El relato de hoy va dedicado a David, creo y espero de verdad que te gustara. Esta vez tampoco hay mucho más que decir.
Las palabras son: Distancia, idea, brasas y final.
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Una mañana más sin noticias. Se despidió de su superior con
saludo militar y después le estrechó la mano, debía guardar las formas aunque
hubiera confianza entre ellos. Agarró sus muletas de madera y empezó a andar de
camino a su hogar. La pierna derecha le dolía horrores, cada paso era como si
estuviera caminando por un suelo lleno de brasas. Pero no era nada comparado
con el ardor en su pecho.
Había pasado ya un año desde que comenzó esa guerra que parecía
no tener final, incluso recibir noticias resultaba de lo más complejo. Él iba
todos los días a visitar el cuartel, esperando que le informaran de lo que
estaba ocurriendo. ¿Cuándo acabaría esa espera? ¿Cuánto quedaba para que
volviera a ver a su hermano?
Ambos eran soldados, se habían unido al ejército en cuanto
tuvieron suficiente edad para empuñar una espada. Pertenecían a una familia
poco adinerada, eran unos campesinos cuya madre había muerto tras dar a luz al
menor. Su padre se esforzaba, trabajaba como diez para poder sacar adelante a
su familia, pero aquello no era suficiente y ellos tenían que ayudarle en todo
lo que pudieran. Él fue el primero en alistarse en la academia, era el mayor y
su responsabilidad era conseguir lo mejor para su familia, lo que no esperaba era
que el pequeño chico que siempre se había escondido tras él durante las
tormentas se negara a dejarle solo y se uniera poco después. Al principio
aquello le aterró, temía que le pasara algo, que solo sobreviviera uno de los
dos pero con el tiempo se dio cuenta de que aquel miedo era completamente
infundado. Era tan apto como él para luchar.
Pero ahora era incapaz de quitarse esa idea de la cabeza,
ahora que no estaban juntos para combatir espalda contra espalda. La idea de
que no volviera le quemaba como si le hubieran puesto un hierro al rojo vivo en
el pecho.
Recordaba perfectamente los días de adiestramiento, desde el
calor y el peso de la armadura hasta las bromas de los reclutas de mayor rango.
No podía decir que hubiera sido fácil, nadie diría que atravesar un desierto
fuera fácil, pero no tuvo que llevar la carga él solo. Cuando entraron los
trataban como si fueran niños, porque lo eran, en ese momento no había reclutas
más jóvenes que ellos y tampoco había precedentes. Pero eran hábiles, se
esforzaban cada día para ganarse su jornal y el plato caliente. En unos pocos
meses ya nadie se atrevía a enfrentarse a ellos. Solían entrenar incluso en su tiempo
libre, por pura diversión, aunque salieran heridos.
Eran unos niños que habían aprendido a divertirse
simplemente pasando tiempo juntos, cuando no estaban entrenando estaban
hablando de cualquier cosa que se les pasara por la cabeza, o haciendo cosas
sin ningún sentido.
Con el tiempo, se hicieron mayores, no podían ser esos dos
chicos para siempre, y, en parte, era mejor que no lo fueran. Ambos tenían sus
virtudes, en especial en el campo de batalla, pero también tenían que dedicar
mucho tiempo en sacarse las castañas del fuego mutuamente. El más joven siempre
fue un caos, hacía las cosas sin pensar en las consecuencias y tuvieron que
iniciar grandes batallas en más de una ocasión para que no acabara escaldado.
Por otra parte, el mayor, pese a ser el que solía prestar consejos, era muy
dejado, en la mayoría de las ocasiones su hermano tenía que obligarle a
realizar sus tareas o acababan los dos castigados después de las practicas.
Además, era bastante malo aceptando la autoridad y solo lo hacía si quedaba
claro que de lo contrario acabarían arrepintiéndose los dos.
La primera vez que fueron a combatir tampoco se le olvidaría
jamás. No era ni mucho menos lo que imaginaban. Por mucho que los relatos
muestren la guerra como algo divertido, la realidad es muy diferente. Sentía
una gran emoción antes de que todo empezara, el miedo se atenazaba en sus
entrañas y apenas le dejaba moverse, había mirado a su hermano, y vio que ambos
estaban igual. Fue cuando se dio cuenta de que el valor de uno, sería el de los
dos, golpeó su pechera y soltó un grito que vino de lo más profundo de su ser.
En aquel momento no se dio cuenta de que todos los demás soldados le estaban
mirando, pensaban que había perdido la cabeza. Pero en respuesta había recibido
otro grito. Ambos hermanos habían aullado como lobos, pese a lo que pensara
cualquiera de los presentes, y el miedo se desvaneció.
Cuando la orden de cargar llegó, ellos fueron los primeros
en llegar al frente, los que blandieron sus espadas con más ímpetu y habilidad,
y finalmente, los que fueron aclamados cuando todo acabó.
Ese fue el día en que empezaron a conocerles como los
hermanos del rugido. Antes de cada batalla, ese sonido brotaba de sus gargantas
infundiendo valor a todo el ejército y parecía dar potencia a sus brazos. Era
como si tras ese sonido solo pudiera haber una victoria.
Ascendieron en el
ejército por sus propios méritos. Las medallas que ahora portaba en su pecho
eran un recordatorio de cada momento en el que se les había considerado unos
héroes.
Sin lugar a dudas lo que más le aterraba, lo que hacía que
la distancia a la que se encontraba de su hermano le estuviera matando, era que
en esa batalla no sonaría el rugido. Por muy hábil que fueran, estando
separados no sabía hasta que punto podría soportarlo todo.
Fue en el anterior enfrentamiento contra el ejército enemigo
cuando se vieron obligados a separarse. Estaban luchando en campo abierto. El
sol estaba a punto de ponerse y apenas se podía distinguir amigos de enemigos
entre aquella masa de hombres y armaduras. Iban ganando, cada vez superaban más
en número a los enemigos. Las espadas chocaban, el metal provocaba suficientes
chispas como para iniciar un incendio, los escudos se alzaban y caían, y los
gritos lo inundaban todo intentando congelar los corazones de los guerreros.
Ya casi había terminado, habían ganado, les dejaban dos
opciones a sus adversarios: rendición o exterminio. Pero no parecían rendirse.
Cuando cayó el último brotó un grito, mezcla de euforia y de un intento por
ocultar la culpabilidad por las vidas arrancadas. Todos lo estaban celebrando,
pero los hermanos no parecían tan contentos.
-Demasiado fácil.- Había dicho el mayor y su hermano le
asintió.
Después llegaron los silbidos. El cielo se inundó de flechas
que venían de todas las direcciones. La infantería enemiga había sido un cebo,
una trampa para poder rodearles con un ejército de arqueros cuando estuvieran
más débiles. Nadie se esperaba que estuvieran dispuestos a sacrificar tantas
vidas por una victoria.
Las flechas hicieron una gran mella en el ejército. Casi no
hubo tiempo para reaccionar antes del primer ataque. Solo el hermano mayor
llegó a tiempo de poner un escudo sobre él y sobre el menor. Diez flechas se
clavaron en la madera, y cuatro más alcanzaron la pierna del que portaba el
escudo.
El resto fue mucho más cruel, mucho más duro. Apenas
sobrevivieron cien de todos los soldados que habían ido a la batalla. Pese a
ello habían alcanzado la victoria, el sacrificio de una pierna no era nada
comparado con todo lo que habían logrado.
Pero eso no era el final, no podía serlo. El hermano menor
quería venganza, quería terminar con esa guerra de una vez. Reunieron a los
mejores hombres que les quedaban, dejando algunos para proteger la ciudad, y
partieron directamente hacia el reino enemigo.
De todo esto ya hacía un año. El asedio estaba siendo duro y
eran pocas las buenas noticias desde que llegaron a la muralla que les separaba
de la victoria. La última noticia que les había llegado fue que cuando estaban
a punto de alcanzar la cima de la muralla les habían lanzado brasas encima,
provocando graves quemaduras y una gran mella en el ejército. Desde entonces
todos los mensajeros habían muerto.
Todos esos recuerdos, aquellos pensamientos, las mejores y
las peores ideas, eran lo único que tenía. No podía pensar en otra cosa
mientras caminaba hacia su hogar donde no estaría nadie y donde no podía hacer
nada.
Sonidos de asombro inundaron la calle. Si giró para ver la
razón de tanto escándalo y vio a un hombre por el camino. Iba utilizando una
muleta de madera pues debía haber recibido muchas heridas en la pierna, además
su cuerpo estaba lleno de quemaduras. Ambos hombres se acercaron más el uno al
otro.
Y un gran rugido mostró que había llegado el final.

Que guay te ha quedado, me ha encantado la historia y me ha gustado mucho el final, muy emotivo. De verdad muchas gracias, me gusta muchísimo.
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