Continuamos con otro relato de "Cuatro palabras". Ya es el quinto y todavía quedan un montón por hacer, pero quería dar las gracias porque creo que esto me está ayudando mucho como escritor. Además las respuestas que he recibido de las historias ha sido muy positiva.
Hoy va dedicado Saku. Neechan, aviso que no es una historia de romance entre altramuces pero espero que te guste de todas formas.
Las palabras eran: Avión, basura, marinero, altramuces.
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Habían pasado dos semanas desde el accidente, cuando
encontramos la gran isla de basura a la que llamaríamos nuestro hogar durante
algún tiempo.
Cuando cogimos aquel avión ninguno esperaba que fuéramos a
acabar así, en especial yo, pero la vida da muchas vueltas y es imposible
seguirle el ritmo. Monté en aquel avión sin preocuparme mucho, me dirigía a
Estados Unidos por motivos de trabajo y la verdad es que trabajando en una gran
empresa como la mía esos viajes ya eran rutinarios. El avión estaba lleno, por
desgracia, y se podía notar la ansiedad por despegar. Por suerte, yo tenía
asientos en primera clase, no tendría que soportar la basura de servicio que
iban a recibir los pasajeros de clases inferiores.
El despegue fue bien, aunque a mi lado iba una chica joven,
tendría veintitantos, que estaba de lo más nerviosa. Algunas personas tienen un
pánico autentico a volar solas, pero no fue una gran molestia. Al menos no era
muy ruidosa, y siempre está bien que una chica atractiva quiera agarrarse a tu
brazo. Todo parecía rutinario, pedí que me dieran unas cuantas bolsas de
altramuces. Había ocasiones en las que no había en el avión, pero ya me había encargado
de no embarcarme en un vuelo sin ellos. Comerlos después de la comida era parte
de mi ritual.
Pero no llegamos a recibir esa comida.
En mitad del vuelo algo falló, no sé que fue ni cuando, pero
algo no iba bien y empezábamos a caer en picado. En esos momentos no te
preocupas por qué está ocurriendo, ni siquiera te planteas de quién es la
culpa. Solo intentas seguir las instrucciones que te han dado medio millón de
veces, y que en ese momento no eres capaz de recordar. Te aferras a la máscara
mientras no paras de gritar, de rezar a dioses que ni siquiera conocías y de
pensar en que si alguien tiene que salvarse no vas a ser tú después de todas
las cosas horribles que has hecho.
Luego te das cuenta de que da igual lo que hayas hecho, eso
es una lotería y al final cientos de buenas personas se hunden y tú sales a
flote.
Sobrevivimos seis personas: cuatro pasajeros, una mujer y
tres hombres, la piloto y un azafato. Montamos en un bote salvavidas y miramos
como el avión, debido a lo destrozado que estaba, empezaba a hundirse
lentamente. Tuvimos bastante suerte, en la superficie emergieron varias
botellas llenas de bebida que subimos al bote. Con ellas podríamos sobrevivir
las próximas semanas. Sin embargo la comida bajó hasta el fondo. En el bote había
unos suministros de emergencia, pero si no encontrábamos tierra pronto
moriríamos de hambre.
Yo tenía mis altramuces, pero no iba a compartirlos con
nadie, aquella era una ocasión en la que lo primero era mi vida. Soy consciente
de que lo normal en esas circunstancias sería colaborar, pero yo no conocía a
esas personas y tampoco me importaban. Conservaría esos altramuces y los iría
comiendo poco a poco, así soportaría mejor el hambre.
Pero sabía que mi secreto no iba a ser algo que pudiera
guardar solo, así que busqué una pequeña cómplice. La pasajera superviviente,
que se trataba de la chica asustadiza que viajaba conmigo, me pareció una
persona lo bastante manipulable como para que me ayudara y de la que además
podría sacar beneficios. Al segundo día llegamos a un acuerdo, le hice ver que
si decíamos lo de mis bolsas de tentempiés se acabarían en seguida y ambos moriríamos.
Le daba pánico que eso ocurriera y se conformaba con poco. Desde ese momento yo
comía los altramuces, pero le daba las pieles, de esa manera ambos podíamos
pasar el hambre un poco mejor, y ella era demasiado asustadiza como para
pedirme más. Aprovechábamos los turnos de guardia que nos habíamos asignado,
mientras todos dormían, para comerlos sin que se enteraran.
Poco a poco nos fuimos conociendo todos un poco mejor, y
cada vez me gustaban menos. Los dos pasajeros masculinos estaban desesperados
todo el tiempo, en cuanto te veían acercar los labios a una botella se lanzaban
como lobos a reprocharte que hubieras bebido demasiado. Volkov era el azafato
masculino, era ruso y hablaba inglés a duras penas, sin embargo estaba empeñado
en proclamarse el líder, o creo que eso era lo que pretendía decir. Por otro
lado estaba su contrapunto, Diana, la piloto, que era una mujer dura y que aun
llevaba su gorra, como queriendo indicarnos que ella era la indiscutible
capitana. Yo no me metía en sus discusiones, si eran felices dando órdenes que
lo hicieran, tampoco es que ser el dirigente de un bote diera muchas ocasiones
de mostrar un gran liderazgo. Y Helen, ella era la mejor sin duda, la chica
había aceptado que hacer lo que yo decía era la clave para sobrevivir y
obedecía ciegamente mi indicaciones, sin importarle que pudieran afectar al
resto del grupo.
El tiempo pasó, nos convertimos en unos marineros a la
deriva que solo esperaban que tarde o temprano apareciera una isla. No echas de
menos la tierra hasta que pasas una semana sintiendo que si te mueves lo más
mínimo acabaras en el mar.
Y llegó el día, como ya he dicho.
Jason, uno de los pasajeros, nos despertó a todos gritando
mientras Volkov remaba con todas sus fuerzas.- ¡Tierra! ¡Joder despertad, que
hemos encontrado tierra!- Nos levantamos sobresaltados, y efectivamente había
una isla a lo lejos, no era muy grande pero parecía lo suficiente para tomarnos
un respiro. Sin duda ninguno estábamos hechos para ser marinero.
Al llegar tuvimos ganas de asesinar a los dos vigilantes, y
solo mi mente fría me impidió hacerlo. Era una isla de basura, y no una basura
de isla como todos pensábamos. Se escucha a menudo, o se ve en internet, que
hemos generado tanta contaminación que en el océano flotan islas con toda la
basura que hemos lanzado al mar. Resulta que es cierto.
Atracamos la balsa como buenamente pudimos, atándola a unas
vigas de plástico que habíamos encontrado y que eran lo más resistentes para
sostenerlo. Era un montón de plástico, cristal, madera y algunos materiales a
medio descomponer, pero sin duda no era un lugar en el que pudiéramos vivir.
Solo era un bote más grande.
Ese acto había desacreditado al ruso de tal manera que ya no
se atrevía a intentar liderarnos y Diana era la indiscutible líder del grupo. Decidió
que aprovecharíamos nuestro nuevo transporte mientras pudiéramos, utilizaríamos
algunos maderos como remos y además trabajaríamos en convertirlo en una especie
de barco que nos llevaría a alguna isla real. A mí me parecía una estupidez,
pero entiendo que estaban desesperados por encontrar algo que comer. Yo seguía
comiendo lentamente mis altramuces.
Todo parecía indicar que yo sobreviviría, y no me importaba
que Helen y yo fuéramos los únicos tripulantes de aquel barco.
Una noche, mientras todos dormían, empezamos nuestro ritual
de comer altramuces. Solíamos comer nueve al día, tres cada vez, no eran muchos
pero era la forma de que mis bolsas durasen lo suficiente. Como siempre, yo
pelaba los altramuces y me lo comía, mientras ella se alimentaba con las
pieles. Cuando terminaba le daba uno para que se lo comiera entero, era la
forma de parecer generoso aunque soy consciente de que estaba siendo un
capullo.
-¿Qué estáis haciendo?- Preguntó una voz de mujer. Nos
giramos viendo a Diana a la que los ojos parecían estar a punto de salírsele de
las órbitas.- ¿Qué estáis comiendo?
“Maldición.” Era lo único que se pasó por mi cabeza, una y
otra vez. No esperaba que fuera a despertarse tan pronto, y normalmente nos
escondíamos un poco para que no nos pillaran por sorpresa, pero aquel día nos
habíamos relajado.
-Tranquilízate y no alces la voz.- Dije por fin.- Esto puede
ser nuestro secreto.- No me importaba compartir mis altramuces con otra
persona, sería otra mujer que estaría agradecida conmigo. Pero la capitana no
era así, tenía un gran sentido del honor y hacía todo por el grupo. Sus ojos me
lo decían.
Todo ocurrió muy rápido, no me dio tiempo a reaccionar. Casi
pierdo el conocimiento cuando su puño impactó en mi mandíbula y mi cabeza golpeó
contra el suelo. Por suerte no emití ningún sonido, los demás seguían
durmiendo. No sé por qué seguía pensando en eso, tenía la esperanza de que no
fuera tarde para ponerla de mi parte.
Sentí como si flotara, me elevaba del suelo. Había agarrado
la solapa de mi maltrecha chaqueta y sentía su aliento en mi cara de lo cerca
que estaba.
-Basura, eso es lo que eres. Un montón de basura mayor que
esta isla.- Volvió a golpearme con tanta fuerza que noté como mi tabique
crujía.- Ahora mismo se van a enterar todos de lo que…
Un crujido sordo.
El sonido parecía haber acallado su voz por completo. Su
mano cayó contra el suelo a plomo a la vez que su cuerpo perdía toda la
tensión. Parecía una muñeca, una muñeca a la que le salía una enorme botella de
cristal de la nuca.
Mis ojos se desorbitaron y sentí la necesidad de vaciar el
contenido de mi estomago, pero no podía permitirmelo. Miré a los ojos de la
chica que me había salvado, la inocente Helen, que tenía las manos manchadas de
sangre y no pudo contener un grito y un gran llanto.
Ni siquiera me dio tiempo a reaccionar. No pude acallarla
antes de que todos los demás se levantaran, sin que yo tuviera un plan.
Me gustaría explicar mejor lo que ocurrió, que se dijo, que
se hizo, pero para mí fue como un sueño. Helen lo hizo todo, había ocultado los
altramuces, inventó una escusa en la que quedó claro que la culpable era la
capitana loca que había perdido la cabeza y veía a cualquiera que se le oponía
como una amenaza. La chica era la inocencia personificada, nadie podía dudar de
su palabra, todos se peleaban por reconfortarla e intentar que sus lágrimas
cesaran.
Pero yo vi la verdad cuando asomó su cabeza sobre el hombro
de Volkov y me sonrió con complicidad.
Aquello lo había cambiado todo. Perdimos una parte muy
grande de nuestra humanidad, en especial cuando nos vimos obligados a comernos
a Diana por el hambre. Mi único consuelo era que tenía mis altramuces, seguía
siendo el único que tomaba algún alimento que no fuera carne humana.
Cada vez sentía más miedo por mis compañeros. Si la piloto,
que era una mujer de honor, se había puesto así… ¿Qué harían los demás?
Mi joven compañera y yo hablamos. Debíamos repetir el
proceso, pero si lo hacíamos de uno en uno llamaría la atención. Acabaríamos
con todas las posibles amenazas aquella misma noche. O mejor dicho, Helen
acabaría con ellos. Yo no tenía estómago para eso, y al parecer después de la
primera vez le resultaba mucho más fácil.
Ni siquiera pude mirar. Un solo trozo de cristal de la isla
de basura fue suficiente para que acabara con todos. El primero de ellos estaba
despierto, era difícil dormir en algunas ocasiones, pero no la vio venir.
Cuando se tumbó a su lado él esperaba otra cosa y no un cristal atravesándole
el pecho. El segundo fue limpio, murió mientras dormía. Por último estaba
Volkov, el que había asumido el liderazgo, era un hombre grande y fuerte, pero
apenas le dio tiempo a despertar cuando ya tenía el filo atravesándole la
garganta.
Todo había terminado. Ella vino hacia mí, con una sonrisa
llena de crueldad, las manos manchadas de sangre y con un montón de cortes que
se había provocado al apretar el filo. Yo la abracé, y la sentí entre mis
brazos. Iba a salir bien, seríamos los únicos marineros de la isla, nos
alimentaríamos de nuestros compañeros y de altramuces hasta que llegáramos a
tierra, allí empezaríamos nuestra vida juntos.
Un dolor punzante destrozó esa imagen perfecta de mi cabeza.
Miré hacia abajo con los ojos desorbitados y encontré un cristal atravesándome
el costado.
-¿Pero qué…?- No me dio tiempo a terminar la pregunta
mientras sentía como las fuerzas me fallaban y caía al suelo. Mi vista se
nublaba, todo acabaría en unos momentos. No pude evitar pensar que quizá la
gente como yo sí que obtiene lo que merece.
La sangre brotaba sin cesar y yo moría lentamente sin
recibir ninguna respuesta. Ella no hablaba, simplemente se agachó sobre mí y
sacó de mi bolsillo oculto la última bolsa de altramuces. La abrió y empezó a
comer sin dejar de mirarme, como si mis últimos estertores fueran un gran
espectáculo. Comió uno, dos y tres. Igual que había hecho yo desde que el avión
se estrelló. Con una dulce gracilidad se acercó a mí. Yo intentaba hablar pero
lo único que hacía era abrir la boca. Ella acercó su mano dejando caer algo.
Todo se volvió negro, y lo último que sentí fue el sabor de
las pieles de los altramuces.

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