humedad y hierba hacían que sus pensamientos fluyeran con más facilidad, plácidamente las ideas iban tomando forma en su cabeza. No estaba pensando en nada específico, solo se había sentado ahí a relajarse y reflexionar sobre su vida.

Dio un sorbo de su taza y sintió como el líquido cálido bajaba por su garganta, cada vez estaba más relajado.

-Señor.- Ante él estaba arrodillado un hombre, la verdad es que no tenía muy claro cuando había llegado hasta ahí, eso era prueba de lo inmerso que había estado en su mundo, aquello le satisfizo. La persona que le había hablado era menuda, de corta edad e iba muy desaliñada.- No he podido evitar verle aquí, y me llamó la atención que portase una espada. ¿Es usted un samurái?

Una pregunta compleja, pese a su aparente simplicidad, no sabía si sería capaz de contestarla. Acercó la alargada pipa a sus labios y colocó el tabaco en su sitio.

-Depende de la razón por la que preguntes.- Contestó mientras encendía las hojas trituradas.- ¿Quién y por qué quiere saberlo?

-Lo… pregunta Tetsuya.- Contestó tras titubear unos instantes. No comprendía la razón de tantas dudas pero los grandes maestros eran misteriosos, una mala respuesta podría echarlo todo a perder.- Pertenezco a la aldea de Naosei, un lugar tranquilo, esta a apenas cinco kilómetros de aquí. Como he dicho antes os he visto portando una katana, y si sois un samurái me gustaría que me enseñara a ser un gran guerrero.

Una carcajada brotó de los labios del presunto samurái. Bebió calmadamente de su taza y esbozó una amplia sonrisa. Sus ojos miraban hacia el chico con una mezcla de condescendencia y una extraña nostalgia. Parecía creer que el joven era estúpido, pero a la vez añoraba esa estupidez.

-Un gran guerrero. Eso es lo que buscas.- Suspiró con calma.- Entonces no soy un samurái.

-Pero portáis una espada.- Afirmó Tetsuya recalcando lo evidente.- Entonces, ¿Quién sois?

-¿Yo?- Sus labios formaron una sonrisa cada vez más amplia.- Soy Kansei, pertenecía a la aldea de Naosei, un lugar lleno de conflictos donde nadie estaba a salvo, ahora muy lejos de aquí. Y no soy nadie.

El joven cada vez comprendía menos. Aquel hombre pertenecía a su misma aldea, sin embargo nunca había escuchado su nombre, y tal como hablaba no se parecía en nada al lugar en el que había vivido toda su vida.

La vaina de la katana sonó cuando Kansei la agarró y la levantó del suelo para ofrecérsela al chico. Los ojos casi se le salieron de las órbitas, aquel gesto era muy poco común, nadie ofrecía su arma a un desconocido. Era algo muy personal. Pero no para el hombre que había salido a meditar. Era cierto que ese objeto era parte de él, una parte muy importante de su ser, pero jamás le negaría un trozo de sí mismo a alguien.

Tímidamente el chico agarró la empuñadura con su mano derecha mientras sujetaba el resto con la izquierda, mostrando un gran respeto.

-Ahora tú tienes una espada.- Afirmó el dueño mientras daba otro sorbo del té de lavanda.- ¿Eres un gran guerrero?

Aquella pregunta descompuso el rostro de Tetsuya. No tenía muy claro si debía responder a la pregunta o simplemente esperar a que continuara hablando. Era evidente que portar aquella espada no le convertía en nada, no era más que un chico nervioso al que le habían ofrecido sujetar un arma.

-Vienes de un pueblo tranquilo.- Habló por fin Kansei haciendo un gesto con la mano para que le devolviera el arma.- Pero si te conviertes en aquello que me has pedido ya habrá una persona dispuesta a luchar en ese lugar. El lugar del que vengo estaba lleno de gente que quería pelear, y acabo siendo un sitio lleno de violencia. Pero todos se fueron. Fue lo mejor.  

-No es cierto.- Contestó el chico con reproche.- Mi pueblo es un sitio tranquilo. Tan tranquilo que nadie sabe cómo defenderse.- Decir aquellas palabras estaban doliéndole, pero debía ser claro, de lo contrario nadie lo escucharía.- Mi madre fue atacada ayer cuando iba en una caravana a una aldea vecina. Le robaron el monedero donde llevaba todos sus ahorros.- Apretaba los puños con más fuerza a cada palabra que decía. Sus ojos, antes unos orbes vidriosos llenos de inseguridad, ahora ardían con llamas y pasión.

-Vaya.- Contestó Kansei realmente sorprendido mientras acercaba la pipa a sus labios.- En ese caso no buscas ser un gran guerrero. No quieres ir a guerras. No quieres asesinar a otras personas, o morir en el intento. Quieres defender a los que te rodean, quieres ser un protector.

Tetsuya asintió, no estaba seguro de haberlo entendido todo pero creía estar de acuerdo con él.

-Entonces, sí soy un samurái.- Afirmó el espadachín poniéndose de pie.- Y te enseñaré a serlo si ese es tu deseo.

Desde ese día, el chico fue todos los días al bosque que había cerca de su pueblo, junto al río, a reunirse con su maestro y aprender todo lo que tenía que enseñarle. Las lecciones no fueron solo el manejo de la espada, la mayoría de los días solo le hacía reflexionar. En algunas ocasiones le decía alguna frase que no entendía y le decía que no volviera hasta que hubiera sacado alguna conclusión. Podía pasar días enteros reflexionando antes de que su respuesta fuese considerada adecuada.

Pasaron los años, sin embargo Kansei nunca puso un pie en la aldea, aunque Tetsuya se lo pidiera la respuesta siempre era una rotunda negación. Con el tiempo aprendió a dejar de intentarlo.

Al final, llegó el momento en que el maestro era demasiado mayor. Su vida había sido larga y llena de experiencias, ya había llegado su hora. Estaba orgulloso, su alumno había aprendido prácticamente todo lo que tenía que enseñarle. La aldea había seguido siendo un lugar pacífico, el rumor de que uno de los habitantes era un gran guerrero había sido más que suficiente para que los bandidos se mantuvieran lejos de ese lugar. Era cierto que en algunas ocasiones, en lo más profundo de su ser, Tetsuya se preguntaba qué pasaría si ponía a prueba su espada. ¿Sería capaz de derrotar a un enemigo en combate? Pero todo lo que le había enseñado su maestro era suficiente para que no intentase iniciar un enfrentamiento.

Cuando llegó el momento de la despedida, el joven ya no era tan joven, y el anciano no era un desconocido. Conocía todas sus historias, todos sus misterios, cuando era un chico le había dejado sujetar su espada, una parte de su ser, ahora todo su maestro era parte de su ser.

-Ya eres un gran protector.- Kansei tosió, sabía que apenas le quedaban unos minutos para poder despedirse.- Todo lo que me ha pertenecido es tuyo, puedes coger mi espada para luchar si ese es tu deseo. Si quieres aún puedes ser un gran guerrero.

-Gracias por todo.- Aferró la mano de su mentor entre las suyas y esbozó una sonrisa para tratar de frenar las lágrimas.- Sé lo que soy. Y también lo que haré a partir de este momento.

La vida del samurái se apagó dejando una sonrisa placida en su rostro.

El alumno lo enterró junto al río, en ese lugar donde siempre había gustado parar a meditar. Colocó una tablilla donde grabó su nombre, para que nadie olvidara quien yacía ahí, y al lado dejó la katana con su vaina.


Después de rezar en signo de despedida se alejó un par de pasos. Se sentó en el suelo con las piernas cruzadas. De una pequeña bolsa sacó una pipa, tabaco y una taza de té. Lo preparó todo con sumo cuidado y escuchó el sonido del agua, de la madera del bambú golpeando. Se perdió en sus pensamientos, en el mundo que le habían regalado. 

miércoles, 12 de julio de 2017

Los hermanos del rugido

Hola a todos.

El relato de hoy va dedicado a David, creo y espero de verdad que te gustara. Esta vez tampoco hay mucho más que decir.

Las palabras son: Distancia, idea, brasas y final.

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Una mañana más sin noticias. Se despidió de su superior con saludo militar y después le estrechó la mano, debía guardar las formas aunque hubiera confianza entre ellos. Agarró sus muletas de madera y empezó a andar de camino a su hogar. La pierna derecha le dolía horrores, cada paso era como si estuviera caminando por un suelo lleno de brasas. Pero no era nada comparado con el ardor en su pecho.

Había pasado ya un año desde que comenzó esa guerra que parecía no tener final, incluso recibir noticias resultaba de lo más complejo. Él iba todos los días a visitar el cuartel, esperando que le informaran de lo que estaba ocurriendo. ¿Cuándo acabaría esa espera? ¿Cuánto quedaba para que volviera a ver a su hermano?

Ambos eran soldados, se habían unido al ejército en cuanto tuvieron suficiente edad para empuñar una espada. Pertenecían a una familia poco adinerada, eran unos campesinos cuya madre había muerto tras dar a luz al menor. Su padre se esforzaba, trabajaba como diez para poder sacar adelante a su familia, pero aquello no era suficiente y ellos tenían que ayudarle en todo lo que pudieran. Él fue el primero en alistarse en la academia, era el mayor y su responsabilidad era conseguir lo mejor para su familia, lo que no esperaba era que el pequeño chico que siempre se había escondido tras él durante las tormentas se negara a dejarle solo y se uniera poco después. Al principio aquello le aterró, temía que le pasara algo, que solo sobreviviera uno de los dos pero con el tiempo se dio cuenta de que aquel miedo era completamente infundado. Era tan apto como él para luchar.

Pero ahora era incapaz de quitarse esa idea de la cabeza, ahora que no estaban juntos para combatir espalda contra espalda. La idea de que no volviera le quemaba como si le hubieran puesto un hierro al rojo vivo en el pecho.  

Recordaba perfectamente los días de adiestramiento, desde el calor y el peso de la armadura hasta las bromas de los reclutas de mayor rango. No podía decir que hubiera sido fácil, nadie diría que atravesar un desierto fuera fácil, pero no tuvo que llevar la carga él solo. Cuando entraron los trataban como si fueran niños, porque lo eran, en ese momento no había reclutas más jóvenes que ellos y tampoco había precedentes. Pero eran hábiles, se esforzaban cada día para ganarse su jornal y el plato caliente. En unos pocos meses ya nadie se atrevía a enfrentarse a ellos. Solían entrenar incluso en su tiempo libre, por pura diversión, aunque salieran heridos.

Eran unos niños que habían aprendido a divertirse simplemente pasando tiempo juntos, cuando no estaban entrenando estaban hablando de cualquier cosa que se les pasara por la cabeza, o haciendo cosas sin ningún sentido.

Con el tiempo, se hicieron mayores, no podían ser esos dos chicos para siempre, y, en parte, era mejor que no lo fueran. Ambos tenían sus virtudes, en especial en el campo de batalla, pero también tenían que dedicar mucho tiempo en sacarse las castañas del fuego mutuamente. El más joven siempre fue un caos, hacía las cosas sin pensar en las consecuencias y tuvieron que iniciar grandes batallas en más de una ocasión para que no acabara escaldado. Por otra parte, el mayor, pese a ser el que solía prestar consejos, era muy dejado, en la mayoría de las ocasiones su hermano tenía que obligarle a realizar sus tareas o acababan los dos castigados después de las practicas. Además, era bastante malo aceptando la autoridad y solo lo hacía si quedaba claro que de lo contrario acabarían arrepintiéndose los dos.

La primera vez que fueron a combatir tampoco se le olvidaría jamás. No era ni mucho menos lo que imaginaban. Por mucho que los relatos muestren la guerra como algo divertido, la realidad es muy diferente. Sentía una gran emoción antes de que todo empezara, el miedo se atenazaba en sus entrañas y apenas le dejaba moverse, había mirado a su hermano, y vio que ambos estaban igual. Fue cuando se dio cuenta de que el valor de uno, sería el de los dos, golpeó su pechera y soltó un grito que vino de lo más profundo de su ser. En aquel momento no se dio cuenta de que todos los demás soldados le estaban mirando, pensaban que había perdido la cabeza. Pero en respuesta había recibido otro grito. Ambos hermanos habían aullado como lobos, pese a lo que pensara cualquiera de los presentes, y el miedo se desvaneció.

Cuando la orden de cargar llegó, ellos fueron los primeros en llegar al frente, los que blandieron sus espadas con más ímpetu y habilidad, y finalmente, los que fueron aclamados cuando todo acabó.

Ese fue el día en que empezaron a conocerles como los hermanos del rugido. Antes de cada batalla, ese sonido brotaba de sus gargantas infundiendo valor a todo el ejército y parecía dar potencia a sus brazos. Era como si tras ese sonido solo pudiera haber una victoria.

Ascendieron en  el ejército por sus propios méritos. Las medallas que ahora portaba en su pecho eran un recordatorio de cada momento en el que se les había considerado unos héroes.

Sin lugar a dudas lo que más le aterraba, lo que hacía que la distancia a la que se encontraba de su hermano le estuviera matando, era que en esa batalla no sonaría el rugido. Por muy hábil que fueran, estando separados no sabía hasta que punto podría soportarlo todo.

Fue en el anterior enfrentamiento contra el ejército enemigo cuando se vieron obligados a separarse. Estaban luchando en campo abierto. El sol estaba a punto de ponerse y apenas se podía distinguir amigos de enemigos entre aquella masa de hombres y armaduras. Iban ganando, cada vez superaban más en número a los enemigos. Las espadas chocaban, el metal provocaba suficientes chispas como para iniciar un incendio, los escudos se alzaban y caían, y los gritos lo inundaban todo intentando congelar los corazones de los guerreros.

Ya casi había terminado, habían ganado, les dejaban dos opciones a sus adversarios: rendición o exterminio. Pero no parecían rendirse. Cuando cayó el último brotó un grito, mezcla de euforia y de un intento por ocultar la culpabilidad por las vidas arrancadas. Todos lo estaban celebrando, pero los hermanos no parecían tan contentos.

-Demasiado fácil.- Había dicho el mayor y su hermano le asintió.

Después llegaron los silbidos. El cielo se inundó de flechas que venían de todas las direcciones. La infantería enemiga había sido un cebo, una trampa para poder rodearles con un ejército de arqueros cuando estuvieran más débiles. Nadie se esperaba que estuvieran dispuestos a sacrificar tantas vidas por una victoria.

Las flechas hicieron una gran mella en el ejército. Casi no hubo tiempo para reaccionar antes del primer ataque. Solo el hermano mayor llegó a tiempo de poner un escudo sobre él y sobre el menor. Diez flechas se clavaron en la madera, y cuatro más alcanzaron la pierna del que portaba el escudo.

El resto fue mucho más cruel, mucho más duro. Apenas sobrevivieron cien de todos los soldados que habían ido a la batalla. Pese a ello habían alcanzado la victoria, el sacrificio de una pierna no era nada comparado con todo lo que habían logrado.

Pero eso no era el final, no podía serlo. El hermano menor quería venganza, quería terminar con esa guerra de una vez. Reunieron a los mejores hombres que les quedaban, dejando algunos para proteger la ciudad, y partieron directamente hacia el reino enemigo.

De todo esto ya hacía un año. El asedio estaba siendo duro y eran pocas las buenas noticias desde que llegaron a la muralla que les separaba de la victoria. La última noticia que les había llegado fue que cuando estaban a punto de alcanzar la cima de la muralla les habían lanzado brasas encima, provocando graves quemaduras y una gran mella en el ejército. Desde entonces todos los mensajeros habían muerto.

Todos esos recuerdos, aquellos pensamientos, las mejores y las peores ideas, eran lo único que tenía. No podía pensar en otra cosa mientras caminaba hacia su hogar donde no estaría nadie y donde no podía hacer nada.

Sonidos de asombro inundaron la calle. Si giró para ver la razón de tanto escándalo y vio a un hombre por el camino. Iba utilizando una muleta de madera pues debía haber recibido muchas heridas en la pierna, además su cuerpo estaba lleno de quemaduras. Ambos hombres se acercaron más el uno al otro.

Y un gran rugido mostró que había llegado el final.

martes, 11 de julio de 2017

Por una maldita silla

Hola a todos.

En esta publicación de "Cuatro palabras" he decidido intentar salir del todo de mi zona de confort, poniéndome todas las complicaciones que he podido frente a lo que estoy acostumbrado. Este relato es muy diferente de lo que suelo escribir, pero la verdad es que considero que un gran escritor debe ser capaz de tocar todos los géneros posibles. Y en ese camino estoy.

El relato va dedicado a Jose. Espero que lo disfrutes.

Sus cuatro palabras fueron: Coche, mujeres, noche y viaje.


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Por una maldita silla. Una estúpida silla había sido la causante de, posiblemente, la peor noche que había vivido en toda mi vida. Si hubiese podido ir atrás en el tiempo y cambiarlo todo, creedme que lo haría.

Mi mujer y yo, tras cuatro años saliendo, habíamos decidido que era el momento de dar el gran paso, el paso que nos llevaría a pasar juntos el resto de nuestra vida. No soy el típico novio asustado, ni siquiera soy de esas personas que piensan que están perdiéndose muchísimo en la vida, es más, ni siquiera creía que pudiera conseguir otra chica si dejaba perder esta oportunidad. Selena era lo mejor que me había pasado en mi vida. Pero organizar la boda perfecta, la que ella se merecía era una tarea mucho más dura de lo que yo jamás habría imaginado. Cualquier detalle, por estúpido que pareciera, podría echar a perder lo que debía ser un día de cuento de hadas.

Ella nunca me pidió nada, la verdad, pero yo quería darle todo lo que ella quisiera, me había obsesionado por completo.

-Vamos a ir a por una silla, ¿en serio?- Preguntó Amy, mi mejor amiga, cuando le dije cual era el plan que tenía para mi despedida de soltero.- En lugar de quedar con un grupo de colegas, y montar una fiesta de la leche, tu maravilloso plan es ir conmigo a buscar un trozo de madera donde sentarte.

-No es tan simple. No es un trozo de madera sin más. Verás, el padre de Selena era carpintero, he encontrado donde está la última silla que hizo antes de morir. Sería genial que durante el banquete de bodas pudiera sentarse ahí.

-Pero está a diez horas en coche de aquí. Que te lo manden por correo.

-No, no llegaría a tiempo y podría pasarle cualquier cosa. Iremos, pasaremos la noche y volveremos mañana, todo será genial. Selena pensara que hemos ido a desfasar en mi despedida.- Suspiré y la miré con unos ojos llenos de súplica.- Por favor, te necesito a mi lado en esto.

Así fue como empezó, emprendimos el largo viaje para conseguir una… un trozo de madera donde poder sentarnos.

Empezamos nuestra travesía y todo fue sin ningún problema. Salimos al mediodía, ambos hemos sido siempre un desastre con los horarios y daba igual que hubiésemos quedado a las diez por la mañana. Pero daba igual, llegaríamos a tiempo. Nos fuimos turnando a lo largo del camino, procurando no dormir demasiado para que el otro no se sintiera solo en ningún momento. Era un viaje que jamás habría podido hacer yo solo.

Además, hacia bastante que no pasábamos un día así. Amy había sido como una hermana mayor para mí desde que yo podía recordar, siempre sacándome de los líos e impidiendo que hiciera estupideces, o haciéndome cometer algunas más cuando la vida era demasiado aburrida. De hecho, fue ella quien me presentó a Selena, no tengo muy claro por qué se conocían, creo que tenía algo que ver con mi futura cuñada. Estaba bien tener un viaje para reírnos y ponernos al día.

Pero quizá, esta vez debería haberme impedido hacer una estupidez.

-No, no, no. ¡Mierda de coche!- Los grito me despertaron, la verdad es que en comparación con lo que vino después aquellas eran las palabras más dulces que uno podía imaginar. El coche estaba dando tumbos y poco a poco nos estábamos parando junto al arcén.

-¿Qué ocurre?- Pregunté sobresaltado. Apenas me había dormido media hora, pero estaba claro que no era el mejor momento.

-Que estamos metidos en un lío. Hemos pinchado, no sé cómo, pero han reventado tres ruedas y dudo mucho que podamos seguir así.

-Eso es imposible.- Afirmé yo.- Ayer mismo los desinflé bastante para que no tuvieran tanta presión.

-¿Qué?

Nunca se me dieron bien los coches, pero tenía claro por la mirada de mi amiga que había hecho algo más. Sus palabras de después fueron la confirmación definitiva. Estuvo gritándome, prácticamente sin parar, durante dos horas.

Cuando finalmente se tranquilizó, aunque no dejó de recalcarme que todo eso estaba siendo una absoluta estupidez, empezamos a buscar una solución. Estábamos en medio de la carretera, los móviles apenas tenían cobertura, no había una gasolinera en varios kilómetros a la redonda y ya era muy de noche como para que pasaran muchos coches por allí. La situación no era nada favorable para nosotros.

Finalmente llegamos a la solución más simple, nos quedamos sentados junto al coche quejándonos de todo y esperando a que alguien apareciera para salvarnos.

-Bueno, tomando como referencia la mitad de las películas que he visto, esto parece una buena despedida de soltero. ¿No?- Quise hacerme el gracioso para animar la situación, pero nunca fui muy gracioso. Ella me miró y creo que en su cabeza estaba planeando mi asesinato, o quizá ya el funeral.

-Sólo me compensa saber que yo tenía razón. Nos volveremos a casa por fin.

-¿Qué? No. Necesitamos la silla.

-Si vuelves a mencionar la silla te comes mi puño.

-No, en serio.- Sabía que me la estaba jugando, cuando Amy amenazaba con darte un puñetazo, podías estar seguro de que te lo ibas a ganar.- Sé que la cosa se ve mal, pero necesito eso para que la boda sea perfecta.

La cara me dolió un infierno durante la siguiente media hora.

Por fin, no sé cuánto tiempo había pasado, pero apareció una furgoneta con pasajeros dispuestos a echarnos una mano. Montamos sin siquiera pensarlo, nos llevarían hasta un área de descanso, y ahí ya terminaríamos de decidir si volvíamos a casa o íbamos a por la silla.

Era un vehículo muy amplio, en él iba viajando un hombre con cuatro mujeres. El conductor, llamado Jimmy, era enorme y lleno de tatuajes, con una barba que le llegaba hasta la mitad del pecho. Por otro lado las chicas eran todas muy jóvenes, aparentarían entre catorce y dieciocho años, e iban muy calladas. La verdad es que no me había fijado, porque la situación era muy desesperada, pero aquella situación no era muy normal. Miré a mí alrededor y sentí como se podía oler el miedo. Esas chicas estaban aterradas, incluso alguna parecía estar al borde de la inconsciencia. Dirigí mi mirada hacia el conductor, yo iba sentado justo detrás de él pero podía verle a través del espejo. Aquel hombre no había abierto la boca salvo para preguntarnos si necesitábamos que nos llevara a alguna parte.

Ojala no me hubiera dado cuenta de todo eso, pero la verdad es que empezaba a estar un poco asustado. Miré a mi amiga, pero ella parecía estar de lo más tranquila, puede que aun enfadada conmigo.

Me armé de valor, sacándolo de lo más profundo de mí, y me dispuse a romper ese silencio.

-Bueno, ¿Hacia dónde viajáis?- Pregunté finalmente. Las chicas no parecían muy interesadas en lo que yo tuviera que decir, o a lo mejor tenían miedo de decir nada.

-Mis chicas y yo estamos viajando por todo el país.- Respondió Jimmy.- Está costando mucho, y ellas acaban agotadas pero está saliendo bien.- Los ojos se clavaron en las chicas a través del cristal del retrovisor.- De hecho deberían descansar. Mañana tienen mucho trabajo.

Aquellas muchachas estaban aterradas, no abrieron la boca, solo asintieron y cerraron los ojos. Unos pocos minutos después parecía que todas se habían quedado dormidas.

No podía quedarme ahí con los brazos cruzados, no después de lo que estaba viendo. Miré a mí alrededor y vi en el suelo un trozo de hierro. Dios mío, incluso tenía armas en el vehículo. Agarré la barra sin que se dieran cuenta y esperé pacientemente mi ocasión.

Llegamos a un semáforo y cuando el coche estaba completamente parado alcé la barra y le golpeé en la cabeza con suficiente fuerza como para dejarle inconsciente. Sabía que no tenía suficiente fuerza como para matarle, pero cayó redondo cuando recibió el impacto.

Amy me miró aterrada, no era la mirada que esperaba que le dirigieran a un héroe, pero supongo que la situación era muy tensa.

-¡¿Pero a ti que cojones te pasa?!- Preguntó furiosa conmigo.

-¡Salvar a estas chicas de este proxeneta!- Grité sin una pizca de arrepentimiento en mi voz. Abrí la puerta del vehículo de par en par. Las chicas parecían estar dormidas a pesar del ruido que estábamos haciendo. Me acerqué y zarandeé a la chica que parecía mayor hasta que abrió los ojos.- Ya estáis a salvo.

La chica se frotó los ojos y miró hacia adelante.- ¿Ya hemos llegado papa?- Preguntó dirigiendo su mirada hacia el conductos.- ¡Papá!- Me apartó de un empujón a la vez que se desabrochaba el cinturón de seguridad y se lanzó hacia Jimmy.

El resto de las chicas se levantaron por el ruido y fueron directas hacia el hombre que yacía inconsciente. Todas trataban de ver como se encontraba y repetían esa palabra, “papá”, una y otra vez.

-¿Papa?- Pregunté intentando asimilar la situación.- Que desgraciado, pervertido, ¿Cómo puede obligar a estas chicas a llamarle así?

-¡Es su padre pedazo de imbécil!- Gritó Amy completamente frustrada.

El mundo se me cayó a los pies y sentí como empezaba a tener un ataque de ansiedad. Abrí la ventanilla, pero antes de asomar la cabeza vacíe el contenido de mi estómago en una de las bolsas que había en los asientos traseros.

-Pero… ¿Cómo iba a saberlo? El silencio, la tensión, nadie ha abierto una palabra en todo el viaje.

-Todos hemos hablado.- Contestó mi amiga. Ahora sí que podía ver el miedo reflejado en la cara de las niñas.- Jimmy y sus hijas viajan por todo el país para participar en unos castings de talentos, bailan, hacen malabares y otras cosas raras.

-¿Y por qué yo no me he enterado?

-¡Porque te quedaste dormido idiota! Si tiene una foto en la que sale él con su mujer y las niñas en el salpicadero.

-¿Y las caras que traían?

-Son las cinco de la mañana pero no queríamos dejar a papa solo.- Contestó la mayor.- Estábamos cansadas. ¿Por qué te iba a recoger en medio de la carretera un proxeneta?

-En mi defensa, debo decir que las pintas que tiene son muy sospechosas.

Esas fueron las últimas palabras que dije antes de que todas las mujeres de ese coche se abalanzaran sobre mí. Incluso pude ver como mi amiga me asestaba varios puñetazos sin piedad.



-Y por eso estoy aquí señor agente.- Contestó el preso desde el asiento trasero del coche patrulla.- Espero que tengan un poco de compasión. El tema de la boda está resultando muy estresante.

Los dos policías se miraron y empezaron a reírse. Aquel hombre había atacado a un hombre por sorpresa y había intentado secuestrar a sus hijas, no se merecía una respuesta.

El sonido de un teléfono rompió el silencio.

-Señores, eso ha sido un mensaje. ¿Serían tan amables de leérmelo?

Uno de los agentes estiró su brazo hasta alcanzar las bolsas con los bienes personales del detenido y extrajo el teléfono al que apenas le quedaba batería pero seguía funcionando.

El policía leyó el mensaje y no pudo evitar soltar una carcajada.- Es tu futura mujer.- Afirmó tratando de mantener la compostura de manera inútil.- Dice que ha encontrado un página web donde venden la última silla que hizo su padre y que se la van a llevar para que pueda usarla en la boda.



lunes, 10 de julio de 2017

Viaje a un reflejo

Hola a todos.

Aquí traigo la nueva publicación de "Cuatro palabras" que en este caso va a ir dedicado a Arantxa. Parte de lo que originó todo esto es que pueda practicar cada vez más como escritor, así que en este caso he decidido probar con algo que no es mi fuerte, los diálogos. Aun así espero que os guste a todos, y en especial a Arantxa.

Las palabras eran: Espejo, mariposa, color y tomate.


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-Sí, quédate así.- Dijo mientras sujetaba el pincel en vertical con la mano izquierda. Habían tardado varias horas en cuadrarlo todo, mucho más de lo que debería, pero al final tenía la postura perfecta. Mientras tanto, utilizando la otra mano, daba forma a un boceto en el lienzo.

La chica estaba bastante abrumada, cuando le ofrecieron el trabajo de modelo se temía lo peor, pero nunca se habría imaginado algo así. Con todo el esfuerzo que les había costado llegar a ese punto tenía miedo de respirar demasiado fuerte y que la magia se desvaneciera para siempre.

Analizó toda la habitación con la mirada, sin mover un milímetro la cabeza. Era un estudio pequeño en el que se podían ver lienzos pintados por todas partes, algunos de ellos eran muy buenos pero no parecían pasar los mínimos que exigía el pintor.

 Escuchó un carraspeo repentino que la sacó de su ensimismamiento, se sobresaltó y el tomate cayó de su mano izquierda.

-Lo siento, lo siento, lo siento.- Se disculpaba mientras estiraba el brazo para coger el alimento del suelo.

Un silencio incómodo invadió la habitación. Él se puso de pie y empezó a andar de un lado para otro, su ansiedad era palpable.

-Si no te vas a tomar esto en serio tal vez sería mejor que te fueras.

-No, no, por favor. Necesito el dinero.- Las palabras brotaron de sus labios a toda velocidad. Sin embargo no tuvieron la respuesta que esperaba. El ceño del artista se frunció y su mirada solo reflejaba un absoluto desprecio hacia la modelo. Se acercó, mucho más de lo que se podía considerar normal socialmente hablando.

-Eso es esto para ti, ¿verdad? No es más que un trabajo.- Lanzaba las palabras como dagas, tratando que cada una la hiriese en lo más profundo.- Pues entonces estoy convencido de que deberías irte.

-No, escúcheme por favor. Deme una oportunidad más. Quizá si me explica qué es lo que pretende hacer pueda apreciarlo mejor.

Otro silencio más. El hombre apoyó el índice y el pulgar en la barbilla, rascando su incipiente barba. La miró de arriba abajo. Después asintió, sin decir nada más, y se dirigió hacia una de las paredes donde descansaba algo enorme cubierto por una manta raída de color gris. Tiró con el brazo y dejó a la vista un inmenso espejo de cuerpo entero. Se giró hacia la modelo nuevamente y le hizo una seña para que fuera hacia él. Ella se acercó sin rechistar, no sabía lo que pretendía pero no podía ser nada tan malo, o eso pensaba.

Se encontró frente a sí misma, con esa extravagante ropa que le había hecho ponerse. Era un vestido largo, de cuello alto. Hasta ahí era normal. Era extremadamente tapado en la parte de arriba y no dejaba siquiera entrever su silueta femenina. En la parte de abajo, desde la cintura, era muy diferente. Estaba abierto por la parte de adelante a la mitad y por los laterales, de manera que parecía que en cualquier momento iba a quedar destapada, pero nunca era así. Sus colores no pasaban desapercibidos, pues estaba lleno de círculos dentro de más círculos, cada uno de un color. Pero sin lugar a dudas lo que más destacaban eran las mangas, eran largas, con mucha más tela de la que aparentemente necesitaban, y cuando estiraba los brazos parecían formar dos alas que llegaban desde la muñeca hasta debajo de las costillas. No era su estilo para nada.

Él hizo lo mismo, miró de arriba a abajo el reflejo, confirmando que lo que había creado era lo mismo que estaba en su cabeza.

-¿Qué ves?-

-Una chica con un vestido.- Contestó ella sin plantearse las cosas demasiado.- Sujetando un tomate.- Añadió cuando notó como los ojos del pintor se clavaban en ella.

-Eres demasiado simple.- Él se puso detrás de ella y empezó a colocarla sin decir nada.- Es algo bueno, no quería una chica muy compleja, ni una que se creyera que todo giraba en torno a ella.- Le estiró el brazo izquierdo, en el que sujetaba la fruta, como si lo estuviera cogiendo de un árbol, mientras también extendía el derecho apuntando hacia el suelo.- Quería que mi modelo fuera alguien mundano, a quien yo pudiera transformar en arte.- Acercó un taburete e hizo un gesto para que se sentara. Una vez apoyada, empezó a colocarle las piernas y el vestido. Cuando terminó la chica tenía las piernas ligeramente cruzadas y en lateral, la falda caía por el taburete cubriéndolo de manera que si no lo supiera parecería que estaba flotando.- Pero no dejes que tu simpleza general te impida ver lo importante. ¿Qué ves?

Esta vez se tomó su tiempo. Sus ojos pasaron por cada centímetro del vestido, por cada parte de su cuerpo y de la imagen que había ante ella. Al principio miraba de un lado a otro y luego siguiendo las diagonales.

-Veo cosas. Pero no las entiendo.- Afirmó, esta vez mucho más seria y decidida. El artista asintió e hizo un gesto colocando la palma de la mano hacia arriba, instándola a hablar.- Las mangas del vestido, y la falda, parecen unas alas abiertas, como si estuviera surgiendo de algún sitio y quisiera emprender el vuelo. Como… Bueno, esto puede parecer una estupidez…

-No.- Interrumpió bruscamente y ella volvió a sobresaltarse, pero esta vez consiguió que no se le cayera el tomate.- Cuando describas algo, en los momentos que estés expresando las ideas que se reflejan ante ti, nada es una estupidez. Solo el que no sabe apreciar una idea lo considera así. Continúa.

-Está…Está bien.- Se mordió el labio. Estaba nerviosa, y sin embargo sentía una extraña seguridad en sí misma.- Parece una mariposa alzando el vuelo. Quizá por los colores del vestido, o el tipo de alas que se forman.- Miró al hombre que estaba junto a ella esperando su aprobación. Prácticamente estaba conteniendo el aire hasta que él asintió y un gran alivio recorrió su cuerpo.- Pero no entiendo por qué. Y tampoco logro comprender el tomate.

Parecía sorprendido. Seguía mirándola, pero esta vez sus ojos reflejaban una duda, se planteaba si aquello estaba bien, si realmente se captaba lo que quería mostrar al mundo con su arte. La modelo esperaba, ya se había acostumbrado a aquellas pausas tan molestas, así que se lo tomó con calma mientras él recapacitaba todo lo que fuera necesario.

Por su cabeza pasaron toca clase de ideas. Desde el día en que empezó en la escuela de arte hasta el momento en que se fue cuando estaba cansado de pintar lo que otros querían y ser evaluado según criterios que no eran los suyos. Tras lo que parecieron varios minutos, terminó de recapacitar, recordó que su público era aquel que entendiera su arte, aunque en ocasiones fuera sólo él mismo.

-Los tomates son frutas.- Contestó al final. Ella arqueó una ceja, no era la respuesta que esperaba.- Voy a plasmarte a ti. No estoy pintando a una mujer que parece una mariposa, ni tampoco a una chica con un vestido. Solo a ti.

-¿Qué tiene eso que ver con que el tomate sea una fruta? ¿Soy un tomate?

-No.- El pintor parecía bastante molesto porque le interrumpieran.- Eres una chica, una gran mujer, pero que a simple vista parece simple y todo el mundo que te ve lo piensa. Sin embargo yo pinto lo que he visto cuando mis ojos te vieron. Un tomate es una fruta, aunque la mayoría de gente piense que se trata de una verdura. Una oruga puede ser una hermosa mariposa llena de color, aunque en un primer momento solo se vea un asqueroso gusano.- Ella arqueó una ceja sin saber muy bien como tomarse aquella afirmación.- Aunque lo pongas delante de sus narices, seguirán viendo la oruga, por más que se lo repitas seguirán viendo el tomate. Pero nada es tan simple, y tú tampoco. Quiero reflejar como tu esencia es igual, no eres simple, solo tienes que llegar a ver tú misma la grandeza que refleja el espejo.

Ella volvió a mirarse. Y, una vez más, trató de analizarse, pero intentando no utilizar sus ojos, sino la mirada que le acababan de dar. Vio todo lo que le decía, vio la contraposición entre lo que se veía y lo que se creía, observó un mundo entero al otro lado del espejo, un mundo que merecía quedar grabado en la eternidad.

-Lo entiendo.- Afirmó ella con una sonrisa.- Déjeme posar una vez más, esta vez le mostraré yo misma lo alto que vuela esta mariposa.



sábado, 8 de julio de 2017

Ruedas ardientes

Hola a todos.

Debido a ciertas cosas estos dos días no he podido publicar historia, se que no es para tanto pero me había prometido que escribiría todos los días así que ya veré como hago para compensarlos.

Hoy continúo con los relatos de "Cuatro palabras". Este relato va dedicado a Jorge, que además sus palabras me pegan un montón con él. Espero que te guste.

Las palabras son: Venganza, motocicleta, filosofía y gato. 

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El mundo era diferente, lo había sido desde hacía unos meses cuando empezaron a surgir aquellas asquerosas criaturas.

Yo fui el primero en sorprenderse cuando todo se salió de madre. Nunca creí en cosas como la magia, los dioses o nada por el estilo. Simplemente era feliz teniendo una cerveza en la mano o recorriendo el mundo en mi motocicleta con mi mejor amigo. Tenía una filosofía de vida muy simple: mientras pudiera sentir el viento en la cara, recorriendo largas distancias no necesitaría nada. ¿Quién quiere más mientras tuviera aire en mis pulmones? Que ilusos éramos creyendo que la vida era tan simple, que solo existía lo que teníamos delante de las narices. No sé cómo ocurrió, jamás me preocuparon esas cosas, supongo que alguien la lió o simplemente, como dicen algunos, había llegado el día del juicio final.

Recuerdo que la noche en que todo empezó pasó por delante de mí un gato negro, la verdad es que no le había dado la más mínima importancia. De repente, la tierra tembló y cientos de grietas recorrieron el mundo. El humo surgió como si fueran tubos de escape hasta que el cielo se cubrió por completo dándole un tono rojizo a cualquier hora del día. Pero eso fue lo de menos, un anochecer eterno no es tan malo.

Lo malo fueron los demonios.

Por las grietas salieron criaturas horribles, monstruos completamente deformes, parodias macabras de seres humanos. Estos seres no parecían tener otra función que no fuera causar el caos. Pero no pasaban todo el tiempo en la superficie. Se escondían, acechantes, esperando a que el mundo tuviera un momento de tranquilidad, y entonces aparecían. No se conformaban con matar, al menos no dejando el cuerpo aquí, sino que capturaban a todo el que podían y lo arrastraban hasta el fuego de las brechas.

Pero si eras lo bastante fuerte para sobrevivir y no necesitabas mucho, como era nuestro caso, la vida podía seguir. Cada día teníamos que enfrentarnos a varios demonios, o huir de ellos en la Harley. Mi amigo y yo, solos contra decenas de ellos, pero nunca pensamos que aquello pudiera terminar mal.

Los gritos que escuché la noche en que vi mi error son algo que permanecerá siempre grabado en mi cabeza. Yo me había alejado a desahogar mi vejiga, algo inevitable, pero mi amigo se quedó solo. Aparecieron en silencio y le atacaron. Los gritos empezaron cuando estaba volviendo, y solo llegue a ver cómo le arrastraban hasta las profundidades. Corrí, grité, ataqué a las bestias que se cruzaban en mi camino con mis puños hasta que me sangraron los nudillos. Pero ya era tarde, cuando terminé de luchar ya no había nadie a quien salvar. Cuando mis rodillas golpearon el suelo, y no pude sino soltar un grito de pura ira, fui consciente de que se habían vengado de mí por haberme defendido tanto tiempo.

Pero aprendí la lección. Sus actos cambiaron mi filosofía, se acabo el pensar en viajar pacíficamente por el mundo, peleando solo cuando me buscaban las cosquillas. A partir de ahora, como me habían mostrado ellos, la venganza sería mi credo.

Emprendí un viaje por la carretera, recorriendo las ciudades más grandes que encontraba y en las que más grietas había, solo para poder patear sus traseros. También se acabó el ser blando, hasta aquel momento eran peleas de bar, ahora era la guerra y nadie va a una batalla solo con sus puños. Me cargué de armas y me aseguré de que el rugido del motor fuera el último sonido que escuchaban aquellas criaturas.

Mi nombre resonaba en las calles como si se tratara de un gran héroe, nadie sabía que no era el salvador que buscaban. Pero aquello me servía para recibir alimentos e información como recompensa.

Todo iba bastante bien, pero no era lo bastante rápido. No sentía que mi hambre se calmara. Debía asestar un golpe mucho más brutal. A mis oídos llegó un rumor: en la ruta sesenta y seis había surgido la mayor de las grietas. Tengo que admitir que sentí rabia, no solo por no haberme enterado antes, sino porque se habían cargado algo precioso. Marché para allá, era llamativo que fuera la apertura más grande y sin embargo no solieran salir criaturas de ahí. ¿A quién iban a atacar en aquel lugar? Fui a toda velocidad, arrasando con todo lo que encontraba en mi camino, y vi las profundidades de mi destino. Una inmensa brecha llena de fuego y muerte. Cogí distancia, hice rugir el motor y aceleré todo lo que podía. Sentí calor, el sudor me caía por la espalda y entonces caí a las profundidades.

Había cruzado, no estaba abrasado en llamas como temía sino que llegué a una cueva llena de fuego y cenizas. Dentro estaba esperándome la plaga del mundo, cientos de ellos y al fondo, sentado en un trono de huesos y calaveras, el que debía ser su líder. No sé si era Satanás, ni me planteaba que aquello fueran seres bíblicos o simples monstruos surgidos de las mayores pesadillas.

Solo importaba que yo no saliera de ahí hasta que la cueva estuviera vacía. Agarré con mi mano derecha una cadena llena de puntas metálicas y la hice girar mientras aceleraba arrasando con todo el que se atrevía a ponerse delante de mí. Ya me había ganado un nombre, y aunque me superaran en número el miedo estaba grabado en sus ojos. Pese a todo, consiguieron tirarme de la moto después de que atropellara a decenas de ellos.

Cuando estaba en el suelo, sin armas en mis manos, estiré el brazo hasta mi pantorrilla, donde llevaba enganchada una escopeta recortada. Primero disparé para darme hueco suficiente antes de que las bestias me rodearan. Después entoné una solemne disculpa, una despedida silenciosa para mi compañera antes de disparar hacia el depósito de gasolina. La explosión fue muy potente, sentí un intenso dolor cuándo una pieza metálica me atravesó la pierna izquierda a la altura del muslo. Por suerte, me alegró saber que el fuego les hacía tanto daño como a mí, al menos el de la tierra. Todos estaban ardiendo y yo consideré que esa era mi oportunidad. Avancé hasta el trono, mientras sacaba un machete del cinturón, y apunté hacia el cuello del monstruo seboso que lo ostentaba.

Sus ojos eran orbes negros temblorosos, así que estaba claro que no era más poderoso que las otras criaturas a las que me había cargado.

-¿Por qué haces esto? ¿Nunca podrás salir de aquí?- Preguntó en un fútil intento por hacerme rendirme.

-Porque matasteis a mi mejor amigo.- Coloqué el arma más cerca de su cuello, hasta que una perla de sangre verduzca brotó de él. Su cara se retorció, su mandíbula se tensó.

-¡Sólo era un estúpido gato!- El chillido fue agudo, lastimero. Algo bastante lamentable. Y fue el último sonido que produjo antes de que mi arma le perforara la garganta. Se desplomó como gelatina y cayó rodando por las escaleras. Por fin había cumplido mi objetivo.

Miré a mi alrededor, era cierto que no sabía cómo iba a salir de allí sin mi montura. No veía puerta de salida entre los mares de lava que nos rodeaban. Los demonios, los que aun vivían, estaban mirándome con expectación. Yo me dejé caer en el asiento de huesos. Cuando lo hice todas las criaturas se arrodillaron ante mí. No fui capaz de contener una amplia sonrisa.


-Las cosas van a cambiar mucho por aquí.

miércoles, 5 de julio de 2017

El poder de una leyenda

Hola a todos

Hoy el relato va dedicado a mi prima Natalia. Itoko, espero que te guste, aunque tengo que admitir que me ha resultado bastante difícil, teniendo en cuenta que una de las palabras era un nombre propio y otra un termino en otro idioma.

Las palabras eran: Poderes, Itoko, Netheril y batuta.

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-Probando, probando… ¿Me escucha alguien?- Sostenía el transmisor del aparato con la mano derecha mientras con la izquierda trataba de encontrar la frecuencia de sus compañeros. Era un cacharro tremendamente antiguo y ni siquiera estaban muy seguros de cómo funcionaba. No sabía si habían conseguido arreglarlo. Si lo hubieran probado antes se arriesgarían a ser descubiertos.- Venga, que no falle ahora.

-¿Sara?- Se pudo escuchar durante unos segundos entre un montón de zumbidos y ruidos molestos.- Sara, ¿estás dentro?- El rostro se le iluminó. Puede que no todo estuviera perdido, puede que, después de todo, esa locura sirviera para algo. Quizá esa guerra llegara a su fin de una vez.

Secó el sudor de su frente y contuvo las lágrimas.- Si, Zack, estoy dentro. Pero necesito que me guíes. Acabo de entrar en los túneles.

-Está bien, sigue recto hasta que te encuentres con una apertura a la izquierda.

Cada segundo contaba. Colocó el aparato en su cintura y comenzó a arrastrarse. El conducto era muy estrecho, rugoso y lleno de pequeños salientes que se clavaban y hacían cortes en su piel. Era doloroso, pero, llegados a esas alturas, hería más continuar viviendo en ese mundo en el que solo se conocía la muerte. Ni siquiera podía imaginar cómo sería vivir en paz.

A medida que avanzaba solo podía pensar en lo que les había llevado hasta ahí. Las leyendas contaban que antaño el cielo era azul, el aire se podía respirar con normalidad y el agua era transparente e insípida. Pero nadie sabía si aquello era cierto o no, todos los vestigios de historia habían quedado borrados hacía siglos. La humanidad no conocía su pasado, al menos no hasta que se arreglo aquel ordenador.

Los científicos habían trabajado muy duro. Habían encontrado una máquina antigua, pero en unas condiciones lo bastante buenas para ser reconstruida. Cuando la arreglaron descubrieron una gran parte de quienes eran los seres humanos. El aparato, conocido como “ordenador”, debía pertenecer a un historiador o algo similar. Estaba lleno de información, documentos en los que se apilaban datos del pasado. Debido al paso del tiempo muchos estaban incompletos, pero era mucho más de lo que sabían hasta el momento.

Eso debería haber enseñado todo lo que se perdió, un mundo con una tecnología muy superior a la actual.

Pero no fue así, las guerras se volvieron más cruentas. Surgieron dos grandes potencias. La primera de ellas la formó un líder, Itoko.  Este había cogido el que se creía que era el nombre del dueño del ordenador como si fuera propio y formó un culto a su alrededor que le trataba como si fuera una especie de dios. Este culto viajaba por el mundo en busca de sus poderes ocultos, tratando de encontrar los objetos mágicos de los relatos. En su camino exterminaban a cualquiera que negara esos poderes o se opusiera a ellos. Por otro lado, como contra punto de esta tiranía, surgió Netheril, un ejército inmenso que admiraba la tecnología de antaño e intentaba recrearla. Estos hombres se denominaron así en honor a un grupo de personas mencionado en el ordenador.

Estos dos frentes habían gobernado el mundo con mano de hierro. Hasta el día que tuvieron el control de todo, de manera que todos los que no estaban con ellos se vieran obligados a ocultarse. Desde entonces iniciaron una gran guerra entre ellos.

Ocurrió apenas un año antes, cuando Sara decidió que debía hacer algo al respecto. Junto a su primo Zack, formaron un pequeño grupo de resistencia cuyo objetivo era oponerse a los opresores. No podían hacer nada en combate directo, pero si realizaron mellas en ambos ejércitos.

El mes anterior, consiguieron el mayor logro en su historia. Se infiltraron en un campamento de Itoko, en la propia tienda del líder, cuando él no estaba presente. Allí, colocado sobre un altar, encontraron uno de los escritos. En él se hablaba de un objeto que podría poner fin a la guerra y otorgaría a su dueño el poder sobre todo.

-Gira a la izquierda una vez más, sigue recto y deberías estar ahí.- La última indicación de su primo la sacó de su ensimismamiento. Hasta ese momento había seguido las señas casi de manera automática, ni siquiera se había dado cuenta de que su ropa estaba hecha girones o de la cantidad de heridas que tenía.

Salió por la apertura, era tan estrecha que por un momento pensaba que se iba a quedar ahí encerrada. Al salir no encontró algo mucho mejor, lo que antaño había sido un lugar hermoso, una cámara del tesoro donde se almacenaban miles de conocimientos, ahora era una ruina subterránea. Pero al menos era real.

Sara encendió la linterna y miró a su alrededor, entre las ruinas se podían ver carteles en un idioma que desconocía y objetos extraños que nunca se podría haber imaginado.

-¿Ves algo?

-Si.- Contestó a la voz que salía del aparato.- Existe, esto es impresionante, no me lo puedo creer, lo conseguimos.

-No cantes victoria.- Zack siempre había sido la voz de la razón, la que le ayudaba a poner los pies en el suelo y no bajar la guardia.- Encuéntrala y luego lo celebramos. Los hombres de Itoko o Netheril podrían estar al llegar.

Ni siquiera contestó. Era cierto, lo primero era terminar cuanto antes y salir de ahí. Empezó a buscar por todas partes, y al final la vio, colocada dentro de una caja de cristal.

Según contaba la leyenda ese objeto era capaz de controlar a los seres humanos. Eran miles las leyendas que contaban cómo un solo hombre, con solo blandirla, había sido capaz de dar órdenes a ejércitos enteros. Grupos incluso más numerosos que el legendario Netheril habían sucumbido ante ella. ¿Cómo podía ser posible que un objeto tan pequeño contuviera tanto poder?

La agarró entre sus manos y se sintió tremendamente poderosa.

Un crujido la sacó de su ensimismamiento. Giró lentamente su rostro para mirar y se encontró con un grupo de diez hombres, armados con espadas y arcos, apuntando directamente hacia ella.

-Date la vuelta y no hagas nada extraño.- Ordenó el capitán.

Ella obedeció, se dio la vuelta poco a poco.  Los hombres de Itoko la habían encontrado, pero era demasiado tarde para ellos.

-Sabéis que es lo que tengo en mi mano, sabéis lo que puede hacer.- Apuntó con la reliquia hacia sus atacantes.- Deponed las armas y rendiros. De lo contrario os privaré de toda vuestra voluntad y os obligaré a mataros unos a otros.

Hubo un momento de silencio. Los hombres se miraban con la preocupación reflejada en los ojos.

Una gota de sudor frío cayó por la espalda del capitán. Lentamente dejó caer el arma y acercó su mano al comunicador.

-Mi señor, hemos perdido. Tiene la batuta.