He estado un par de días sin mucha inspiración. El calor no ayuda mucho la verdad y todo lo que se me ocurría o escribía me parecía demasiado flojo. Pero bueno, hoy vuelvo de nuevo. El relato de hoy va dedicado a mi tía Pili, espero de verdad que te guste, aunque no se ni como se me ha ocurrido esta historia con las palabras que me diste.
Las palabras eran: Piruleta, espasmos, ridícula y sol.
Que lo disfrutéis.
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-Ya estamos otra vez.- Dijo el padre mientras se sentaba en
la mesa dejando su maletín en el suelo con brusquedad.- Cordelia, te he dicho
un millón de veces que no quiero verte con esa ridícula máscara en la mesa.
La pequeña se encogió en su asiento y aferró con fuerza la
máscara que cubría su rostro. Esa escena se repetía muy a menudo, quizá
demasiado. Antes las cosas no eran así. La niña era muy despierta y alegre
desde el momento en que nació, era cariñosa y se pasaba el día jugando o
descubriendo cosas nuevas. Él nunca fue muy atento, siempre tenía muchísimo
trabajo o tenía que viajar lejos, así que no podía hacerle todo el caso que
debía. Su mujer estaba ahí siempre, cuidando de la niña y haciendo que el hogar
fuera un lugar mejor. Cuando volvía de trabajar sabía que ella siempre estaría
ahí, preparada para recibirle y darle a él y a su hija todo el cariño del
mundo. Ella era el sol que iluminaba su vida. Pero tarde o temprano tenía que
llegar el anochecer.
La noche llegó hace un año, cuando su mujer le dejó claro
que nada era como él creía. No había sabido cómo tratarla, no la cuidó como se
merecía, ni siquiera había otro hombre al que culpar. Los regalos, el dinero,
todos los lujos, no eran lo que ella buscaba, se estaban convirtiendo en una
jaula de oro en la que mantenerla encerrada. Hay demasiadas cosas que no se
pueden comprar, una vocación, un sueño, el cariño, la emoción… todo eso era lo
que ella buscaba con toda su alma.
Ni siquiera echó la vista atrás cuando los abandonó a él y a
su hija.
Desde ese momento la mansión se transformó en un sitio frío,
desolado, ahora era una cárcel de hielo. La habitaban dos extraños con un
montón de sirvientes. No era capaz de llegar hasta su niña, era más fácil que
hablara con el mayordomo que con él. Y siempre esa máscara. No había vuelto a
ver el rostro de Cordelia desde que perdió a su amada y tampoco la había oído hablar.
Cada día, desde que se levantaba hasta que se acostaba, llevaba puesta la misma
máscara. Apenas comía para destaparse lo mínimo posible.
“Ridícula máscara.” Eso era lo que decía cada vez que la
veía con ella puesta. Era su forma de afrontar el dolor de los recuerdos. Se
trataba de una careta veneciana, un recuerdo que compró junto a su esposa
durante la luna de miel. Habían ido a los carnavales, y quisieron ponerse algo
acorde al evento. A él le servía cualquier cosa y por eso cogió lo primero que
vio, pero ella era especial, tenía que ser perfecto. En lugar de algo muy
colorido eligió una pieza elegante. Era de cerámica, color crema, llena de relieves
dorados que formaban una enredadera llena de flores. En torno a los ojos era de
color negro y tenía unos labios tallados que parecían realmente carnosos.
Cada vez que veía a Cordelia no podía evitar recordar todo
el dolor que había sufrido, cuanto perdió y los errores que cometió.
-¡He dicho que te la quites!- Estaba fuera de sí, ya había
tenido esa discusión con ella otras veces sin poder hacer nada.
La pequeña tembló de miedo sin decir nada mientras veía a su
padre acercarse a ella con paso firme y brusco. Se aferró a su máscara, era lo
único que la protegía de ese horrible mundo que la rodeaba. Pero solo era una
niña.
-No te lo voy a repetir.- Aseguró con firmeza. No era una
advertencia, tampoco una orden. Solo era una realidad. Estiró su brazo y agarró
la pieza que cubría el rostro de Cordelia. Tiró con fuerza rompiendo la cuerda
que la sujetaba. La niña gritó, era la primera vez que escuchaba su voz en mucho
tiempo, y lo que oyó fue un llanto lleno de dolor. Se dispuso a tirar la
máscara contra el suelo, a destrozarla para no tener que pasar por eso, pero no
pudo. Los lloros de su hija habían cambiado, se habían convertido en una
respiración desacompasada, en una agonía.
Miró hacia la persona que más le importaba en el mundo, y la
vio en el suelo. Le estaba dando un ataque, su pequeño cuerpo se encogía por
los espasmos que parecían producirle un gran dolor. Estaba entrando en shock. Dejó la máscara en la mesa y fue corriendo a
abrazarla. No sabía qué hacer. Gritó pidiendo ayuda a los sirvientes,
suplicando no perderla a ella también.
El primero en llegar fue el mayordomo principal, al verla en
el suelo se aceleró. Su vista buscó la máscara y una vez que la ubicó se la
puso a la niña con presteza. En cuanto su rostro estuvo cubierto de nuevo, las
contracciones pararon.
Todo se tranquilizó de nuevo al cabo de media hora, llevaron
a la pequeña a dormir en su habitación. Aunque normalmente le quitaban la
careta para dormir, esa vez decidieron dejársela puesta.
-¿En que me he convertido Jaime?- Preguntó el señor de la
casa a su sirviente de confianza.- Tú la conoces mejor que yo, ayúdame.
-Mi señor, puedo hablar con sinceridad.- El mayordomo era
muy prudente a la hora de expresar su opinión, y más cuando acababa de ver una
explosión de furia tan evidente. El hombre asintió.- Ambos están ocultándose cosas,
los dos tienen miedo. Esa máscara para ella es una barrera y para usted un
ataque constante, le recuerda cosas que quiere olvidar.
-Eso lo sé, es más que evidente.
-Pues no intente eliminar el recuerdo de su madre de su vida.
Ella era feliz con la señora.- Suspiró con calma.- Para otra vez, procure
utilizar el cariño que siente antes que las manos.
El padre se quedó callado un segundo, tratando de pensar en
una forma de ayudarla. Entonces se acordó de algo que siempre la había hecho
sonreír, era lo que hacía su mujer cada vez que quería verla feliz.
Al día siguiente salió antes del trabajo, quería ver a su
hija cuanto antes. Sabía que eso no iba a ser algo permanente, pero debía de
dar pequeños pasos para conseguir andar todo el camino. Cuando llegó fue
directamente hasta la habitación de Cordelia, al verle la pequeña se asustó
mucho y volvió a sujetar la máscara con fuerza. Cogió una silla sin decir nada,
esbozó una sonrisa llena de cariño y se sentó frente a ella. Estiró el brazo
para acariciarle la cabeza, ella se alejó un poco pero al final dejó que su
padre la tocara. Metió la mano en su bolsillo y sacó una piruleta de naranja. A
través de los huecos de la careta se podía ver como los ojos se le iluminaban
como faros.
-Es tuya.
La chica le miró intrigada, pero finalmente agarró el dulce
y se levantó ligeramente la máscara, hasta la altura de la nariz y la dejó ahí,
aunque no debía ver nada. Quitó el envoltorio y empezó a comérsela con una
amplia sonrisa en los labios tan radiante como el sol.
-Iremos poco
a poco, tenemos todo el tiempo del mundo Cordi.

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