Hoy el relato de "Cuatro palabras" va dedicado a Elena, espero que te guste.
Esta vez las palabras eran: Sabiduría, etilismo, modista, ventilador. Tengo que decir algo curioso que me ha pasado con estas palabras. La primera vez que las leí, supongo que al estar la palabra "modista" en lugar de leer "etilismo" leí "estilismo". La siguiente vez que miré las palabras leí "elitismo", y cuando ya la última vez fui consciente de que lo que ponía era etilismo. Dado que esto me pareció tan curioso quise hacer que en relato, además de las otras tres palabras que me había dado, fueran importantes estas tres que mis ojos quisieron ver.
Espero que lo disfrutéis.
-----------------------------------------------------
(Ilustración por Sonsoles Feviga)
Estaba sentada en su mesa de trabajo, esperando a que su
jefe dijera algo. Últimamente no estaba rindiendo tanto en el trabajo y lo
sabía.
Siempre había sido una mujer caótica. Su cabeza era como
esos armarios tan desordenados en los que nadie puede encontrar nada, pero en
los que su dueño solo necesita echar un vistazo para saber dónde está todo. Las
normas de los demás no eran para ella, solo seguía las suyas, y, aunque a veces
había cometido grandes errores, eso era lo que la había llevado a donde estaba.
No fue a la universidad, ni siquiera terminó la enseñanza obligatoria, pero
había llegado a tener un gran trabajo en una empresa de moda. Se juntó con las
peores compañías que uno fuera capaz de imaginar, y esas fueron las que le
ayudaron a alzarse en el mundo aunque tuviera que pisar algunas cabezas. Nunca
tuvo una pareja estable, tampoco la buscaba. Probó todo lo que no había que
probar, hizo cuanto no se debe hacer, y sin embargo alcanzó un gran éxito.
Pero nada dura eternamente. No si no eres capaz de
mantenerte en la cresta de la ola.
El mundo del estilismo, el diseño y la moda era
tremendamente complicado. Un mundo lleno de elitismo en el que si no eres el
mejor, entonces eres de segunda categoría. Ella había pertenecido a la cima,
sus diseños siempre fueron geniales, pero el etilismo constante que había
experimentado y los desfases, que conllevaba, le habían quitado toda la inspiración.
Durante lo que parecieron horas, el único sonido en el
despacho fue el girar de las aspas. Su jefe había entrado a hablar con ella, no
era algo extraño, últimamente lo hacía una vez a la semana para que no se
durmiera en los laureles. Pero esta ocasión era diferente.
-Estás despedida.- Decía él sin siquiera mirarla a los ojos.
Aquello la dejó sin palabras, se le habían atragantado, incluso notaba como le
faltaba el aire.- Te dejo tiempo para que lo asimiles, pero te quiero fuera del
taller en una hora.
Ni siquiera sabía cómo había salido de allí, hacía unos
segundos estaba sentada con la boca abierta y ahora notaba como una copa le
temblaba en la mano. El ventilador de techo del bar sonaba como una carraca,
nadie sabía por qué lo seguían encendiendo, apenas producía aire, solo mucho
ruido. Ese local era una cueva mugrienta, pero sin saber cómo siempre estaba
lleno. Dio otro trago de su copa, ya era la tercera que había pedido. Aquel
trabajo era toda su vida, y los que la rodeaban apenas habían reaccionado
cuando supieron que, la que antaño fue la gran estrella del taller de costura, ahora
se iba para no volver. La única reacción que vio fue la sonrisa de algunas de
sus compañeras. No le quedaba nada, tenía dinero pero no sería suficiente para
mantener su nivel de vida mucho tiempo. Trató de buscar una solución, alguien a
quien acudir, pero todos los que se habían acercado a ella la acabaron
repudiando: dejó de hablar con su familia cuando se fue de casa, abandonó a sus
amigos cuando llegó a la cima, todos los hombres de su vida habían sido
temporales. Solo se tenía a sí misma.
Dio otro trago y el alcohol empezó a hacer su efecto. Sentía
como la cabeza le daba vueltas, su caótica mente comenzaba a trabajar bajo los
efectos de aquella sustancia. Se dispuso a apurar la copa, pero algo la detuvo,
un pensamiento que la invadió por completo. Hizo uso de toda su fuerza de
voluntad y depositó bruscamente su bebida en la barra. Dejó un billete con un
potente golpe y por una vez esperó a que le dieran la vuelta. Ahora necesitaba
guardar todo el dinero que le fuera posible.
Llamó un taxi, llegó a su apartamento media hora después y
empezó a preparar la mochila para el viaje que iba a empezar. Una vez más, ese
sonido susurrante la acompañó mientras guardaba lo indispensable. Nunca había
sido una gran estudiosa, pero si había leído una gran cantidad de libros. En
muchos los protagonistas cambiaban su vida cuando recibían un fuerte golpe
emocional, y eso haría ella. No sabía si era fruto del alcohol, o si era una
epifanía, pero desde ese momento emprendería su viaje en busca de esa sabiduría
iluminadora que la guiaría a su nuevo destino.
Descansó todo cuanto pudo, una cosa era convertirse en una
peregrina y otra muy diferente hacerlo estando borracha. Huiría de ese mundo
que tanto le había dado y que ahora le quitaba todo. Se arrastraría por el
fango y llegaría a encontrar la respuesta que necesitaba. Agarró varios libros
sobre el tema y comenzó su viaje.
Tenía claro lo que tenía que hacer. En la mayoría de esos
libros el protagonista encontraba un maestro sabio que le guiaba con grandes
lecciones. Así se dirigió a los guías más reputados de todo el mundo, no le
importaba que al final acabase en la mayor de las pobrezas, si todo salía como
quería lo recuperaría todo.
El primero de los maestros vivía en su propio país. Había
buscado en internet al más caro, al que había ganado más premios. Se trataba de
un artista marcial. En su juventud había sido un practicante muy activo,
participando en cientos de competiciones, pero ahora se dedicaba a dar clases.
Pasó junto a él tres meses en los que intentó aprender hasta el último
movimiento, intentando que todo lo que respirara fueran sus palabras. Fue al
cuarto mes, en el momento en que el sonido de un ventilador la distrajo, cuando
se dio cuenta de que aquello no la estaba ayudando. Su maestro vivía de su
antigua gloria, y no transmitía filosofía alguna a través de su arte. Había
sido un gran atleta, uno que había aprendido todos los movimientos y había
adquirido muchos títulos. Pero no había nada detrás, solo era una forma de
ganar dinero. Ese día se fue de allí a continuar con su búsqueda.
Volvió a mirar en internet y encontró un hombre en
Inglaterra. Se trataba de un gran orador, conocido por todo el mundo por dar
discursos motivadores para empresarios. Aún tenía dinero de sobra así que viajó
hacia allí y lo contrató.
Una vez más pasó lo mismo. Pasó un mes con su nuevo mentor.
Al principio recibía todas sus enseñanzas y paladeaba cada palabra como si
fuera un gran manjar. Pero una vez más el susurro de una máquina le mostró la
verdad. Estaban en una sala llena de gente y los ventiladores funcionaban a
plena potencia para sofocar el calor. Su maestro había organizado una charla en
grupo. Allí vio que nada era lo que ella esperaba. El hombre que debía
enseñarles a pensar no se planteaba las circunstancias de cada uno, solo
repetía una y otra vez aquello que la gente quería escuchar, tratando de meter
sus ideas en todos por igual.
Lo mismo ocurrió en otras ocasiones, buscaba un gran mentor,
alguien conocido en todo el mundo y a quien pagarle todo ese dinero que decían
que valía. Después llegaba el momento en que en lugar de escucharles a ellos solo
oía el mismo ruido que la distraía y se daba cuenta de que todo era inútil.
Había recorrido medio mundo, desde Estados Unidos hasta China y allí, tras despedirse de su último maestro, se quedó
sin dinero.
La frustración era enorme, nada había servido. Pero ella no
quería rendirse, debía conseguir ahorrar para encontrar al gran maestro que le
mostrara la sabiduría que tanto había buscado. Entonces encontró un pequeño
local, como lo único que conocía era el mundo de la moda buscó un pequeño
taller de costura donde trabajar.
Entró por la puerta llena de vergüenza por tener que ganarse
la vida en un sitio tan pequeño. El modista, un hombre mayor, no tenía
empleados así que aceptó su nueva trabajadora y aprendiz con una sonrisa. Era
un local artesanal, diseñaban y creaban toda clase de ropa a mano. Ella no podía
entenderlo, aquel hombre no ganaba mucho dinero, su negocio no se extendía más
allá de los pueblos de alrededor, y una parte de lo que ganaba se lo daba a
ella. Sin embargo, mientras trabajaba se veía una extraña alegría reflejada en
sus ojos.
Pasó un año entero trabajando allí, aprendiendo todo lo que
su jefe le enseñaba de costura, del diseño de patrones y de todo lo necesario
para crear aquellos modelos artesanales. También hablaban sobre sus vidas,
acerca de aquellas cosas que esperaban, de sus planes.
Y tras mucho trabajo duro, por fin tenía dinero suficiente
para reiniciar el viaje. Volvería a buscar un maestro que le mostrara lo que
era la sabiduría. Se dispuso a despedirse, habló con el modista y recibió con
paciencia todos los consejos que él quiso darle. Cuando dejó de hablar, y no
antes, escuchó ese susurró que la había acompañado durante toda esta aventura.
Pero esta vez no sintió la urgencia de irse, esta vez no le había parecido más
importante que lo que decía su mentor.
El sonido provocado por las aspas del ventilador la hizo
recordar. Ese sonido había estado presente en todos los momentos de su vida. En
todas aquellas ocasiones en que había dado un paso, ya fuera adelante o hacia
atrás. Era curioso como algo tan simple, que normalmente carece completamente
de importancia, puede revelarte las verdades que estabas buscando.
Aquel hombre que no pretendía ni pertenecer a aquella élite
a la que había ansiado llegar, se trataba del único hombre que la había
enseñado a ser un poco más sabia.

No hay comentarios:
Publicar un comentario