Hoy el relato va dedicado a mi prima Natalia. Itoko, espero que te guste, aunque tengo que admitir que me ha resultado bastante difícil, teniendo en cuenta que una de las palabras era un nombre propio y otra un termino en otro idioma.
Las palabras eran: Poderes, Itoko, Netheril y batuta.
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-Probando, probando… ¿Me escucha alguien?- Sostenía el
transmisor del aparato con la mano derecha mientras con la izquierda trataba de
encontrar la frecuencia de sus compañeros. Era un cacharro tremendamente
antiguo y ni siquiera estaban muy seguros de cómo funcionaba. No sabía si
habían conseguido arreglarlo. Si lo hubieran probado antes se arriesgarían a
ser descubiertos.- Venga, que no falle ahora.
-¿Sara?- Se pudo escuchar durante unos segundos entre un
montón de zumbidos y ruidos molestos.- Sara, ¿estás dentro?- El rostro se le
iluminó. Puede que no todo estuviera perdido, puede que, después de todo, esa
locura sirviera para algo. Quizá esa guerra llegara a su fin de una vez.
Secó el sudor de su frente y contuvo las lágrimas.- Si, Zack,
estoy dentro. Pero necesito que me guíes. Acabo de entrar en los túneles.
-Está bien, sigue recto hasta que te encuentres con una
apertura a la izquierda.
Cada segundo contaba. Colocó el aparato en su cintura y
comenzó a arrastrarse. El conducto era muy estrecho, rugoso y lleno de pequeños
salientes que se clavaban y hacían cortes en su piel. Era doloroso, pero,
llegados a esas alturas, hería más continuar viviendo en ese mundo en el que
solo se conocía la muerte. Ni siquiera podía imaginar cómo sería vivir en paz.
A medida que avanzaba solo podía pensar en lo que les había
llevado hasta ahí. Las leyendas contaban que antaño el cielo era azul, el aire
se podía respirar con normalidad y el agua era transparente e insípida. Pero
nadie sabía si aquello era cierto o no, todos los vestigios de historia habían
quedado borrados hacía siglos. La humanidad no conocía su pasado, al menos no
hasta que se arreglo aquel ordenador.
Los científicos habían trabajado muy duro. Habían encontrado
una máquina antigua, pero en unas condiciones lo bastante buenas para ser
reconstruida. Cuando la arreglaron descubrieron una gran parte de quienes eran
los seres humanos. El aparato, conocido como “ordenador”, debía pertenecer a un
historiador o algo similar. Estaba lleno de información, documentos en los que
se apilaban datos del pasado. Debido al paso del tiempo muchos estaban
incompletos, pero era mucho más de lo que sabían hasta el momento.
Eso debería haber enseñado todo lo que se perdió, un mundo
con una tecnología muy superior a la actual.
Pero no fue así, las guerras se volvieron más cruentas.
Surgieron dos grandes potencias. La primera de ellas la formó un líder, Itoko. Este había cogido el que se creía que era el
nombre del dueño del ordenador como si fuera propio y formó un culto a su
alrededor que le trataba como si fuera una especie de dios. Este culto viajaba
por el mundo en busca de sus poderes ocultos, tratando de encontrar los objetos
mágicos de los relatos. En su camino exterminaban a cualquiera que negara esos
poderes o se opusiera a ellos. Por otro lado, como contra punto de esta tiranía,
surgió Netheril, un ejército inmenso que admiraba la tecnología de antaño e
intentaba recrearla. Estos hombres se denominaron así en honor a un grupo de
personas mencionado en el ordenador.
Estos dos frentes habían gobernado el mundo con mano de
hierro. Hasta el día que tuvieron el control de todo, de manera que todos los
que no estaban con ellos se vieran obligados a ocultarse. Desde entonces
iniciaron una gran guerra entre ellos.
Ocurrió apenas un año antes, cuando Sara decidió que debía
hacer algo al respecto. Junto a su primo Zack, formaron un pequeño grupo de
resistencia cuyo objetivo era oponerse a los opresores. No podían hacer nada en
combate directo, pero si realizaron mellas en ambos ejércitos.
El mes anterior, consiguieron el mayor logro en su historia.
Se infiltraron en un campamento de Itoko, en la propia tienda del líder, cuando
él no estaba presente. Allí, colocado sobre un altar, encontraron uno de los
escritos. En él se hablaba de un objeto que podría poner fin a la guerra y
otorgaría a su dueño el poder sobre todo.
-Gira a la izquierda una vez más, sigue recto y deberías
estar ahí.- La última indicación de su primo la sacó de su ensimismamiento. Hasta
ese momento había seguido las señas casi de manera automática, ni siquiera se
había dado cuenta de que su ropa estaba hecha girones o de la cantidad de
heridas que tenía.
Salió por la apertura, era tan estrecha que por un momento
pensaba que se iba a quedar ahí encerrada. Al salir no encontró algo mucho
mejor, lo que antaño había sido un lugar hermoso, una cámara del tesoro donde
se almacenaban miles de conocimientos, ahora era una ruina subterránea. Pero al
menos era real.
Sara encendió la linterna y miró a su alrededor, entre las
ruinas se podían ver carteles en un idioma que desconocía y objetos extraños
que nunca se podría haber imaginado.
-¿Ves algo?
-Si.- Contestó a la voz que salía del aparato.- Existe, esto
es impresionante, no me lo puedo creer, lo conseguimos.
-No cantes victoria.- Zack siempre había sido la voz de la
razón, la que le ayudaba a poner los pies en el suelo y no bajar la guardia.-
Encuéntrala y luego lo celebramos. Los hombres de Itoko o Netheril podrían
estar al llegar.
Ni siquiera contestó. Era cierto, lo primero era terminar
cuanto antes y salir de ahí. Empezó a buscar por todas partes, y al final la
vio, colocada dentro de una caja de cristal.
Según contaba la leyenda ese objeto era capaz de controlar a
los seres humanos. Eran miles las leyendas que contaban cómo un solo hombre,
con solo blandirla, había sido capaz de dar órdenes a ejércitos enteros. Grupos
incluso más numerosos que el legendario Netheril habían sucumbido ante ella. ¿Cómo
podía ser posible que un objeto tan pequeño contuviera tanto poder?
La agarró entre sus manos y se sintió tremendamente
poderosa.
Un crujido la sacó de su ensimismamiento. Giró lentamente su
rostro para mirar y se encontró con un grupo de diez hombres, armados con
espadas y arcos, apuntando directamente hacia ella.
-Date la vuelta y no hagas nada extraño.- Ordenó el capitán.
Ella obedeció, se dio la vuelta poco a poco. Los hombres de Itoko la habían encontrado,
pero era demasiado tarde para ellos.
-Sabéis que es lo que tengo en mi mano, sabéis lo que puede
hacer.- Apuntó con la reliquia hacia sus atacantes.- Deponed las armas y
rendiros. De lo contrario os privaré de toda vuestra voluntad y os obligaré a
mataros unos a otros.
Hubo un momento de silencio. Los hombres se miraban con la
preocupación reflejada en los ojos.
Una gota de sudor frío cayó por la espalda del capitán.
Lentamente dejó caer el arma y acercó su mano al comunicador.
-Mi señor, hemos perdido. Tiene la batuta.

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