viernes, 30 de junio de 2017

El segundo rey del bosque

Hola a todos.

Vamos con la tercera parte de la colección de relatos "Cuatro palabras" hoy traigo el relato que va dedicado a Clara, una de las mejores personas que conozco y que más que una amiga es mi familia. Espero que le guste.

Las cuatro palabras que dio fueron: Segundo, luna, vida y sueño. Que lo disfrutéis.

Dibujo de Kurara Silfo
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El bosque estaba en un total silencio mientras la luz anaranjada del sol a punto de ocultarse cubría el cielo. Era una noche normal, en un lugar normal en el que no había nadie.

O eso es lo que pensaría cualquier humano que pasara por allí.

Se trataba de una noche muy importante para los seres que habitaban el bosque. El segundo rey había iniciado el gran sueño y esa noche iban a despedirlo. No era algo normal, este era el segundo rey de aquel bosque que moría desde que se podía recordar. Eran criaturas asombrosas pese a su escaso tamaño. Se encargaban de mantener el equilibrio en la naturaleza. No era normal que su vida se apagara, el reinado del primer rey del bosque había durado siglos, puede que milenios, no había ninguna criatura que hubiera compartido su vida el mismo tiempo que él. Cuando murió todos se sorprendieron y apenaron. Su vida y sus poderes estaban vinculados al bosque, y sin darse cuenta en los últimos años habían visto como esos poderes iban mermando.

El segundo rey, al que iban a despedir hoy, había tenido un reinado mucho más corto que el primero. Duró diez siglos, apenas una décima parte de la edad de su antecesor.

Los seres del bosque empezaron a surgir de sus escondites.

En primer lugar llegaron las criaturas más cercanas a él, aquellas que casi formaban parte de él.

Las hadas iban volando en una formación perfecta, algo poco común en ellas. Estas criaturas se contaban en cientos y habían sido las encargadas de llevar los dones del rey a todos los rincones. Siempre alegres y traviesas, pero grandes mensajeras que cumplían su labor sin rechistar, aunque no en todas las ocasiones con la diligencia que se les exigía. Estas mensajeras transportaban con ellas una pequeña cama, hecha con ramas y hojas, en la que descansaba su majestad.

Tras ellas iban las seis ninfas. Antaño habían sido más numerosas, cada una de ellas era la guardiana y representante de los dominios del bosque, dominios que cada vez eran menos numerosos. Avanzaban con una gracilidad calmada, como si intentaran que cada segundo fuese eterno.

Cuando llegaron al centro las mujeres del bosque cogieron la pequeña cama y la colocaron sobre un grueso tocón, donde antes había estado el árbol que había dado vida al segundo soberano. Una vez situado en su lugar de reposo, sus ayudantes se colocaron en círculo en torno a él. 

Los arboles de alrededor empezaron a susurrar, entonando una leve canción con sus hojas, y de entre ellos surgieron las sílfides. Su simple presencia movía las hojas a su alrededor con un viento suave. Se quedaron en las copas de los árboles para observar desde las alturas la despedida. Con ellas surgieron toda clase de aves, desde pequeños gorriones hasta imponentes águilas. Los eternos enemigos, cazador y presa, ahora volaban uno junto a otro. Era un momento de paz.

Animales, tanto nocturnos como diurnos, surgían de todas partes y se colocaban en sus respectivos lugares.

Las dríades, representantes de cada uno de los árboles del bosque, llegaron montadas sobre ágiles ciervos. Normalmente no podían alejarse mucho de sus árboles, pero esta era una ocasión especial y las normas del bosque no eran tan estrictas. Al llegar, los animales hicieron una reverencia y ellas se bajaron. Se sentaron con elegancia al pie de los árboles y se quedaron esperando.

Poco a poco, el claro se fue llenando de toda clase de criaturas, duendes y gnomos observaban subidos en los animales más altos. Incluso los seres más ocultos, aquellos que no solían dejarse ver y que nadie puede denominar, querían estar presentes en aquella despedida.

Los últimos en llegar fueron los lobos que, además de ser los animales más nobles, eran los espíritus guardianes. La mayoría se quedó esperando entre los árboles, pero Alfa, señor de las manadas, avanzó hasta estar frente a su difunto rey.

Finalmente, la última luz del sol se apagó y durante un segundo llegó la oscuridad, acompañada de un silencio total. Parecía que incluso el cielo había decidido guardar su momento de silencio especial en honor a una de las criaturas más maravillosas que habían existido. El viento dejó de soplar, los animales, incluso los pequeños insectos, callaron.

Pasó un tiempo respetuoso, en el que todo pareció congelado, pudieron ser segundos, minutos u horas, o puede que incluso el tiempo hubiera dejado de existir en aquel momento.

Alfa alzó su hocico hacia el aire y emitió un potente aullido que rompió el silencio y, como si acabara de realizar un conjuro, el cielo se iluminó con cientos de estrellas. La luna, su eterna compañera, surgió en el cielo llenándolo de luz. El resto de las manadas le acompañaron, miles de aullidos emitidos al unísono y las demás criaturas se unieron formando un coro armonioso. A medida que la música de la naturaleza llenaba el bosque, más y más luces inundaban el lugar.

El cuerpo del rey empezó a iluminarse con una radiante luz verdosa, una luz que superó todas las demás, y su cuerpo ascendía lentamente. Los asistentes acallaron sus voces, su canción, e hicieron una gran reverencia en señal de despedida. Brillos de distintos colores brotaron de él y se separaron, descomponiendo el cuerpo hasta que solo quedaron pequeñas bolas de luz. Un viento suave, emitido por las sílfides desde los árboles, creó un remolino que hizo ascender las luces hacia el cielo.

En ese segundo, había llegado la hora de la despedida, la hora de decir adiós al señor del bosque.

La luz de la luna brilló con más fuerza de la que podían recordar los presentes, incluso los más antiguos. Esa luminosidad ponía final a la tristeza del momento, ya se había terminado el momento de llorar al rey.

En el bosque nadie podía detener a la vida.

El campo se iluminó en torno al tocón, todo el césped brillaba con una gran intensidad, a su alrededor surgieron cientos de flores allí donde la luna alumbraba con más fuerza. Entre todas las plantas, una destacaba por encima de las demás, una que había brotado de uno de los laterales de la madera.

El segundo rey del bosque había muerto, su vida había terminado, pero también había que celebrar el inicio de una nueva vida.

Toda la luz se apagó, dejando sólo la de la luna, las estrellas y la del tercer monarca que estaba despertando de su primer sueño. El nuevo soberano gobernaría el bosque acorde a los tiempos en que le había pasado el testigo su antecesor. Y la vida continuaría en el bosque, sin importar cuánto durase su gobierno, otro llegaría después para seguir manteniendolo.

Y el bosque se llenó con todos los sonidos de la naturaleza, mientras los seres reverenciaban a su señor, antes de que cada uno volviera a su lugar.

Antes de que la vida siguiera su camino.



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