Hoy vuelvo a publicar un relato de cuatro palabras. Esta vez va dedicado a Virginia. Al pensar este relato he tenido más ideas de las que esperaba, y puede que tarde o temprano lo complete y haga una historia más extensa. Espero que no se hayan perdido muchos detalle, que no sea demasiado extraño, y en especial que lo disfrutéis.
Las palabras son: Perro, Niño, Escafandra, Caracol
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Ya habíamos descendido mil metros. La verdad es que nadie
hubiese esperado que llegáramos tan lejos, todos pensaban que nos seríamos
conscientes de que era una misión absurda y nos daríamos la vuelta. Pero el
submarino se mantenía estable, la presión del agua no era suficiente para
destrozarlo, y yo tenía muy claro que ese viaje no iba a ser en vano.
Por desgracia uno de mis compañeros no era tan positivo al
respecto como yo.
-Doctor, la presión está aumentando. ¿Está seguro de que
debemos continuar?- Preguntó Jerry, mirando una de las múltiples pantallas que estaban
a su alrededor.- No sé si merece la pena tanto esfuerzo por una babosa marina.
Miré a mi subordinado con unos ojos llenos cólera. Ya había
tenido suficientes reproches y dudas durante mi reunión con la junta, no estaba
dispuesto a tolerar que mis órdenes fuesen rebatidas. Giré mi asiento y acerqué
mi cara hasta que mi aliento llegaba a tocar su rostro. Apenas había distancia
entre su asiento y el mío porque nuestro vehículo no era demasiado grande, lo
suficiente para los tres pasajeros que debía transportar.
-En todo caso sería un caracol.
Esas palabras fueron suficientes para que el joven se
quedara sin aliento. Vi como una gota de sudor caía por su frente. Ni siquiera
se atrevía a mirar hacia mí, sino que mantenía los ojos fijos en las pantallas.
Normalmente era incapaz de contener sus pensamientos, pero a la hora de la
verdad era un cobarde.
-Lo… lamento, doctor. Pero…
-Y no es un caracol cualquiera.- Interrumpí antes de que
pudiera darme una respuesta. Para la gente, aquella expedición era una
estupidez pero permitieron que fuera mientras hubiera gente lo bastante
aguerrida para seguirme.- Si mis estudios están en lo correcto estamos ante una
especie muy antigua, muy anterior al primer dinosaurio.
-Espero que no se equivoque, doctor.- Se había mostrado
escéptico a nuestro objetivo desde el primer momento, no era un científico ni
le interesaba, solo era un técnico de submarino que adoraba el dinero casi
tanto como su vida.
-Las evidencias son bastante sólidas al respecto.- Afirmó Marian
mientras se estiraba. Era nuestra bióloga, un genio sin precedentes, sin ella
aquel viaje ni siquiera habría empezado. Era una chica muy joven con una gran
carrera, lo único que le importaba en su vida eran sus estudios.- Y, según sus
propias palabras, si un ser vivo puede soportar estar ahí, esta nave también lo
hará.
-Claro…Seguro que tenéis razón, sois dos contra uno.
La discusión terminó ahí. Yo tenía mucho más que decir al
respecto, pero no sabía si cabría más incomodidad en un espacio tan reducido.
Estaba acostumbrado a las dudas, nunca habían creído en mí, y prácticamente
tenía un discurso ensayado al respecto.
En ese momento me vino a la cabeza la primera vez que
dudaron de mí en este tema. Yo era un niño de doce años, un chaval de campo al
que le gustaba más estar entre árboles y animales que con otras personas. Había
salido a jugar con mi perro Suertudo, un nombre muy adecuado la verdad. Estábamos
haciendo lo normal, le lanzaba algún que otro palo y luego corríamos de aquí
para allá. Después de una hora, el animal se distrajo y se acercó al agua con
curiosidad, y aquello me produjo intriga a mí. Cuando me asomé vi un extraño
caracol, se movía como cuando sacas un pez del agua, y nunca había visto una
criatura similar. Suponía que sería un animal acuático, no era capaz de
respirar en el exterior, así que lo cogí y me dispuse a dejarlo en el agua de
nuevo. Pero ya no era necesario. ¡Ya no convulsionaba! Se había adaptado al
ambiente del exterior. Era algo extremadamente adaptativo. Para muchos niños
aquello no sería relevante, pero yo, que adoraba y sentía curiosidad por todos
los seres vivos, me di cuenta de que aquello era todo un hallazgo.
Me gustaría decir que cuando se lo enseñé a los adultos me
apoyaron y emprendieron una gran investigación. Pero en el momento que se lo
enseñé a mi madre su única respuesta fue un asco horrible y mi padre lo lanzó
contra la pared. Esa “cosa”, que a mí me había parecido tan impresionante,
murió de una manera estúpida. Conseguí conservar los restos y, cuando conseguí
mi doctorado, dediqué mi vida a investigarlo con todos los recursos posibles.
Aunque fue Marian quien, siendo mi becaria, consiguió las pruebas concluyentes
que indicaban que estábamos, posiblemente, ante una de las criaturas que daban
origen a la evolución de todas las especies. También descubrimos, cual sería
posiblemente su lugar de origen y obtuvimos los fondos para iniciar el viaje.
-La leche…
La voz Jerry, me sacó de mi ensimismamiento, ya me ponía
nervioso simplemente con tenerlo cerca. Iba a soltarle otra reprimenda, hasta
que miré hacia el lugar donde señalaba en la pantalla que nos mostraba el
exterior.
-La leche…- Repetí yo, mientras mis ojos estaban a punto de
salirse de sus órbitas.- Es… ¿Una ciudad?
Ante nosotros se alzaba una inmensa urbe. Algo que jamás
habríamos podido imaginar, se parecía a las ilustraciones de la legendaria
Atlántida. Sus edificios, plateados o de color azul oscuro en su mayoría, eran
algo asombroso. No mostraban juntas, o uniones, era como si estuvieran tallados
en un bloque descomunal de plata. A medida que nos acercábamos nos
sorprendíamos más, en especial cuando vimos que no eran unas ruinas abandonadas.
Las calles estaban abarrotadas de gente, que al vernos volvían corriendo a sus
casas.
Detuvimos el submarino. El corazón se me iba a salir del
pecho, salimos de nuestro hogar a buscar plata y habíamos encontrado un mineral
que ni siquiera sabíamos que existía. No sabía cómo comportarme, mis compañeros
esperaban indicaciones, pero ¿Qué podía hacer? Si bajábamos sin más podían
pensar que éramos agresores, pero si nos retirábamos había tanto que nos
perderíamos.
Decidí dar el primer paso. Me levanté sin decir nada y
empecé a ponerme el traje. Los balbuceos y quejas de Jerry no cesaban pero yo
no le escuchaba, ese era mi gran descubrimiento. Le ofrecí otro traje a él, a
ver si así se callaba. Por su parte, la bióloga prácticamente estaba lista.
Me puse la escafandra y asentí. Entramos en la zona de
presurización, donde el submarino nos adaptaba al ambiente exterior. Todo había
sido preparado al milímetro para esta misión en un ambiente tan complejo. El
proceso tardó unos minutos que se hicieron eternos.
Finalmente la puerta se abrió y fuera nos esperaban cinco
hombres, armados con lo que parecían pistolas. Les miramos bien, y nos dimos
cuenta de que no eran humanos, aunque tenían características similares. Eran
una especie inteligente, y poseían el mismo número de extremidades que
nosotros, además de rostros idénticos excepto por la falta de nariz, unas
orejas redondas, como si llevaran cascos auditivos, y unos pequeños cuernos de
piel rosa, al igual que en el resto de sus cuerpos. Nos miraban con unos ojos
completamente verdes y trataban de comunicarse emitiendo unos sonidos similares
a los de un montón de burbujas explotando al llegar a la superficie.
No sabíamos que hacer, así que simplemente alzamos las manos
y dejamos que nos llevaran hasta su ciudad. Fue sorprendente como, al llegar al
fondo marino, éramos capaces de andar por el suelo como si estuviéramos en la
superficie, no tengo claro si era algo natural o creado por esos seres.
Mientras nos guiaban, no pude evitar fijarme en que no llevaban
ropa. En ciertas partes del cuerpo llevaban pegadas a la piel una especie de
placas de piedra que parecían servirles de protección. Cada uno llevaba esas
piezas de “armadura” de una manera diferente.
Finalmente, llegamos hasta el edificio principal, una
inmensa torre en forma de cono con espirales grabadas. Pusimos un pie en una
plataforma y una pompa nos rodeó. Era como un ascensor, pero no estaba
controlado por cables u otra tecnología que pudiéramos ver. En la cima nos
recibió un hombre que parecía más mayor, tenía una frondosa barba llena de
pelos gruesos como dedos.
-Os saludo, bienvenidos a nuestro hogar.
No pudimos responderle. Nos miramos sin saber que decir, era
difícil decidir si era más sorprendente que fuésemos bien recibidos en ese lugar
o que aquel extraño ser acabara de pronunciar palabras en nuestro idioma. Se
giró y empezó a hablar en su idioma con los guardias que nos acompañaban, no sé
que les preguntó pero parecía decepcionado así que debía reaccionar.
-Saludos. Soy Marcelino, y estos son mis acompañantes a
Marian y Jerry.- Hice una torpe reverencia, aunque por su expresión no
entendían muy bien que significaba.- Somos científicos…no queremos causar
ningún problema. ¿Cómo es que entiende mi idioma?
-No lo hago.- Respondió, esta vez sonriendo de oreja a
oreja.- Me he implantado una invención reciente, me permite hablar y entenderme
con cualquier criatura. No esperábamos que nos fuera a ser tan útil. También
soy científico, y el dirigente de este lugar.
Ese momento marcó el inicio de una relación muy
esperanzadora. No podríamos pasar mucho tiempo ahí pero aprovecharíamos esas
pocas horas todo lo que pudiéramos. El anciano nos acompañó, junto a dos
guardias, explicándonos todo lo que le preguntábamos, aunque nos daba libertad
para visitar el lugar libremente.
Toda esa civilización era increíble. Llamaba la atención como
habían conseguido avances tecnológicos muy superiores a los nuestros, y sin
embargo cosas que nosotros poseíamos, como la ropa o el submarino, les
resultaban impresionantes. En especial les llamó la atención nuestro traje
acuático. Por lo que entendimos, en lo que se refería a comodidades en su vida
diaria, o a la medicina, eran muy superiores, pero no se habían desarrollado
nada en lo que al transporte se refería. Esa era la razón de que nunca hubieran
salido a la superficie.
Hablamos sobre múltiples temas. Nosotros les explicábamos
todo lo que sabíamos sobre nuestra civilización, y ellos hacían lo mismo. Al
parecer, por lo que ellos conocían, su especie descendía de unos seres que en
lugar de desarrollarse saliendo del agua, lo hicieron descendiendo hasta el
fondo marino. Ellos no se esperaban que hubiera otras especies más arriba.
Seguimos andando, la gente empezaba de salir de sus casas al
ver que no éramos una amenaza y volvían a poner en marcha sus vidas. Tenían
comercia, incluso moneda, no podía evitar sorprenderme al ver cosas tan
similares en otra raza.
-Mire doctor.- Dijo Marian tirándome de la manga del traje.
Cuál fue mi sorpresa al ver por el suelo un montón de
criaturas pequeñas arrastrándose, idénticas a la que nos había llevado hasta
ahí. Sin duda mis investigaciones habían valido la pena.
-Pero si son como el bicho que has diseccionado todos estos
años.- Comentó Jerry acercándose y cogiendo uno del suelo.
Un silencio lleno de tensión nos rodeó. Miré a nuestro
alrededor y el color de piel de los ciudadanos se había tornado rojizo. El
anciano que nos acompañaba, cuyo nombre éramos incapaces de pronunciar, se me
acercó.
-¿Acaba de decir…diseccionar?- Su pregunta estaba llena de
cólera.- ¿A niños?
Me puse muy pálido. Miré a mis compañeros esperando que me
dijeran que había entendido mal, pero estaban igual que yo. ¿Niños? Eso no era
muy diferente de un caracol, y además el que vi no había pronuncia ninguna
palabra… no en nuestro idioma… Tenía que encontrar una respuesta. Debía
solucionar ese conflicto. Coloqué la mano inconscientemente sobre el bolsillo
del traje, dándome cuenta de que había cometido un error más.
Estiré los brazos hacia adelante, agitando las palmas de un
lado para otro como un simio. En mi vida me había sentido tan estúpido, las
palabras se me habían atascado y no parecían querer salir.
-Hace años, un grupo de niños de apenas once años tuvo una
teoría.- Empezó a decir el hombre lleno de cólera.- Somos una especie
adaptable, si eran capaces de llegar a la superficie podríamos explorar nuevas
fronteras.- Suspiró y miró hacia arriba con un gran pesar.- Obviamente me
opuse, pero aun así se escaparon. ¡Para llegar y que tú los asesinaras!
Me empujó, en parte me sentí agradecido de que solo fuera
eso, pero tenía mucha más fuerza de la que yo esperaba. Caí al suelo por el
impacto y quedé un poco aturdido. En cuanto recobré la compostura, y pude
incorporarme, volví a llevarme la mano al bolsillo. Estaba vacío.
En la calle, botando lentamente, había caído una pequeña
caja transparente. Siempre la llevaba conmigo para recordarme que nunca debía
rendirme. En su interior se podían ver los restos preservados del sujeto que
había estudiado todo ese tiempo. Los presentes enloquecieron, nos apuntaron con
sus armas mientras emitían cada vez sonidos más fuertes.
-Hijo…mío.- Consiguió articular nuestro anfitrión mientras
unas lágrimas amarillentas anegaban sus ojos. Miró hacia nosotros con la
venganza grabada a fuego en su semblante.
Ese fue el momento en que nos dimos cuenta de que habíamos
iniciado una guerra.

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