lunes, 3 de julio de 2017

Basura en el agua

Hola a todos.

Continuamos con otro relato de "Cuatro palabras". Ya es el quinto y todavía quedan un montón por hacer, pero quería dar las gracias porque creo que esto me está ayudando mucho como escritor. Además las respuestas que he recibido de las historias ha sido muy positiva.

Hoy va dedicado Saku. Neechan, aviso que no es una historia de romance entre altramuces pero espero que te guste de todas formas.

Las palabras eran:  Avión, basura, marinero, altramuces.

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Habían pasado dos semanas desde el accidente, cuando encontramos la gran isla de basura a la que llamaríamos nuestro hogar durante algún tiempo.

Cuando cogimos aquel avión ninguno esperaba que fuéramos a acabar así, en especial yo, pero la vida da muchas vueltas y es imposible seguirle el ritmo. Monté en aquel avión sin preocuparme mucho, me dirigía a Estados Unidos por motivos de trabajo y la verdad es que trabajando en una gran empresa como la mía esos viajes ya eran rutinarios. El avión estaba lleno, por desgracia, y se podía notar la ansiedad por despegar. Por suerte, yo tenía asientos en primera clase, no tendría que soportar la basura de servicio que iban a recibir los pasajeros de clases inferiores.

El despegue fue bien, aunque a mi lado iba una chica joven, tendría veintitantos, que estaba de lo más nerviosa. Algunas personas tienen un pánico autentico a volar solas, pero no fue una gran molestia. Al menos no era muy ruidosa, y siempre está bien que una chica atractiva quiera agarrarse a tu brazo. Todo parecía rutinario, pedí que me dieran unas cuantas bolsas de altramuces. Había ocasiones en las que no había en el avión, pero ya me había encargado de no embarcarme en un vuelo sin ellos. Comerlos después de la comida era parte de mi ritual.

Pero no llegamos a recibir esa comida.

En mitad del vuelo algo falló, no sé que fue ni cuando, pero algo no iba bien y empezábamos a caer en picado. En esos momentos no te preocupas por qué está ocurriendo, ni siquiera te planteas de quién es la culpa. Solo intentas seguir las instrucciones que te han dado medio millón de veces, y que en ese momento no eres capaz de recordar. Te aferras a la máscara mientras no paras de gritar, de rezar a dioses que ni siquiera conocías y de pensar en que si alguien tiene que salvarse no vas a ser tú después de todas las cosas horribles que has hecho.

Luego te das cuenta de que da igual lo que hayas hecho, eso es una lotería y al final cientos de buenas personas se hunden y tú sales a flote.

Sobrevivimos seis personas: cuatro pasajeros, una mujer y tres hombres, la piloto y un azafato. Montamos en un bote salvavidas y miramos como el avión, debido a lo destrozado que estaba, empezaba a hundirse lentamente. Tuvimos bastante suerte, en la superficie emergieron varias botellas llenas de bebida que subimos al bote. Con ellas podríamos sobrevivir las próximas semanas. Sin embargo la comida bajó hasta el fondo. En el bote había unos suministros de emergencia, pero si no encontrábamos tierra pronto moriríamos de hambre.

Yo tenía mis altramuces, pero no iba a compartirlos con nadie, aquella era una ocasión en la que lo primero era mi vida. Soy consciente de que lo normal en esas circunstancias sería colaborar, pero yo no conocía a esas personas y tampoco me importaban. Conservaría esos altramuces y los iría comiendo poco a poco, así soportaría mejor el hambre.

Pero sabía que mi secreto no iba a ser algo que pudiera guardar solo, así que busqué una pequeña cómplice. La pasajera superviviente, que se trataba de la chica asustadiza que viajaba conmigo, me pareció una persona lo bastante manipulable como para que me ayudara y de la que además podría sacar beneficios. Al segundo día llegamos a un acuerdo, le hice ver que si decíamos lo de mis bolsas de tentempiés se acabarían en seguida y ambos moriríamos. Le daba pánico que eso ocurriera y se conformaba con poco. Desde ese momento yo comía los altramuces, pero le daba las pieles, de esa manera ambos podíamos pasar el hambre un poco mejor, y ella era demasiado asustadiza como para pedirme más. Aprovechábamos los turnos de guardia que nos habíamos asignado, mientras todos dormían, para comerlos sin que se enteraran.

Poco a poco nos fuimos conociendo todos un poco mejor, y cada vez me gustaban menos. Los dos pasajeros masculinos estaban desesperados todo el tiempo, en cuanto te veían acercar los labios a una botella se lanzaban como lobos a reprocharte que hubieras bebido demasiado. Volkov era el azafato masculino, era ruso y hablaba inglés a duras penas, sin embargo estaba empeñado en proclamarse el líder, o creo que eso era lo que pretendía decir. Por otro lado estaba su contrapunto, Diana, la piloto, que era una mujer dura y que aun llevaba su gorra, como queriendo indicarnos que ella era la indiscutible capitana. Yo no me metía en sus discusiones, si eran felices dando órdenes que lo hicieran, tampoco es que ser el dirigente de un bote diera muchas ocasiones de mostrar un gran liderazgo. Y Helen, ella era la mejor sin duda, la chica había aceptado que hacer lo que yo decía era la clave para sobrevivir y obedecía ciegamente mi indicaciones, sin importarle que pudieran afectar al resto del grupo.

El tiempo pasó, nos convertimos en unos marineros a la deriva que solo esperaban que tarde o temprano apareciera una isla. No echas de menos la tierra hasta que pasas una semana sintiendo que si te mueves lo más mínimo acabaras en el mar.

Y llegó el día, como ya he dicho.

Jason, uno de los pasajeros, nos despertó a todos gritando mientras Volkov remaba con todas sus fuerzas.- ¡Tierra! ¡Joder despertad, que hemos encontrado tierra!- Nos levantamos sobresaltados, y efectivamente había una isla a lo lejos, no era muy grande pero parecía lo suficiente para tomarnos un respiro. Sin duda ninguno estábamos hechos para ser marinero.

Al llegar tuvimos ganas de asesinar a los dos vigilantes, y solo mi mente fría me impidió hacerlo. Era una isla de basura, y no una basura de isla como todos pensábamos. Se escucha a menudo, o se ve en internet, que hemos generado tanta contaminación que en el océano flotan islas con toda la basura que hemos lanzado al mar. Resulta que es cierto.

Atracamos la balsa como buenamente pudimos, atándola a unas vigas de plástico que habíamos encontrado y que eran lo más resistentes para sostenerlo. Era un montón de plástico, cristal, madera y algunos materiales a medio descomponer, pero sin duda no era un lugar en el que pudiéramos vivir. Solo era un bote más grande.

Ese acto había desacreditado al ruso de tal manera que ya no se atrevía a intentar liderarnos y Diana era la indiscutible líder del grupo. Decidió que aprovecharíamos nuestro nuevo transporte mientras pudiéramos, utilizaríamos algunos maderos como remos y además trabajaríamos en convertirlo en una especie de barco que nos llevaría a alguna isla real. A mí me parecía una estupidez, pero entiendo que estaban desesperados por encontrar algo que comer. Yo seguía comiendo lentamente mis altramuces.

Todo parecía indicar que yo sobreviviría, y no me importaba que Helen y yo fuéramos los únicos tripulantes de aquel barco.

Una noche, mientras todos dormían, empezamos nuestro ritual de comer altramuces. Solíamos comer nueve al día, tres cada vez, no eran muchos pero era la forma de que mis bolsas durasen lo suficiente. Como siempre, yo pelaba los altramuces y me lo comía, mientras ella se alimentaba con las pieles. Cuando terminaba le daba uno para que se lo comiera entero, era la forma de parecer generoso aunque soy consciente de que estaba siendo un capullo.

-¿Qué estáis haciendo?- Preguntó una voz de mujer. Nos giramos viendo a Diana a la que los ojos parecían estar a punto de salírsele de las órbitas.- ¿Qué estáis comiendo?

“Maldición.” Era lo único que se pasó por mi cabeza, una y otra vez. No esperaba que fuera a despertarse tan pronto, y normalmente nos escondíamos un poco para que no nos pillaran por sorpresa, pero aquel día nos habíamos relajado.

-Tranquilízate y no alces la voz.- Dije por fin.- Esto puede ser nuestro secreto.- No me importaba compartir mis altramuces con otra persona, sería otra mujer que estaría agradecida conmigo. Pero la capitana no era así, tenía un gran sentido del honor y hacía todo por el grupo. Sus ojos me lo decían.

Todo ocurrió muy rápido, no me dio tiempo a reaccionar. Casi pierdo el conocimiento cuando su puño impactó en mi mandíbula y mi cabeza golpeó contra el suelo. Por suerte no emití ningún sonido, los demás seguían durmiendo. No sé por qué seguía pensando en eso, tenía la esperanza de que no fuera tarde para ponerla de mi parte.

Sentí como si flotara, me elevaba del suelo. Había agarrado la solapa de mi maltrecha chaqueta y sentía su aliento en mi cara de lo cerca que estaba.

-Basura, eso es lo que eres. Un montón de basura mayor que esta isla.- Volvió a golpearme con tanta fuerza que noté como mi tabique crujía.- Ahora mismo se van a enterar todos de lo que…

Un crujido sordo.

El sonido parecía haber acallado su voz por completo. Su mano cayó contra el suelo a plomo a la vez que su cuerpo perdía toda la tensión. Parecía una muñeca, una muñeca a la que le salía una enorme botella de cristal de la nuca.

Mis ojos se desorbitaron y sentí la necesidad de vaciar el contenido de mi estomago, pero no podía permitirmelo. Miré a los ojos de la chica que me había salvado, la inocente Helen, que tenía las manos manchadas de sangre y no pudo contener un grito y un gran llanto.

Ni siquiera me dio tiempo a reaccionar. No pude acallarla antes de que todos los demás se levantaran, sin que yo tuviera un plan.

Me gustaría explicar mejor lo que ocurrió, que se dijo, que se hizo, pero para mí fue como un sueño. Helen lo hizo todo, había ocultado los altramuces, inventó una escusa en la que quedó claro que la culpable era la capitana loca que había perdido la cabeza y veía a cualquiera que se le oponía como una amenaza. La chica era la inocencia personificada, nadie podía dudar de su palabra, todos se peleaban por reconfortarla e intentar que sus lágrimas cesaran.

Pero yo vi la verdad cuando asomó su cabeza sobre el hombro de Volkov y me sonrió con complicidad.

Aquello lo había cambiado todo. Perdimos una parte muy grande de nuestra humanidad, en especial cuando nos vimos obligados a comernos a Diana por el hambre. Mi único consuelo era que tenía mis altramuces, seguía siendo el único que tomaba algún alimento que no fuera carne humana.

Cada vez sentía más miedo por mis compañeros. Si la piloto, que era una mujer de honor, se había puesto así… ¿Qué harían los demás?

Mi joven compañera y yo hablamos. Debíamos repetir el proceso, pero si lo hacíamos de uno en uno llamaría la atención. Acabaríamos con todas las posibles amenazas aquella misma noche. O mejor dicho, Helen acabaría con ellos. Yo no tenía estómago para eso, y al parecer después de la primera vez le resultaba mucho más fácil.

Ni siquiera pude mirar. Un solo trozo de cristal de la isla de basura fue suficiente para que acabara con todos. El primero de ellos estaba despierto, era difícil dormir en algunas ocasiones, pero no la vio venir. Cuando se tumbó a su lado él esperaba otra cosa y no un cristal atravesándole el pecho. El segundo fue limpio, murió mientras dormía. Por último estaba Volkov, el que había asumido el liderazgo, era un hombre grande y fuerte, pero apenas le dio tiempo a despertar cuando ya tenía el filo atravesándole la garganta.

Todo había terminado. Ella vino hacia mí, con una sonrisa llena de crueldad, las manos manchadas de sangre y con un montón de cortes que se había provocado al apretar el filo. Yo la abracé, y la sentí entre mis brazos. Iba a salir bien, seríamos los únicos marineros de la isla, nos alimentaríamos de nuestros compañeros y de altramuces hasta que llegáramos a tierra, allí empezaríamos nuestra vida juntos.

Un dolor punzante destrozó esa imagen perfecta de mi cabeza. Miré hacia abajo con los ojos desorbitados y encontré un cristal atravesándome el costado.

-¿Pero qué…?- No me dio tiempo a terminar la pregunta mientras sentía como las fuerzas me fallaban y caía al suelo. Mi vista se nublaba, todo acabaría en unos momentos. No pude evitar pensar que quizá la gente como yo sí que obtiene lo que merece.

La sangre brotaba sin cesar y yo moría lentamente sin recibir ninguna respuesta. Ella no hablaba, simplemente se agachó sobre mí y sacó de mi bolsillo oculto la última bolsa de altramuces. La abrió y empezó a comer sin dejar de mirarme, como si mis últimos estertores fueran un gran espectáculo. Comió uno, dos y tres. Igual que había hecho yo desde que el avión se estrelló. Con una dulce gracilidad se acercó a mí. Yo intentaba hablar pero lo único que hacía era abrir la boca. Ella acercó su mano dejando caer algo.


Todo se volvió negro, y lo último que sentí fue el sabor de las pieles de los altramuces.  

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