martes, 4 de julio de 2017

El susurro de la sabiduría

Hola a todos.

Hoy el relato de "Cuatro palabras" va dedicado a Elena, espero que te guste.

Esta vez las palabras eran: Sabiduría, etilismo, modista, ventilador. Tengo que decir algo curioso que me ha pasado con estas palabras. La primera vez que las leí, supongo que al estar la palabra "modista" en lugar de leer "etilismo" leí "estilismo". La siguiente vez que miré las palabras leí "elitismo", y cuando ya la última vez fui consciente de que lo que ponía era etilismo. Dado que esto me pareció tan curioso quise hacer que en relato, además de las otras tres palabras que me había dado, fueran importantes estas tres que mis ojos quisieron ver. 

Espero que lo disfrutéis. 

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(Ilustración por Sonsoles Feviga)


Estaba sentada en su mesa de trabajo, esperando a que su jefe dijera algo. Últimamente no estaba rindiendo tanto en el trabajo y lo sabía.

Siempre había sido una mujer caótica. Su cabeza era como esos armarios tan desordenados en los que nadie puede encontrar nada, pero en los que su dueño solo necesita echar un vistazo para saber dónde está todo. Las normas de los demás no eran para ella, solo seguía las suyas, y, aunque a veces había cometido grandes errores, eso era lo que la había llevado a donde estaba. No fue a la universidad, ni siquiera terminó la enseñanza obligatoria, pero había llegado a tener un gran trabajo en una empresa de moda. Se juntó con las peores compañías que uno fuera capaz de imaginar, y esas fueron las que le ayudaron a alzarse en el mundo aunque tuviera que pisar algunas cabezas. Nunca tuvo una pareja estable, tampoco la buscaba. Probó todo lo que no había que probar, hizo cuanto no se debe hacer, y sin embargo alcanzó un gran éxito.  

Pero nada dura eternamente. No si no eres capaz de mantenerte en la cresta de la ola.

El mundo del estilismo, el diseño y la moda era tremendamente complicado. Un mundo lleno de elitismo en el que si no eres el mejor, entonces eres de segunda categoría. Ella había pertenecido a la cima, sus diseños siempre fueron geniales, pero el etilismo constante que había experimentado y los desfases, que conllevaba, le habían quitado toda la inspiración.

Durante lo que parecieron horas, el único sonido en el despacho fue el girar de las aspas. Su jefe había entrado a hablar con ella, no era algo extraño, últimamente lo hacía una vez a la semana para que no se durmiera en los laureles. Pero esta ocasión era diferente.

-Estás despedida.- Decía él sin siquiera mirarla a los ojos. Aquello la dejó sin palabras, se le habían atragantado, incluso notaba como le faltaba el aire.- Te dejo tiempo para que lo asimiles, pero te quiero fuera del taller en una hora.

Ni siquiera sabía cómo había salido de allí, hacía unos segundos estaba sentada con la boca abierta y ahora notaba como una copa le temblaba en la mano. El ventilador de techo del bar sonaba como una carraca, nadie sabía por qué lo seguían encendiendo, apenas producía aire, solo mucho ruido. Ese local era una cueva mugrienta, pero sin saber cómo siempre estaba lleno. Dio otro trago de su copa, ya era la tercera que había pedido. Aquel trabajo era toda su vida, y los que la rodeaban apenas habían reaccionado cuando supieron que, la que antaño fue la gran estrella del taller de costura, ahora se iba para no volver. La única reacción que vio fue la sonrisa de algunas de sus compañeras. No le quedaba nada, tenía dinero pero no sería suficiente para mantener su nivel de vida mucho tiempo. Trató de buscar una solución, alguien a quien acudir, pero todos los que se habían acercado a ella la acabaron repudiando: dejó de hablar con su familia cuando se fue de casa, abandonó a sus amigos cuando llegó a la cima, todos los hombres de su vida habían sido temporales. Solo se tenía a sí misma.

Dio otro trago y el alcohol empezó a hacer su efecto. Sentía como la cabeza le daba vueltas, su caótica mente comenzaba a trabajar bajo los efectos de aquella sustancia. Se dispuso a apurar la copa, pero algo la detuvo, un pensamiento que la invadió por completo. Hizo uso de toda su fuerza de voluntad y depositó bruscamente su bebida en la barra. Dejó un billete con un potente golpe y por una vez esperó a que le dieran la vuelta. Ahora necesitaba guardar todo el dinero que le fuera posible.

Llamó un taxi, llegó a su apartamento media hora después y empezó a preparar la mochila para el viaje que iba a empezar. Una vez más, ese sonido susurrante la acompañó mientras guardaba lo indispensable. Nunca había sido una gran estudiosa, pero si había leído una gran cantidad de libros. En muchos los protagonistas cambiaban su vida cuando recibían un fuerte golpe emocional, y eso haría ella. No sabía si era fruto del alcohol, o si era una epifanía, pero desde ese momento emprendería su viaje en busca de esa sabiduría iluminadora que la guiaría a su nuevo destino.

Descansó todo cuanto pudo, una cosa era convertirse en una peregrina y otra muy diferente hacerlo estando borracha. Huiría de ese mundo que tanto le había dado y que ahora le quitaba todo. Se arrastraría por el fango y llegaría a encontrar la respuesta que necesitaba. Agarró varios libros sobre el tema y comenzó su viaje.

Tenía claro lo que tenía que hacer. En la mayoría de esos libros el protagonista encontraba un maestro sabio que le guiaba con grandes lecciones. Así se dirigió a los guías más reputados de todo el mundo, no le importaba que al final acabase en la mayor de las pobrezas, si todo salía como quería lo recuperaría todo.

El primero de los maestros vivía en su propio país. Había buscado en internet al más caro, al que había ganado más premios. Se trataba de un artista marcial. En su juventud había sido un practicante muy activo, participando en cientos de competiciones, pero ahora se dedicaba a dar clases. Pasó junto a él tres meses en los que intentó aprender hasta el último movimiento, intentando que todo lo que respirara fueran sus palabras. Fue al cuarto mes, en el momento en que el sonido de un ventilador la distrajo, cuando se dio cuenta de que aquello no la estaba ayudando. Su maestro vivía de su antigua gloria, y no transmitía filosofía alguna a través de su arte. Había sido un gran atleta, uno que había aprendido todos los movimientos y había adquirido muchos títulos. Pero no había nada detrás, solo era una forma de ganar dinero. Ese día se fue de allí a continuar con su búsqueda.

Volvió a mirar en internet y encontró un hombre en Inglaterra. Se trataba de un gran orador, conocido por todo el mundo por dar discursos motivadores para empresarios. Aún tenía dinero de sobra así que viajó hacia allí y lo contrató.

Una vez más pasó lo mismo. Pasó un mes con su nuevo mentor. Al principio recibía todas sus enseñanzas y paladeaba cada palabra como si fuera un gran manjar. Pero una vez más el susurro de una máquina le mostró la verdad. Estaban en una sala llena de gente y los ventiladores funcionaban a plena potencia para sofocar el calor. Su maestro había organizado una charla en grupo. Allí vio que nada era lo que ella esperaba. El hombre que debía enseñarles a pensar no se planteaba las circunstancias de cada uno, solo repetía una y otra vez aquello que la gente quería escuchar, tratando de meter sus ideas en todos por igual.

Lo mismo ocurrió en otras ocasiones, buscaba un gran mentor, alguien conocido en todo el mundo y a quien pagarle todo ese dinero que decían que valía. Después llegaba el momento en que en lugar de escucharles a ellos solo oía el mismo ruido que la distraía y se daba cuenta de que todo era inútil.

Había recorrido medio mundo, desde Estados Unidos hasta China y allí, tras despedirse de su último maestro, se quedó sin dinero.

La frustración era enorme, nada había servido. Pero ella no quería rendirse, debía conseguir ahorrar para encontrar al gran maestro que le mostrara la sabiduría que tanto había buscado. Entonces encontró un pequeño local, como lo único que conocía era el mundo de la moda buscó un pequeño taller de costura donde trabajar.

Entró por la puerta llena de vergüenza por tener que ganarse la vida en un sitio tan pequeño. El modista, un hombre mayor, no tenía empleados así que aceptó su nueva trabajadora y aprendiz con una sonrisa. Era un local artesanal, diseñaban y creaban toda clase de ropa a mano. Ella no podía entenderlo, aquel hombre no ganaba mucho dinero, su negocio no se extendía más allá de los pueblos de alrededor, y una parte de lo que ganaba se lo daba a ella. Sin embargo, mientras trabajaba se veía una extraña alegría reflejada en sus ojos.

Pasó un año entero trabajando allí, aprendiendo todo lo que su jefe le enseñaba de costura, del diseño de patrones y de todo lo necesario para crear aquellos modelos artesanales. También hablaban sobre sus vidas, acerca de aquellas cosas que esperaban, de sus planes.

Y tras mucho trabajo duro, por fin tenía dinero suficiente para reiniciar el viaje. Volvería a buscar un maestro que le mostrara lo que era la sabiduría. Se dispuso a despedirse, habló con el modista y recibió con paciencia todos los consejos que él quiso darle. Cuando dejó de hablar, y no antes, escuchó ese susurró que la había acompañado durante toda esta aventura. Pero esta vez no sintió la urgencia de irse, esta vez no le había parecido más importante que lo que decía su mentor.

El sonido provocado por las aspas del ventilador la hizo recordar. Ese sonido había estado presente en todos los momentos de su vida. En todas aquellas ocasiones en que había dado un paso, ya fuera adelante o hacia atrás. Era curioso como algo tan simple, que normalmente carece completamente de importancia, puede revelarte las verdades que estabas buscando.


Aquel hombre que no pretendía ni pertenecer a aquella élite a la que había ansiado llegar, se trataba del único hombre que la había enseñado a ser un poco más sabia. 

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