Debido a ciertas cosas estos dos días no he podido publicar historia, se que no es para tanto pero me había prometido que escribiría todos los días así que ya veré como hago para compensarlos.
Hoy continúo con los relatos de "Cuatro palabras". Este relato va dedicado a Jorge, que además sus palabras me pegan un montón con él. Espero que te guste.
Las palabras son: Venganza, motocicleta, filosofía y gato.
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El mundo era diferente, lo había sido desde hacía unos meses
cuando empezaron a surgir aquellas asquerosas criaturas.
Yo fui el primero en sorprenderse cuando todo se salió de
madre. Nunca creí en cosas como la magia, los dioses o nada por el estilo. Simplemente
era feliz teniendo una cerveza en la mano o recorriendo el mundo en mi
motocicleta con mi mejor amigo. Tenía una filosofía de vida muy simple:
mientras pudiera sentir el viento en la cara, recorriendo largas distancias no
necesitaría nada. ¿Quién quiere más mientras tuviera aire en mis pulmones? Que
ilusos éramos creyendo que la vida era tan simple, que solo existía lo que
teníamos delante de las narices. No sé cómo ocurrió, jamás me preocuparon esas
cosas, supongo que alguien la lió o simplemente, como dicen algunos, había
llegado el día del juicio final.
Recuerdo que la noche en que todo empezó pasó por delante de
mí un gato negro, la verdad es que no le había dado la más mínima importancia.
De repente, la tierra tembló y cientos de grietas recorrieron el mundo. El humo
surgió como si fueran tubos de escape hasta que el cielo se cubrió por completo
dándole un tono rojizo a cualquier hora del día. Pero eso fue lo de menos, un
anochecer eterno no es tan malo.
Lo malo fueron los demonios.
Por las grietas salieron criaturas horribles, monstruos
completamente deformes, parodias macabras de seres humanos. Estos seres no
parecían tener otra función que no fuera causar el caos. Pero no pasaban todo
el tiempo en la superficie. Se escondían, acechantes, esperando a que el mundo
tuviera un momento de tranquilidad, y entonces aparecían. No se conformaban con
matar, al menos no dejando el cuerpo aquí, sino que capturaban a todo el que
podían y lo arrastraban hasta el fuego de las brechas.
Pero si eras lo bastante fuerte para sobrevivir y no
necesitabas mucho, como era nuestro caso, la vida podía seguir. Cada día teníamos
que enfrentarnos a varios demonios, o huir de ellos en la Harley. Mi amigo y
yo, solos contra decenas de ellos, pero nunca pensamos que aquello pudiera
terminar mal.
Los gritos que escuché la noche en que vi mi error son algo
que permanecerá siempre grabado en mi cabeza. Yo me había alejado a desahogar
mi vejiga, algo inevitable, pero mi amigo se quedó solo. Aparecieron en
silencio y le atacaron. Los gritos empezaron cuando estaba volviendo, y solo
llegue a ver cómo le arrastraban hasta las profundidades. Corrí, grité, ataqué
a las bestias que se cruzaban en mi camino con mis puños hasta que me sangraron
los nudillos. Pero ya era tarde, cuando terminé de luchar ya no había nadie a
quien salvar. Cuando mis rodillas golpearon el suelo, y no pude sino soltar un
grito de pura ira, fui consciente de que se habían vengado de mí por haberme
defendido tanto tiempo.
Pero aprendí la lección. Sus actos cambiaron mi filosofía,
se acabo el pensar en viajar pacíficamente por el mundo, peleando solo cuando
me buscaban las cosquillas. A partir de ahora, como me habían mostrado ellos,
la venganza sería mi credo.
Emprendí un viaje por la carretera, recorriendo las ciudades
más grandes que encontraba y en las que más grietas había, solo para poder
patear sus traseros. También se acabó el ser blando, hasta aquel momento eran
peleas de bar, ahora era la guerra y nadie va a una batalla solo con sus puños.
Me cargué de armas y me aseguré de que el rugido del motor fuera el último
sonido que escuchaban aquellas criaturas.
Mi nombre resonaba en las calles como si se tratara de un
gran héroe, nadie sabía que no era el salvador que buscaban. Pero aquello me
servía para recibir alimentos e información como recompensa.
Todo iba bastante bien, pero no era lo bastante rápido. No
sentía que mi hambre se calmara. Debía asestar un golpe mucho más brutal. A mis
oídos llegó un rumor: en la ruta sesenta y seis había surgido la mayor de las
grietas. Tengo que admitir que sentí rabia, no solo por no haberme enterado
antes, sino porque se habían cargado algo precioso. Marché para allá, era llamativo
que fuera la apertura más grande y sin embargo no solieran salir criaturas de
ahí. ¿A quién iban a atacar en aquel lugar? Fui a toda velocidad, arrasando con
todo lo que encontraba en mi camino, y vi las profundidades de mi destino. Una
inmensa brecha llena de fuego y muerte. Cogí distancia, hice rugir el motor y
aceleré todo lo que podía. Sentí calor, el sudor me caía por la espalda y entonces
caí a las profundidades.
Había cruzado, no estaba abrasado en llamas como temía sino
que llegué a una cueva llena de fuego y cenizas. Dentro estaba esperándome la
plaga del mundo, cientos de ellos y al fondo, sentado en un trono de huesos y
calaveras, el que debía ser su líder. No sé si era Satanás, ni me planteaba que
aquello fueran seres bíblicos o simples monstruos surgidos de las mayores
pesadillas.
Solo importaba que yo no saliera de ahí hasta que la cueva
estuviera vacía. Agarré con mi mano derecha una cadena llena de puntas
metálicas y la hice girar mientras aceleraba arrasando con todo el que se atrevía
a ponerse delante de mí. Ya me había ganado un nombre, y aunque me superaran en
número el miedo estaba grabado en sus ojos. Pese a todo, consiguieron tirarme
de la moto después de que atropellara a decenas de ellos.
Cuando estaba en el suelo, sin armas en mis manos, estiré el
brazo hasta mi pantorrilla, donde llevaba enganchada una escopeta recortada.
Primero disparé para darme hueco suficiente antes de que las bestias me
rodearan. Después entoné una solemne disculpa, una despedida silenciosa para mi
compañera antes de disparar hacia el depósito de gasolina. La explosión fue muy
potente, sentí un intenso dolor cuándo una pieza metálica me atravesó la pierna
izquierda a la altura del muslo. Por suerte, me alegró saber que el fuego les
hacía tanto daño como a mí, al menos el de la tierra. Todos estaban ardiendo y
yo consideré que esa era mi oportunidad. Avancé hasta el trono, mientras sacaba
un machete del cinturón, y apunté hacia el cuello del monstruo seboso que lo
ostentaba.
Sus ojos eran orbes negros temblorosos, así que estaba claro
que no era más poderoso que las otras criaturas a las que me había cargado.
-¿Por qué haces esto? ¿Nunca podrás salir de aquí?- Preguntó
en un fútil intento por hacerme rendirme.
-Porque matasteis a mi mejor amigo.- Coloqué el arma más
cerca de su cuello, hasta que una perla de sangre verduzca brotó de él. Su cara
se retorció, su mandíbula se tensó.
-¡Sólo era un estúpido gato!- El chillido fue agudo,
lastimero. Algo bastante lamentable. Y fue el último sonido que produjo antes
de que mi arma le perforara la garganta. Se desplomó como gelatina y cayó
rodando por las escaleras. Por fin había cumplido mi objetivo.
Miré a mi alrededor, era cierto que no sabía cómo iba a
salir de allí sin mi montura. No veía puerta de salida entre los mares de lava
que nos rodeaban. Los demonios, los que aun vivían, estaban mirándome con
expectación. Yo me dejé caer en el asiento de huesos. Cuando lo hice todas las
criaturas se arrodillaron ante mí. No fui capaz de contener una amplia sonrisa.
-Las cosas van a cambiar mucho por aquí.

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