martes, 27 de junio de 2017

Presa



Todos los olores inundaban el ambiente a su alrededor. El fresco aroma de la hierba entraba por su nariz haciéndole sentir libre y vivo, más que ningún otro. Los árboles a su alrededor creaban una gran variedad, como si quisieran terminar de dar color a un cuadro, mezclando la madera con la esencia de las hojas. Por último, le llegó el olor del agua, imperceptible si no fuera por las criaturas que habitaban en ella.

Era una tarde cálida, pero no tanto como para resultar incómoda, soplaba un suave viento que se entremezclaba con su pelaje como si fuera una delicada mano que se enredaba con cada uno de los mechones. Las hojas de los árboles silbaban una dulce canción al ser acunada y la hierba no paraba quieta, toda la naturaleza quería jugar. Dejó caer su cuerpo, de manera brusca, y se movió alegremente de un lado para otro. El césped se entremezclaba con su pelo y le acariciaba la piel.
Se sentía seguro, por eso no le importaba dejar expuesta su parte más vulnerable. Sabía que en aquel lugar nadie quería hacerle daño.

Un silbido le sacó de su diversión. Se levantó con gran determinación, cola tiesa y orejas alerta. Esa era la señal, se había acabado el momento de jugar y de divertirse con sus sentidos. No podía seguir olisqueando la naturaleza, ni escuchando el murmullo del río, ni sintiendo las briznas en la piel. Ahora todos esos sentidos debían focalizarse en su objetivo.

Era la hora de cazar.

Su objetivo empezó su movimiento, ya había iniciado ese mismo baile en otras ocasiones. No conocía su nombre, ni que era, solo sabía que debía atraparle a toda costa. Tensó los cuartos traseros y dejó caer la parte delantera para estar preparado. Su objetivo se movía de un lado para otro, ya estaba nervioso e intentaba encontrar una salida por la que no pudiera atraparle.

La emoción estaba apremiándole a avanzar, a lanzarse contra su objetivo ya, pero él sabía que si lo hacía podía perder la oportunidad. No le perdía ojo, movía la cabeza al compás así como las patas para cerrar la salida.

La presa empezó a correr. Empezando así la persecución. Era grácil, y su agilidad era portentosa, en apenas dos saltos recorría varios metros sin ningún esfuerzo. Algo increíble para una criatura con un tamaño tan reducido que casi podía devorarla de un bocado. Pero él no se quedaría atrás, se había preparado.

Estiró los cuartos traseros impulsándose, sabía hacia donde se iba a mover y por mucho que su objetivo fuese muy rápido, no era nada contra él. Dio dos, tres, cuatro zancadas. Y a la quinta todo había terminado. Se lanzó con más fuerza, era un todo o nada, si no lo cogía escaparía sin remedio. Saltó para alcanzar más altura y abrió la mandíbula con fiereza, sintió un ligero tacto en la lengua y los colmillos. Ese fue el momento adecuado, cerró la boca con todas sus fuerzas.

Cuando apoyó las patas en el suelo sintió la euforia, había ganado una vez más en una cacería, su presa había caído. Empezó a andar con gran alegría al lugar del que venía el silbido. Se agachó y dejó la presa a los pies de su mejor amigo.


Se quedó esperando con ansia a que volviera a coger a la presa para lanzársela, a ver si esta vez era capaz de cogerla antes del segundo bote. 

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