sábado, 1 de julio de 2017

Un cumpleaños de cristal

Hola a todos.

El relato "Cuatro palabras" de hoy va dedicado a María, mi cuñada, que es una de las personas con más capacidad para criticar mis relatos y que sé que siempre que necesite ayuda está dispuesta a leer mis relatos, por muchos fallos que tenga. Tengo que admitir que he intentado hacer algo muy diferente para mí y ha sido difícil.  Espero que lo disfrutes.

Las palabras eran: Galleta, cristal, sombrero y desazón.

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La fiesta había empezado, los niños estaban corriendo y jugando. Una fiesta con niños siempre era una ocasión en la que el caos se desataba más que en ningún otro momento. Pero uno de ellos no jugaba, tampoco reía ni gritaba con los demás. Podría ser algo normal si él no fuera la razón de la fiesta.

Era el séptimo cumpleaños de Tom, y le habían organizado una fiesta con la que cualquier niño de su edad soñaría. Habían ido todos sus amigos, sus primos, algunos de sus tíos y sus abuelos. Las mesas estaban llenas de comida, pero nada de esos platos horribles que a veces le obligaban a comer, solo las cosas que más le gustaban: caramelos, dulces y galletas, sobretodo esas galletas con forma de dinosaurio que tanto adoraba. También tenían una gran variedad de juegos y cosas divertidas. Todo lo que podía desear para ese día. Todo menos su madre.

Habían estado los dos solos durante mucho tiempo, desde el día que su padre los había abandonado. Estuvieron viviendo en otra ciudad, donde no podían ver a sus familiares todo lo que querían. Hacía menos de un año su madre había conseguido un nuevo trabajo, uno en el que podían vivir cerca de todos sus seres queridos. Pero ahora no estaban los dos solos, de hecho apenas podían verse desde que estaban en esa ciudad. Ella trabajaba mucho, y llegaba tan cansada a casa que parecía que un muro de cristal les separara.

-Te prometo que en cuanto termine de trabajar estaré ahí.- Le había dicho ella cuando supieron que trabajaría en su cumpleaños.- Me verás antes de que empiece la fiesta.

Pero ella aun no había llegado, hacía ya media hora que estaba todo el mundo y aún no estaba ahí.

Su abuelo se sentó a su lado, aunque era solo para los niños él también se había puesto uno de esos sombreros de fiesta que habían repartido a los niños. Cogió una de las golosinas de fresa se la comió e hizo un guiño a su nieto. Tom asintió con una leve sonrisa, le gustaba mucho cuando eran cómplices, pero en ese momento no era suficiente para animarlo.

-¿Qué te pasa? ¿Por qué no estás jugando?- Preguntó una vez se terminó de comer la golosina.- Cómete una de esas galletas raras que tanto te gustan.

El niño negó con la cabeza.- Aún no quiero.

-Seguro que tu madre está haciendo todo lo posible por llegar cuanto antes.

Y así era.

Estaba corriendo todo lo rápido que podía. Sentía una gran desazón, como si todo el peso del mundo se le hubiera enganchado en el pecho. Un peso que había ido aumentando a cada segundo. Le había prometido a su pequeño, a la persona que más quería en el mundo, que estaría ahí cuando empezara su cumpleaños y no había podido cumplir esa promesa.

Había trabajado todo lo que podía, incluso entró en el trabajo antes de tiempo, todo lo que hiciera falta para estar lista a la hora. Terminó el trabajo con tiempo de sobra para ayudar en la fiesta. Ahora que tenían dinero podía darle todo lo que él quisiera, aunque a cambio tuviera que estar en un oficio que no soportaba. Pero justo cuando iba a salir de la oficina, solo le faltaba ponerse el sombrero, su jefe había entrado por la puerta.

Ese fue el primer momento en que el peso de la desazón había aparecido en su pecho, porque si su jefe entraba en su despacho era para mandarle algo. Al parecer todo el esfuerzo del mundo no era suficiente, al parecer por mucho que ella trabajara el mundo no iba a darle una tregua.

Había terminado sus nuevas tareas todo lo rápido que su cabeza le había permitido, incluso un poco más, pero ya era tarde. Salió corriendo por la puerta a toda prisa, ni siquiera recogió su material de trabajo, no quería perder más tiempo y si al día siguiente tenía que esforzarse el doble le daba igual.

Cogió su sombrero y echó a correr. Era un complemento que le había regalado alguien especial y se había acostumbrado a llevarlo a todas partes.

No tenía coche, pero a la puerta del edificio le esperaba un taxi. Montó en el vehículo y le apremió para que llegara lo antes posible a su casa, no había un segundo que perder.

El viaje en taxi la tranquilizó un poco, ahí no dependía de ella y lo único que podía hacer era esperar a que llegaran a su destino.

Pero hay días que el mundo parece estar en nuestra contra. El taxi paró de golpe y otra vez la desazón aumentó. Estaban tan cerca, apenas a cinco minutos en coche, y no había ninguna razón para que pararan en ese momento. Se asomó por la ventanilla para encontrar una explicación, pero solo vio como su alma se le caía a los pies y se rompía como si fuera de cristal.

-Esto va a ir para largo señora.- Comentó el taxista intentando quitarle hierro a la situación. Había habido un accidente en medio de la calle, no parecía haber heridos pero varios vehículos destrozados ocupaban la calle. Era hora punta, y con ese tráfico era imposible que pudieran moverse de ahí en al menos una hora.

-¡Déjeme aquí!- Gritó con determinación mientras le dejaba un puñado de billetes. Le había pagado mucho más de lo que debía, pero no le importaba, solo le importaba su hijo.

Corrió, solo corrió. No le importaron los gritos del taxista, ni siquiera sabía que era lo que le estaba diciendo.

Finalmente estaba frente a su casa, viendo el edificio. No tenía aliento, apenas podía mover un músculo más, había hecho todo lo que había podido y aun así casi había llegado dos horas más tarde de lo que esperaba.

Entró en su casa, vio a todos los niños corriendo, a sus parientes mirándola llenos de reproches según cruzaba el umbral de la puerta. Pero sobre todo vio a su hijo, sentado junto a su abuelo. Miró hacia un lado y vio las galletas favoritas del pequeño, aun no las habían tocado. La desazón que sentía era demasiado grande, había estropeado el cumpleaños y todos lo sabían, ni siquiera debía haberse movido del sitio.

Fue hasta él y se colocó de rodillas. Quería pedirle perdón, que no la odiase por haber roto la promesa, pero ninguna palabra salía de sus labios.

-¿Dónde está tu sombrero?- Preguntó Tom cuando la tuvo delante.

Ella llevó la mano derecha hasta su cabeza, entonces recordó los gritos del taxista, esa voz diciéndole que se dejaba algo. Todo había salido mal, solo quería llorar y borrar ese día. Sus lágrimas empezaban a brotar en sus ojos cuando el pequeño le dio la espalda sin decir nada. Cerró los ojos para acallarlas.

Y sintió algo en su cabeza.

Abrió los ojos de repente y vio a su hijo con el plato de galletas de dinosaurios en una mano, mientras con la otra le colocaba un gorro de fiesta.

-Dijiste que vendrías cuando la fiesta empezara. Por mucho que te costara.- Acercó el plato de galletas para ofrecérselas a su madre.- Como has llegado, ahora empieza la fiesta.

Las lágrimas brotaron de sus ojos sin parar, pero no eran lágrimas de tristeza, eran de alegría. Abrazó a su pequeño contra ella.


Y la desazón fue desapareciendo lentamente. 

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