Como habéis podido ver últimamente no estoy publicando un relato al día. Es complicado seguir ese ritmo pero no significa que vaya a dejar de publicar.
Ya quedan cada vez menos relatos de cuatro palabras, este y otos dos para ser exactos. La verdad es que estoy bastante contento con esto y estoy muy agradecido con la gente que ha colaborado. Pero también me gustaría pedir, si queréis, que dejéis más palabras. Me he estado planteando, una vez haya terminado, revisar los relatos y si es posible tratar de publicarlo en formato físico. Necesitaría un par más para poder hacerlo.
Vamos al relato de hoy, que va dedicado a Petri. Espero de verdad que tu guste.
Las palabras son: Camino, espejo, estrella y despertar. Disfrutadlo.
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Una vez más estaba ahí, sentada ante el espejo. Su mirada se
centraba en sus propios ojos, en aquellas esferas antaño radiantes y que ahora
parecían haberse apagado de manera inevitable. Su reflejo parecía una burla,
una parodia de lo que fue antaño, una mujer llena de ilusiones y esperanzas. Ya
no era la chiquilla que jugaba ni la joven que se sonrojaba cuando un chico le
dirigía la mirada. No era la mujer emprendedora que conseguía todo lo que
proponía. Era una anciana olvidada que parecía haberlo perdido todo, y que solo
esperaba el día en que por fin pudiera descansar.
Suspiró, sin dejar de ver su reflejo, hasta que un extraño
brillo llamó su atención. En el reflejo, había algo brillante frente a ella,
como una estrella, sin embargo por más que miraba en la habitación no era capaz
de encontrar de donde venía aquella luz. Observó su alrededor, llena de dudas,
y finalmente acercó la mano hacia ese punto brillante sobre la plana superficie
de cristal. Apoyó las yemas de los dedos y sintió un extraño calor que envolvía
su mano. Pero no paró ahí, sintió un tacto líquido, como si fuera de agua, y
comenzó a atravesar el espejo lentamente. Tuvo una sensación muy extraña, como
quien pasa a través de una cascada, pero no tenía ninguna sensación de humedad
cuando se encontraba al otro lado.
No había experimentado algo así nunca, al cruzar el cristal
se encontraba en un lugar único. Era como estar en medio del cielo estrellado,
rodeada de oscuridad y puntos brillantes. Ante ella se formaba un camino
resplandeciente que parecía llevarla hasta la estrella más brillante del cielo.
Se giró para ver el lugar de donde había salido. Y se encontró con su propia
mirada reflejada en el espejo. Pero no era esa mirada apagada, no parecía
agotada y cansada de los embates de la vida, sino brillante, vivaz y llena de
esperanzas. Un escalofrío recorrió su cuerpo, volvía a ser joven otra vez. Tocó
su propio rostro, y se sobresaltó al notarlo terso y suave, como cuando tenía
treinta años.
Sin entender nada, apoyó su mano nuevamente en el espejo,
solo para comprobar que ocurría. La superficie era rígida, de cristal pulido, y
no parecía posible volver a cruzarlo por ese lado.
-Puedes volver.- Una voz resonó por todo el espacio hasta
llegar hasta ella.- Solo tienes que llegar al final del camino y se te
concederá lo que anheles.
La mujer se encogió al escuchar ese potente sonido, no se
atrevió a responder nada. Un montón de pensamientos cruzaron su mente. ¿Era eso
una prueba de Dios? ¿Una tentación de algún demonio? ¿Era real o un delirio?
¿Una promesa o un engaño? Solo sabía una cosa, que debía caminar.
El sendero, ya brillante por sí solo, se iluminaba bajo sus
pies a cada paso que daba. Había una larga distancia entre ella y su destino,
pero debía recorrerlo. No sentía las piernas pesadas, no le dolía la espalda ni
las articulaciones. Sin darse cuenta, aceleró el paso, sintiendo la velocidad y
el viento en la cara. Siempre había sido muy ágil, le gustaba el atletismo y,
cuando su cuerpo se lo permitía, disfrutó de las carreras, incluso había ganado
algún trofeo. Siguió dando largas zancadas, pensando en todo lo que había
tenido en su vida gracias a esas carreras. Su marido, que ya descansaba en paz,
se había fijado en ella cuando estaba de público en un campeonato. No fue ese
el día en que se conocieron, porque él tardo bastante en atreverse a hablarle,
y ella ni siquiera sabía de su existencia, pero cuando por fin tuvo el valor de
hablarle le confesó que se enamoró al verla correr. “No
he visto a nadie que le siente tan bien ir a esa velocidad” era lo que le solía
decir.
Paró en seco. Sus ojos se desorbitaron. Miró a su alrededor
y vio como las estrellas se movían, colocándose unas junto a otras o incluso
apareciendo algunas nuevas, hasta formar la imagen que ocupaba sus
pensamientos. Ante ella, estaba abrazando a su marido, y esa imagen se quedó
fija como una nueva constelación.
Sintió una lágrima caerle por la mejilla, no estaba triste,
sino llena de emoción y nostalgia. Observó todo el firmamento y sonrió.
Aquellas estrellas formaban las imágenes de sus pensamientos, y tenía ganas de
dejar su historia grabada en el cielo.
Continuó corriendo, esta vez manteniendo sus ojos cerrados
con fuerza. Intentaba formar claramente las imágenes en su cabeza, todos los
momentos que la habían hecho sonreír. No le resultaba difícil, no quería elegir
entre los mejores momentos de su vida sino plasmar toda su alegría en el cielo.
Finalmente paró cuando sintió que ya no le quedaba aliento.
Se dejó caer en el suelo boca arriba, el camino era extrañamente cómodo.
Suspiró y trató de coger aire. Sus ojos se abrieron, llenos de expectación y
sus labios formaron una amplia sonrisa. El cielo estaba lleno, de estrellas que
dibujaban su vida entera. No estaban ordenadas, no era necesario. Estaba ella
comiendo un helado con sus padres, el día en que le dijeron que correría en los
juegos olímpicos, cuando conoció a sus primeros amigos… todos eran grandes
recuerdos.
Se sorprendió al darse cuenta de que también había buenos
recuerdos que no eran tan distantes. Estaba ella riendo con sus amigas de la
residencia, las visitas de sus nietos, los jóvenes que iban con el programa de
abuelos adoptivos… todos eran grandes momentos que atesoraba con gran cariño.
Después de disfrutar de todos esos momentos, volvió a
ponerse a andar hasta que llegó a la estrella que más brillaba. Allí encontró a
una criatura luminosa, un ser completamente indescriptible de color dorado.
-Has llegado hasta aquí.- La voz del ser sonaba profunda,
sosegada y llena de calma.- Si quieres puedes volver a ser así, si te quedas
aquí podrás disfrutar de lo que este lugar puede ofrecerte.
-No es necesario que te andes con rodeos.- Contestó ella
esbozando una sonrisa.- Se muy bien que este es un sueño del que no voy a
despertar.
-Lo lamento.- La criatura se acercó mostrando un gran pesar.
-No tienes que sentirlo. Gracias, ha sido una gran
despedida.- Sus ojos se llenaron de lágrimas, pero cada vez su sonrisa era más
amplia.
La llama que quedaba en su mirada se apagó por completo. Los
enfermeros fueron corriendo hacia la silla en la que estaba sentada, parecía
tan tranquila y llena de calma. Mirando su propio reflejo que le devolvía una
sonrisa.

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