Vuelvo con otro relato. Esta vez el relato va dedicado a Mario. Debo decir que creo que esta vez me la he jugado bastante, pues es un tema en el que no soy un experto y se lo dedico posiblemente a la persona que más sepa al respecto. Pero es alguien que ha hecho muchísimo por mí así que quería jugármela. Espero de verdad que lo disfrutes.
Las palabras son: Trinchera, shuto, mendrugo y código.
Un saludo y espero que os guste.
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El golpe sonó con fuerza y le acompañó la sutil caída de las
hojas. ¡Pam! El segundo golpe fue aún más fuerte que el anterior. Continuó una
y otra vez, aunque ya tenía el canto de su mano derecha dolorido y enrojecido,
incluso cuando la piel había roto y la sangre manaba de varias pequeñas
heridas, no se detenía. Un impacto tras otro, hasta que al final se detuvo.
Tomo aire, sintió como se le llenaban los pulmones y una inmensa calma le
inundó.
-¿Qué le ha hecho ese árbol?- El inocente sonido de la voz
de un niño le sacó de su ensimismamiento. Miró hacia atrás y se encontró a un chaval
de no más de diez años que le observaba con curiosidad. Por su mirada parecía
que llevaba observándole bastante tiempo.
Él esbozó una sonrisa, miró hacia el lugar donde había
golpeado. La madera empezaba a estar astillada y se podía ver al otro lado de
la corteza el cuerpo desnudo de aquel árbol.
-No me ha hecho nada. Solo estaba practicando. - Respondió
sin dejar de mostrar esa alegría calmada.
-¿Practicar? Señor, solo estaba dando golpes a ese árbol.-
El muchacho mostró una gran indignación.- No trate de engañarme solo porque sea
un niño.
-Tienes razón.- Contestó entre risas.- Y a la vez te
equivocas completamente. Solo es un golpe, pero uno realizado muchas veces de
una determinada forma. Es un Shuto, dicho de manera muy simple es un impacto
con esta parte de la mano.- Le indicó la parte enrojecida.- Requiere mucha
práctica hacerlo perfecto.
La mirada del niño era la misma. ¿Cómo podía ser tan
complicado golpear un simple árbol? Simplemente se encogió de hombros y se fue,
ni siquiera le dijo adiós.
El hombre negó con la cabeza sin perder la sonrisa. ¿Qué
podía esperar? Ese chico solo veía un anciano de más de sesenta años perdiendo
una pelea contra un trozo de madera. Añoraba los tiempos en los que la vida era
tan simple, tan pura e inocente. Pero esos tiempos se habían escapado, pero aun
podía intentar recuperar esa pureza. Se giró de nuevo, miró hacia el árbol y
cuadró su postura para empezar a practicar con el lado izquierdo. Por muy
cansado que estuviera, aunque el dolor fuera cada vez mayor, debía terminar lo
que había empezado. Ese era su código, la ley por la que había regido toda su
vida: “Nunca empieces algo que no puedas acabar y una vez que lo empiezas debes
terminarlo pase lo que pase”.
Tomo aire, calmó su respiración y empezó.
Un golpe y después otro.
Poco a poco empezó a aparecer su verdadero rival. Ante él se
alzaba una gran oscuridad, un abismo infranqueable que nunca había sido capaz
de cruzar del todo. En cada impacto el dolor físico solo era un alivio, un paso
más cerca de la victoria en un enfrentamiento que nadie puede ganar. Nadie
puede derrotarse del todo a sí mismo.
¡Pam!
La sangre brotó de su mando. Por muchos años que llevara
entrenando siempre acababa sangrando, pero no era su herida la que veía. Veía
heridas de disparos, el dolor reflejado en los rostros de aliados y enemigos.
Sus amigos estaban a su lado, pero cada vez que los miraba podía ser la última.
¡Pam!
Cada vez golpeaba con más fuerza y sentía más dolor, pero no
dejó que se viera reflejado en su rostro. Eso no era nada. Ya
había experimentado autentico dolor. No era el que causaba un disparo o un
golpe, era el que te causaba ver a un compañero desaparecer en medio del campo
de batalla y no volver a verle. El dolor agónico que ocasionaba el miedo
mientras esperabas en la trinchera a que llegara el momento de matar o morir.
El sufrimiento de la gente que no tiene ni un mendrugo de pan para llevarse
a la boca. El dolor físico no era nada comparado con el que se siente cuando
sientes las miradas de desprecio de las personas a las que quieres proteger,
por las que darías tu vida, y solo ven un asesino.
¡Pam!
El cuerpo empezaba a decirle que se detuviera, que no diese
un solo golpe más, el abismo era cada vez mayor y trataba de tragárselo con más
fuerza. Pero aunque su cuerpo quisiera detenerse, su mente no se lo permitía y
le hacía continuar. Y a cada golpe el abismo se volvía un poco menos oscuro. El
sufrimiento y el dolor daban paso al orgullo y la calma. Aunque la sangre
manase, aunque tuviera la muñeca adormilada, sabía que no se detendría.
¡Pam!
Vio el agradecimiento de las personas a las que salvó, los
compañeros que habían dejado de ser amigos para ser familia. No luchaba para
arrancar vidas, sino para impedir que otros lo hicieran, para proteger a aquellos
que no tenían ni la fuerza para protegerse. Tampoco buscaba reconocimiento o
gloria, no le importaba ser el soldado anónimo. Mientras una persona más
estuviera a salvo, o un compañero volviera a casa a su lado habría merecido la
pena.
¡Pam!
Ya faltaba poco. No se centraba en llevar la cuenta, pero
sabía que en breve la batalla terminaría. Ya nada era blanco o negro. Todo lo
malo estaba atenuado, y era consciente de que las decisiones que tomó en su
vida le habían llevado a ese momento. Puede que el camino hubiera sido duro,
pero eso le hacía ser quien era.
El último golpe sonó con más fuerza. El combate había
terminado, y no había conseguido ganar, pero el resto del día el enemigo sería
más débil. Miró hacia el árbol, la madera estaba manchada de su propia sangre.
Esbozó una sonrisa y no pudo evitar soltar una carcajada al pensar en cómo
aquel trozo de madera le había vencido.
Empezó a caminar, calmado, sintiendo una gran paz.
Al día siguiente volvería a intentar ganar.

Mi más sincera enhorabuena compañero, has conseguido ponerme los pelos de punta.
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