El relato "Cuatro palabras" de hoy va dedicado a María, mi cuñada, que es una de las personas con más capacidad para criticar mis relatos y que sé que siempre que necesite ayuda está dispuesta a leer mis relatos, por muchos fallos que tenga. Tengo que admitir que he intentado hacer algo muy diferente para mí y ha sido difícil. Espero que lo disfrutes.
Las palabras eran: Galleta, cristal, sombrero y desazón.
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La fiesta había empezado, los niños estaban corriendo y
jugando. Una fiesta con niños siempre era una ocasión en la que el caos se
desataba más que en ningún otro momento. Pero uno de ellos no jugaba, tampoco
reía ni gritaba con los demás. Podría ser algo normal si él no fuera la razón
de la fiesta.
Era el séptimo cumpleaños de Tom, y le habían organizado una
fiesta con la que cualquier niño de su edad soñaría. Habían ido todos sus
amigos, sus primos, algunos de sus tíos y sus abuelos. Las mesas estaban llenas
de comida, pero nada de esos platos horribles que a veces le obligaban a comer,
solo las cosas que más le gustaban: caramelos, dulces y galletas, sobretodo
esas galletas con forma de dinosaurio que tanto adoraba. También tenían una
gran variedad de juegos y cosas divertidas. Todo lo que podía desear para ese
día. Todo menos su madre.
Habían estado los dos solos durante mucho tiempo, desde el
día que su padre los había abandonado. Estuvieron viviendo en otra ciudad,
donde no podían ver a sus familiares todo lo que querían. Hacía menos de un año
su madre había conseguido un nuevo trabajo, uno en el que podían vivir cerca de
todos sus seres queridos. Pero ahora no estaban los dos solos, de hecho apenas
podían verse desde que estaban en esa ciudad. Ella trabajaba mucho, y llegaba
tan cansada a casa que parecía que un muro de cristal les separara.
-Te prometo que en cuanto termine de trabajar estaré ahí.-
Le había dicho ella cuando supieron que trabajaría en su cumpleaños.- Me verás
antes de que empiece la fiesta.
Pero ella aun no había llegado, hacía ya media hora que
estaba todo el mundo y aún no estaba ahí.
Su abuelo se sentó a su lado, aunque era solo para los niños
él también se había puesto uno de esos sombreros de fiesta que habían repartido
a los niños. Cogió una de las golosinas de fresa se la comió e hizo un guiño a
su nieto. Tom asintió con una leve sonrisa, le gustaba mucho cuando eran
cómplices, pero en ese momento no era suficiente para animarlo.
-¿Qué te pasa? ¿Por qué no estás jugando?- Preguntó una vez
se terminó de comer la golosina.- Cómete una de esas galletas raras que tanto
te gustan.
El niño negó con la cabeza.- Aún no quiero.
-Seguro que tu madre está haciendo todo lo posible por
llegar cuanto antes.
Y así era.
Estaba corriendo todo lo rápido que podía. Sentía una gran
desazón, como si todo el peso del mundo se le hubiera enganchado en el pecho.
Un peso que había ido aumentando a cada segundo. Le había prometido a su
pequeño, a la persona que más quería en el mundo, que estaría ahí cuando empezara
su cumpleaños y no había podido cumplir esa promesa.
Había trabajado todo lo que podía, incluso entró en el
trabajo antes de tiempo, todo lo que hiciera falta para estar lista a la hora.
Terminó el trabajo con tiempo de sobra para ayudar en la fiesta. Ahora que
tenían dinero podía darle todo lo que él quisiera, aunque a cambio tuviera que
estar en un oficio que no soportaba. Pero justo cuando iba a salir de la
oficina, solo le faltaba ponerse el sombrero, su jefe había entrado por la
puerta.
Ese fue el primer momento en que el peso de la desazón había
aparecido en su pecho, porque si su jefe entraba en su despacho era para mandarle
algo. Al parecer todo el esfuerzo del mundo no era suficiente, al parecer por
mucho que ella trabajara el mundo no iba a darle una tregua.
Había terminado sus nuevas tareas todo lo rápido que su
cabeza le había permitido, incluso un poco más, pero ya era tarde. Salió
corriendo por la puerta a toda prisa, ni siquiera recogió su material de
trabajo, no quería perder más tiempo y si al día siguiente tenía que esforzarse
el doble le daba igual.
Cogió su sombrero y echó a correr. Era un complemento que le
había regalado alguien especial y se había acostumbrado a llevarlo a todas
partes.
No tenía coche, pero a la puerta del edificio le esperaba un
taxi. Montó en el vehículo y le apremió para que llegara lo antes posible a su
casa, no había un segundo que perder.
El viaje en taxi la tranquilizó un poco, ahí no dependía de
ella y lo único que podía hacer era esperar a que llegaran a su destino.
Pero hay días que el mundo parece estar en nuestra contra.
El taxi paró de golpe y otra vez la desazón aumentó. Estaban tan cerca, apenas
a cinco minutos en coche, y no había ninguna razón para que pararan en ese
momento. Se asomó por la ventanilla para encontrar una explicación, pero solo vio
como su alma se le caía a los pies y se rompía como si fuera de cristal.
-Esto va a ir para largo señora.- Comentó el taxista
intentando quitarle hierro a la situación. Había habido un accidente en medio
de la calle, no parecía haber heridos pero varios vehículos destrozados
ocupaban la calle. Era hora punta, y con ese tráfico era imposible que pudieran
moverse de ahí en al menos una hora.
-¡Déjeme aquí!- Gritó con determinación mientras le dejaba
un puñado de billetes. Le había pagado mucho más de lo que debía, pero no le
importaba, solo le importaba su hijo.
Corrió, solo corrió. No le importaron los gritos del
taxista, ni siquiera sabía que era lo que le estaba diciendo.
Finalmente estaba frente a su casa, viendo el edificio. No
tenía aliento, apenas podía mover un músculo más, había hecho todo lo que había
podido y aun así casi había llegado dos horas más tarde de lo que esperaba.
Entró en su casa, vio a todos los niños corriendo, a sus
parientes mirándola llenos de reproches según cruzaba el umbral de la puerta.
Pero sobre todo vio a su hijo, sentado junto a su abuelo. Miró hacia un lado y
vio las galletas favoritas del pequeño, aun no las habían tocado. La desazón
que sentía era demasiado grande, había estropeado el cumpleaños y todos lo sabían,
ni siquiera debía haberse movido del sitio.
Fue hasta él y se colocó de rodillas. Quería pedirle perdón,
que no la odiase por haber roto la promesa, pero ninguna palabra salía de sus
labios.
-¿Dónde está tu sombrero?- Preguntó Tom cuando la tuvo
delante.
Ella llevó la mano derecha hasta su cabeza, entonces recordó
los gritos del taxista, esa voz diciéndole que se dejaba algo. Todo había
salido mal, solo quería llorar y borrar ese día. Sus lágrimas empezaban a
brotar en sus ojos cuando el pequeño le dio la espalda sin decir nada. Cerró
los ojos para acallarlas.
Y sintió algo en su cabeza.
Abrió los ojos de repente y vio a su hijo con el plato de
galletas de dinosaurios en una mano, mientras con la otra le colocaba un gorro
de fiesta.
-Dijiste que vendrías cuando la fiesta empezara. Por mucho
que te costara.- Acercó el plato de galletas para ofrecérselas a su madre.-
Como has llegado, ahora empieza la fiesta.
Las lágrimas brotaron de sus ojos sin parar, pero no eran
lágrimas de tristeza, eran de alegría. Abrazó a su pequeño contra ella.
Y la desazón fue desapareciendo lentamente.

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