Todos los olores inundaban el ambiente a su
alrededor. El fresco aroma de la hierba entraba por su nariz haciéndole sentir
libre y vivo, más que ningún otro. Los árboles a su alrededor creaban una gran
variedad, como si quisieran terminar de dar color a un cuadro, mezclando la
madera con la esencia de las hojas. Por último, le llegó el olor del agua,
imperceptible si no fuera por las criaturas que habitaban en ella.
Era una tarde cálida, pero no tanto como para resultar
incómoda, soplaba un suave viento que se entremezclaba con su pelaje como si
fuera una delicada mano que se enredaba con cada uno de los mechones. Las hojas
de los árboles silbaban una dulce canción al ser acunada y la hierba no paraba
quieta, toda la naturaleza quería jugar. Dejó caer su cuerpo, de manera brusca,
y se movió alegremente de un lado para otro. El césped se entremezclaba con su
pelo y le acariciaba la piel.
Se sentía seguro, por eso no le importaba dejar expuesta su
parte más vulnerable. Sabía que en aquel lugar nadie quería hacerle daño.
Un silbido le sacó de su diversión. Se levantó con gran
determinación, cola tiesa y orejas alerta. Esa era la señal, se había acabado
el momento de jugar y de divertirse con sus sentidos. No podía seguir
olisqueando la naturaleza, ni escuchando el murmullo del río, ni sintiendo las
briznas en la piel. Ahora todos esos sentidos debían focalizarse en su
objetivo.
Era la hora de cazar.
Su objetivo empezó su movimiento, ya había iniciado ese
mismo baile en otras ocasiones. No conocía su nombre, ni que era, solo sabía
que debía atraparle a toda costa. Tensó los cuartos traseros y dejó caer la
parte delantera para estar preparado. Su objetivo se movía de un lado para
otro, ya estaba nervioso e intentaba encontrar una salida por la que no pudiera
atraparle.
La emoción estaba apremiándole a avanzar, a lanzarse contra
su objetivo ya, pero él sabía que si lo hacía podía perder la oportunidad. No
le perdía ojo, movía la cabeza al compás así como las patas para cerrar la
salida.
La presa empezó a correr. Empezando así la persecución. Era
grácil, y su agilidad era portentosa, en apenas dos saltos recorría varios
metros sin ningún esfuerzo. Algo increíble para una criatura con un tamaño tan
reducido que casi podía devorarla de un bocado. Pero él no se quedaría atrás,
se había preparado.
Estiró los cuartos traseros impulsándose, sabía hacia donde
se iba a mover y por mucho que su objetivo fuese muy rápido, no era nada contra
él. Dio dos, tres, cuatro zancadas. Y a la quinta todo había terminado. Se
lanzó con más fuerza, era un todo o nada, si no lo cogía escaparía sin remedio.
Saltó para alcanzar más altura y abrió la mandíbula con fiereza, sintió un
ligero tacto en la lengua y los colmillos. Ese fue el momento adecuado, cerró
la boca con todas sus fuerzas.
Cuando apoyó las patas en el suelo sintió la euforia, había
ganado una vez más en una cacería, su presa había caído. Empezó a andar con gran
alegría al lugar del que venía el silbido. Se agachó y dejó la presa a los pies
de su mejor amigo.
Se quedó esperando con ansia a que volviera a coger a la
presa para lanzársela, a ver si esta vez era capaz de cogerla antes del segundo
bote.
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