Hoy el relato va dedicado a Juan. Para empezar tengo que decir que las palabras al final han cambiado respecto a las que me dijo en un primer momento. Al principio dijo Puente, pera, Batman, Caillou, pero recientemente decidió decirme otras distintas, para evitar que el relato se base en ciertas bromas que tenemos entre nosotros. Cosa que le agradezco de verdad. Algún día escribiré un relato con las palabras que me dijo en origen.
Las palabras de hoy son: Monedero, lavanda, espada y tabaco.
Espero que lo disfrutéis.
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El sonido del agua cayendo y de la madera del bambú golpeando
con la roca era muy relajante. Siempre lo había sido. Un ligero olor a humedad
y hierba hacían que sus pensamientos fluyeran con más facilidad, plácidamente las
ideas iban tomando forma en su cabeza. No estaba pensando en nada específico,
solo se había sentado ahí a relajarse y reflexionar sobre su vida.
Dio un sorbo de su taza y sintió como el líquido cálido
bajaba por su garganta, cada vez estaba más relajado.
-Señor.- Ante él estaba arrodillado un hombre, la verdad es
que no tenía muy claro cuando había llegado hasta ahí, eso era prueba de lo
inmerso que había estado en su mundo, aquello le satisfizo. La persona que le
había hablado era menuda, de corta edad e iba muy desaliñada.- No he podido
evitar verle aquí, y me llamó la atención que portase una espada. ¿Es usted un samurái?
Una pregunta compleja, pese a su aparente simplicidad, no
sabía si sería capaz de contestarla. Acercó la alargada pipa a sus labios y
colocó el tabaco en su sitio.
-Depende de la razón por la que preguntes.- Contestó
mientras encendía las hojas trituradas.- ¿Quién y por qué quiere saberlo?
-Lo… pregunta Tetsuya.- Contestó tras titubear unos
instantes. No comprendía la razón de tantas dudas pero los grandes maestros
eran misteriosos, una mala respuesta podría echarlo todo a perder.- Pertenezco
a la aldea de Naosei, un lugar tranquilo, esta a apenas cinco kilómetros de
aquí. Como he dicho antes os he visto portando una katana, y si sois un samurái
me gustaría que me enseñara a ser un gran guerrero.
Una carcajada brotó de los labios del presunto samurái.
Bebió calmadamente de su taza y esbozó una amplia sonrisa. Sus ojos miraban
hacia el chico con una mezcla de condescendencia y una extraña nostalgia. Parecía
creer que el joven era estúpido, pero a la vez añoraba esa estupidez.
-Un gran guerrero. Eso es lo que buscas.- Suspiró con calma.-
Entonces no soy un samurái.
-Pero portáis una espada.- Afirmó Tetsuya recalcando lo
evidente.- Entonces, ¿Quién sois?
-¿Yo?- Sus labios formaron una sonrisa cada vez más amplia.-
Soy Kansei, pertenecía a la aldea de Naosei, un lugar lleno de conflictos donde
nadie estaba a salvo, ahora muy lejos de aquí. Y no soy nadie.
El joven cada vez comprendía menos. Aquel hombre pertenecía
a su misma aldea, sin embargo nunca había escuchado su nombre, y tal como
hablaba no se parecía en nada al lugar en el que había vivido toda su vida.
La vaina de la katana sonó cuando Kansei la agarró y la
levantó del suelo para ofrecérsela al chico. Los ojos casi se le salieron de
las órbitas, aquel gesto era muy poco común, nadie ofrecía su arma a un
desconocido. Era algo muy personal. Pero no para el hombre que había salido a
meditar. Era cierto que ese objeto era parte de él, una parte muy importante de
su ser, pero jamás le negaría un trozo de sí mismo a alguien.
Tímidamente el chico agarró la empuñadura con su mano
derecha mientras sujetaba el resto con la izquierda, mostrando un gran respeto.
-Ahora tú tienes una espada.- Afirmó el dueño mientras daba
otro sorbo del té de lavanda.- ¿Eres un gran guerrero?
Aquella pregunta descompuso el rostro de Tetsuya. No tenía
muy claro si debía responder a la pregunta o simplemente esperar a que
continuara hablando. Era evidente que portar aquella espada no le convertía en
nada, no era más que un chico nervioso al que le habían ofrecido sujetar un
arma.
-Vienes de un pueblo tranquilo.- Habló por fin Kansei
haciendo un gesto con la mano para que le devolviera el arma.- Pero si te
conviertes en aquello que me has pedido ya habrá una persona dispuesta a luchar
en ese lugar. El lugar del que vengo estaba lleno de gente que quería pelear, y
acabo siendo un sitio lleno de violencia. Pero todos se fueron. Fue lo mejor.
-No es cierto.- Contestó el chico con reproche.- Mi pueblo
es un sitio tranquilo. Tan tranquilo que nadie sabe cómo defenderse.- Decir
aquellas palabras estaban doliéndole, pero debía ser claro, de lo contrario
nadie lo escucharía.- Mi madre fue atacada ayer cuando iba en una caravana a
una aldea vecina. Le robaron el monedero donde llevaba todos sus ahorros.-
Apretaba los puños con más fuerza a cada palabra que decía. Sus ojos, antes
unos orbes vidriosos llenos de inseguridad, ahora ardían con llamas y pasión.
-Vaya.- Contestó Kansei realmente sorprendido mientras
acercaba la pipa a sus labios.- En ese caso no buscas ser un gran guerrero. No
quieres ir a guerras. No quieres asesinar a otras personas, o morir en el
intento. Quieres defender a los que te rodean, quieres ser un protector.
Tetsuya asintió, no estaba seguro de haberlo entendido todo
pero creía estar de acuerdo con él.
-Entonces, sí soy un samurái.- Afirmó el espadachín poniéndose
de pie.- Y te enseñaré a serlo si ese es tu deseo.
Desde ese día, el chico fue todos los días al bosque que
había cerca de su pueblo, junto al río, a reunirse con su maestro y aprender todo
lo que tenía que enseñarle. Las lecciones no fueron solo el manejo de la
espada, la mayoría de los días solo le hacía reflexionar. En algunas ocasiones
le decía alguna frase que no entendía y le decía que no volviera hasta que
hubiera sacado alguna conclusión. Podía pasar días enteros reflexionando antes
de que su respuesta fuese considerada adecuada.
Pasaron los años, sin embargo Kansei nunca puso un pie en la
aldea, aunque Tetsuya se lo pidiera la respuesta siempre era una rotunda
negación. Con el tiempo aprendió a dejar de intentarlo.
Al final, llegó el momento en que el maestro era demasiado
mayor. Su vida había sido larga y llena de experiencias, ya había llegado su
hora. Estaba orgulloso, su alumno había aprendido prácticamente todo lo que
tenía que enseñarle. La aldea había seguido siendo un lugar pacífico, el rumor
de que uno de los habitantes era un gran guerrero había sido más que suficiente
para que los bandidos se mantuvieran lejos de ese lugar. Era cierto que en
algunas ocasiones, en lo más profundo de su ser, Tetsuya se preguntaba qué
pasaría si ponía a prueba su espada. ¿Sería capaz de derrotar a un enemigo en
combate? Pero todo lo que le había enseñado su maestro era suficiente para que
no intentase iniciar un enfrentamiento.
Cuando llegó el momento de la despedida, el joven ya no era
tan joven, y el anciano no era un desconocido. Conocía todas sus historias,
todos sus misterios, cuando era un chico le había dejado sujetar su espada, una
parte de su ser, ahora todo su maestro era parte de su ser.
-Ya eres un gran protector.- Kansei tosió, sabía que apenas
le quedaban unos minutos para poder despedirse.- Todo lo que me ha pertenecido
es tuyo, puedes coger mi espada para luchar si ese es tu deseo. Si quieres aún
puedes ser un gran guerrero.
-Gracias por todo.- Aferró la mano de su mentor entre las
suyas y esbozó una sonrisa para tratar de frenar las lágrimas.- Sé lo que soy.
Y también lo que haré a partir de este momento.
La vida del samurái se apagó dejando una sonrisa placida en
su rostro.
El alumno lo enterró junto al río, en ese lugar donde
siempre había gustado parar a meditar. Colocó una tablilla donde grabó su
nombre, para que nadie olvidara quien yacía ahí, y al lado dejó la katana con
su vaina.
Después de rezar en signo de despedida se alejó un par de
pasos. Se sentó en el suelo con las piernas cruzadas. De una pequeña bolsa sacó
una pipa, tabaco y una taza de té. Lo preparó todo con sumo cuidado y escuchó
el sonido del agua, de la madera del bambú golpeando. Se perdió en sus pensamientos,
en el mundo que le habían regalado.

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