jueves, 13 de julio de 2017

Un gran guerrero

Hola a todos.

Hoy el relato va dedicado a Juan. Para empezar tengo que decir que las palabras al final han cambiado respecto a las que me dijo en un primer momento. Al principio dijo Puente, pera, Batman, Caillou, pero recientemente decidió decirme otras distintas, para evitar que el relato se base en ciertas bromas que tenemos entre nosotros. Cosa que le agradezco de verdad. Algún día escribiré un relato con las palabras que me dijo en origen. 

Las palabras de hoy son: Monedero, lavanda, espada y tabaco.

Espero que lo disfrutéis.


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El sonido del agua cayendo y de la madera del bambú golpeando con la roca era muy relajante. Siempre lo había sido. Un ligero olor a humedad y hierba hacían que sus pensamientos fluyeran con más facilidad, plácidamente las ideas iban tomando forma en su cabeza. No estaba pensando en nada específico, solo se había sentado ahí a relajarse y reflexionar sobre su vida.

Dio un sorbo de su taza y sintió como el líquido cálido bajaba por su garganta, cada vez estaba más relajado.

-Señor.- Ante él estaba arrodillado un hombre, la verdad es que no tenía muy claro cuando había llegado hasta ahí, eso era prueba de lo inmerso que había estado en su mundo, aquello le satisfizo. La persona que le había hablado era menuda, de corta edad e iba muy desaliñada.- No he podido evitar verle aquí, y me llamó la atención que portase una espada. ¿Es usted un samurái?

Una pregunta compleja, pese a su aparente simplicidad, no sabía si sería capaz de contestarla. Acercó la alargada pipa a sus labios y colocó el tabaco en su sitio.

-Depende de la razón por la que preguntes.- Contestó mientras encendía las hojas trituradas.- ¿Quién y por qué quiere saberlo?

-Lo… pregunta Tetsuya.- Contestó tras titubear unos instantes. No comprendía la razón de tantas dudas pero los grandes maestros eran misteriosos, una mala respuesta podría echarlo todo a perder.- Pertenezco a la aldea de Naosei, un lugar tranquilo, esta a apenas cinco kilómetros de aquí. Como he dicho antes os he visto portando una katana, y si sois un samurái me gustaría que me enseñara a ser un gran guerrero.

Una carcajada brotó de los labios del presunto samurái. Bebió calmadamente de su taza y esbozó una amplia sonrisa. Sus ojos miraban hacia el chico con una mezcla de condescendencia y una extraña nostalgia. Parecía creer que el joven era estúpido, pero a la vez añoraba esa estupidez.

-Un gran guerrero. Eso es lo que buscas.- Suspiró con calma.- Entonces no soy un samurái.

-Pero portáis una espada.- Afirmó Tetsuya recalcando lo evidente.- Entonces, ¿Quién sois?

-¿Yo?- Sus labios formaron una sonrisa cada vez más amplia.- Soy Kansei, pertenecía a la aldea de Naosei, un lugar lleno de conflictos donde nadie estaba a salvo, ahora muy lejos de aquí. Y no soy nadie.

El joven cada vez comprendía menos. Aquel hombre pertenecía a su misma aldea, sin embargo nunca había escuchado su nombre, y tal como hablaba no se parecía en nada al lugar en el que había vivido toda su vida.

La vaina de la katana sonó cuando Kansei la agarró y la levantó del suelo para ofrecérsela al chico. Los ojos casi se le salieron de las órbitas, aquel gesto era muy poco común, nadie ofrecía su arma a un desconocido. Era algo muy personal. Pero no para el hombre que había salido a meditar. Era cierto que ese objeto era parte de él, una parte muy importante de su ser, pero jamás le negaría un trozo de sí mismo a alguien.

Tímidamente el chico agarró la empuñadura con su mano derecha mientras sujetaba el resto con la izquierda, mostrando un gran respeto.

-Ahora tú tienes una espada.- Afirmó el dueño mientras daba otro sorbo del té de lavanda.- ¿Eres un gran guerrero?

Aquella pregunta descompuso el rostro de Tetsuya. No tenía muy claro si debía responder a la pregunta o simplemente esperar a que continuara hablando. Era evidente que portar aquella espada no le convertía en nada, no era más que un chico nervioso al que le habían ofrecido sujetar un arma.

-Vienes de un pueblo tranquilo.- Habló por fin Kansei haciendo un gesto con la mano para que le devolviera el arma.- Pero si te conviertes en aquello que me has pedido ya habrá una persona dispuesta a luchar en ese lugar. El lugar del que vengo estaba lleno de gente que quería pelear, y acabo siendo un sitio lleno de violencia. Pero todos se fueron. Fue lo mejor.  

-No es cierto.- Contestó el chico con reproche.- Mi pueblo es un sitio tranquilo. Tan tranquilo que nadie sabe cómo defenderse.- Decir aquellas palabras estaban doliéndole, pero debía ser claro, de lo contrario nadie lo escucharía.- Mi madre fue atacada ayer cuando iba en una caravana a una aldea vecina. Le robaron el monedero donde llevaba todos sus ahorros.- Apretaba los puños con más fuerza a cada palabra que decía. Sus ojos, antes unos orbes vidriosos llenos de inseguridad, ahora ardían con llamas y pasión.

-Vaya.- Contestó Kansei realmente sorprendido mientras acercaba la pipa a sus labios.- En ese caso no buscas ser un gran guerrero. No quieres ir a guerras. No quieres asesinar a otras personas, o morir en el intento. Quieres defender a los que te rodean, quieres ser un protector.

Tetsuya asintió, no estaba seguro de haberlo entendido todo pero creía estar de acuerdo con él.

-Entonces, sí soy un samurái.- Afirmó el espadachín poniéndose de pie.- Y te enseñaré a serlo si ese es tu deseo.

Desde ese día, el chico fue todos los días al bosque que había cerca de su pueblo, junto al río, a reunirse con su maestro y aprender todo lo que tenía que enseñarle. Las lecciones no fueron solo el manejo de la espada, la mayoría de los días solo le hacía reflexionar. En algunas ocasiones le decía alguna frase que no entendía y le decía que no volviera hasta que hubiera sacado alguna conclusión. Podía pasar días enteros reflexionando antes de que su respuesta fuese considerada adecuada.

Pasaron los años, sin embargo Kansei nunca puso un pie en la aldea, aunque Tetsuya se lo pidiera la respuesta siempre era una rotunda negación. Con el tiempo aprendió a dejar de intentarlo.

Al final, llegó el momento en que el maestro era demasiado mayor. Su vida había sido larga y llena de experiencias, ya había llegado su hora. Estaba orgulloso, su alumno había aprendido prácticamente todo lo que tenía que enseñarle. La aldea había seguido siendo un lugar pacífico, el rumor de que uno de los habitantes era un gran guerrero había sido más que suficiente para que los bandidos se mantuvieran lejos de ese lugar. Era cierto que en algunas ocasiones, en lo más profundo de su ser, Tetsuya se preguntaba qué pasaría si ponía a prueba su espada. ¿Sería capaz de derrotar a un enemigo en combate? Pero todo lo que le había enseñado su maestro era suficiente para que no intentase iniciar un enfrentamiento.

Cuando llegó el momento de la despedida, el joven ya no era tan joven, y el anciano no era un desconocido. Conocía todas sus historias, todos sus misterios, cuando era un chico le había dejado sujetar su espada, una parte de su ser, ahora todo su maestro era parte de su ser.

-Ya eres un gran protector.- Kansei tosió, sabía que apenas le quedaban unos minutos para poder despedirse.- Todo lo que me ha pertenecido es tuyo, puedes coger mi espada para luchar si ese es tu deseo. Si quieres aún puedes ser un gran guerrero.

-Gracias por todo.- Aferró la mano de su mentor entre las suyas y esbozó una sonrisa para tratar de frenar las lágrimas.- Sé lo que soy. Y también lo que haré a partir de este momento.

La vida del samurái se apagó dejando una sonrisa placida en su rostro.

El alumno lo enterró junto al río, en ese lugar donde siempre había gustado parar a meditar. Colocó una tablilla donde grabó su nombre, para que nadie olvidara quien yacía ahí, y al lado dejó la katana con su vaina.


Después de rezar en signo de despedida se alejó un par de pasos. Se sentó en el suelo con las piernas cruzadas. De una pequeña bolsa sacó una pipa, tabaco y una taza de té. Lo preparó todo con sumo cuidado y escuchó el sonido del agua, de la madera del bambú golpeando. Se perdió en sus pensamientos, en el mundo que le habían regalado. 

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