miércoles, 12 de julio de 2017

Los hermanos del rugido

Hola a todos.

El relato de hoy va dedicado a David, creo y espero de verdad que te gustara. Esta vez tampoco hay mucho más que decir.

Las palabras son: Distancia, idea, brasas y final.

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Una mañana más sin noticias. Se despidió de su superior con saludo militar y después le estrechó la mano, debía guardar las formas aunque hubiera confianza entre ellos. Agarró sus muletas de madera y empezó a andar de camino a su hogar. La pierna derecha le dolía horrores, cada paso era como si estuviera caminando por un suelo lleno de brasas. Pero no era nada comparado con el ardor en su pecho.

Había pasado ya un año desde que comenzó esa guerra que parecía no tener final, incluso recibir noticias resultaba de lo más complejo. Él iba todos los días a visitar el cuartel, esperando que le informaran de lo que estaba ocurriendo. ¿Cuándo acabaría esa espera? ¿Cuánto quedaba para que volviera a ver a su hermano?

Ambos eran soldados, se habían unido al ejército en cuanto tuvieron suficiente edad para empuñar una espada. Pertenecían a una familia poco adinerada, eran unos campesinos cuya madre había muerto tras dar a luz al menor. Su padre se esforzaba, trabajaba como diez para poder sacar adelante a su familia, pero aquello no era suficiente y ellos tenían que ayudarle en todo lo que pudieran. Él fue el primero en alistarse en la academia, era el mayor y su responsabilidad era conseguir lo mejor para su familia, lo que no esperaba era que el pequeño chico que siempre se había escondido tras él durante las tormentas se negara a dejarle solo y se uniera poco después. Al principio aquello le aterró, temía que le pasara algo, que solo sobreviviera uno de los dos pero con el tiempo se dio cuenta de que aquel miedo era completamente infundado. Era tan apto como él para luchar.

Pero ahora era incapaz de quitarse esa idea de la cabeza, ahora que no estaban juntos para combatir espalda contra espalda. La idea de que no volviera le quemaba como si le hubieran puesto un hierro al rojo vivo en el pecho.  

Recordaba perfectamente los días de adiestramiento, desde el calor y el peso de la armadura hasta las bromas de los reclutas de mayor rango. No podía decir que hubiera sido fácil, nadie diría que atravesar un desierto fuera fácil, pero no tuvo que llevar la carga él solo. Cuando entraron los trataban como si fueran niños, porque lo eran, en ese momento no había reclutas más jóvenes que ellos y tampoco había precedentes. Pero eran hábiles, se esforzaban cada día para ganarse su jornal y el plato caliente. En unos pocos meses ya nadie se atrevía a enfrentarse a ellos. Solían entrenar incluso en su tiempo libre, por pura diversión, aunque salieran heridos.

Eran unos niños que habían aprendido a divertirse simplemente pasando tiempo juntos, cuando no estaban entrenando estaban hablando de cualquier cosa que se les pasara por la cabeza, o haciendo cosas sin ningún sentido.

Con el tiempo, se hicieron mayores, no podían ser esos dos chicos para siempre, y, en parte, era mejor que no lo fueran. Ambos tenían sus virtudes, en especial en el campo de batalla, pero también tenían que dedicar mucho tiempo en sacarse las castañas del fuego mutuamente. El más joven siempre fue un caos, hacía las cosas sin pensar en las consecuencias y tuvieron que iniciar grandes batallas en más de una ocasión para que no acabara escaldado. Por otra parte, el mayor, pese a ser el que solía prestar consejos, era muy dejado, en la mayoría de las ocasiones su hermano tenía que obligarle a realizar sus tareas o acababan los dos castigados después de las practicas. Además, era bastante malo aceptando la autoridad y solo lo hacía si quedaba claro que de lo contrario acabarían arrepintiéndose los dos.

La primera vez que fueron a combatir tampoco se le olvidaría jamás. No era ni mucho menos lo que imaginaban. Por mucho que los relatos muestren la guerra como algo divertido, la realidad es muy diferente. Sentía una gran emoción antes de que todo empezara, el miedo se atenazaba en sus entrañas y apenas le dejaba moverse, había mirado a su hermano, y vio que ambos estaban igual. Fue cuando se dio cuenta de que el valor de uno, sería el de los dos, golpeó su pechera y soltó un grito que vino de lo más profundo de su ser. En aquel momento no se dio cuenta de que todos los demás soldados le estaban mirando, pensaban que había perdido la cabeza. Pero en respuesta había recibido otro grito. Ambos hermanos habían aullado como lobos, pese a lo que pensara cualquiera de los presentes, y el miedo se desvaneció.

Cuando la orden de cargar llegó, ellos fueron los primeros en llegar al frente, los que blandieron sus espadas con más ímpetu y habilidad, y finalmente, los que fueron aclamados cuando todo acabó.

Ese fue el día en que empezaron a conocerles como los hermanos del rugido. Antes de cada batalla, ese sonido brotaba de sus gargantas infundiendo valor a todo el ejército y parecía dar potencia a sus brazos. Era como si tras ese sonido solo pudiera haber una victoria.

Ascendieron en  el ejército por sus propios méritos. Las medallas que ahora portaba en su pecho eran un recordatorio de cada momento en el que se les había considerado unos héroes.

Sin lugar a dudas lo que más le aterraba, lo que hacía que la distancia a la que se encontraba de su hermano le estuviera matando, era que en esa batalla no sonaría el rugido. Por muy hábil que fueran, estando separados no sabía hasta que punto podría soportarlo todo.

Fue en el anterior enfrentamiento contra el ejército enemigo cuando se vieron obligados a separarse. Estaban luchando en campo abierto. El sol estaba a punto de ponerse y apenas se podía distinguir amigos de enemigos entre aquella masa de hombres y armaduras. Iban ganando, cada vez superaban más en número a los enemigos. Las espadas chocaban, el metal provocaba suficientes chispas como para iniciar un incendio, los escudos se alzaban y caían, y los gritos lo inundaban todo intentando congelar los corazones de los guerreros.

Ya casi había terminado, habían ganado, les dejaban dos opciones a sus adversarios: rendición o exterminio. Pero no parecían rendirse. Cuando cayó el último brotó un grito, mezcla de euforia y de un intento por ocultar la culpabilidad por las vidas arrancadas. Todos lo estaban celebrando, pero los hermanos no parecían tan contentos.

-Demasiado fácil.- Había dicho el mayor y su hermano le asintió.

Después llegaron los silbidos. El cielo se inundó de flechas que venían de todas las direcciones. La infantería enemiga había sido un cebo, una trampa para poder rodearles con un ejército de arqueros cuando estuvieran más débiles. Nadie se esperaba que estuvieran dispuestos a sacrificar tantas vidas por una victoria.

Las flechas hicieron una gran mella en el ejército. Casi no hubo tiempo para reaccionar antes del primer ataque. Solo el hermano mayor llegó a tiempo de poner un escudo sobre él y sobre el menor. Diez flechas se clavaron en la madera, y cuatro más alcanzaron la pierna del que portaba el escudo.

El resto fue mucho más cruel, mucho más duro. Apenas sobrevivieron cien de todos los soldados que habían ido a la batalla. Pese a ello habían alcanzado la victoria, el sacrificio de una pierna no era nada comparado con todo lo que habían logrado.

Pero eso no era el final, no podía serlo. El hermano menor quería venganza, quería terminar con esa guerra de una vez. Reunieron a los mejores hombres que les quedaban, dejando algunos para proteger la ciudad, y partieron directamente hacia el reino enemigo.

De todo esto ya hacía un año. El asedio estaba siendo duro y eran pocas las buenas noticias desde que llegaron a la muralla que les separaba de la victoria. La última noticia que les había llegado fue que cuando estaban a punto de alcanzar la cima de la muralla les habían lanzado brasas encima, provocando graves quemaduras y una gran mella en el ejército. Desde entonces todos los mensajeros habían muerto.

Todos esos recuerdos, aquellos pensamientos, las mejores y las peores ideas, eran lo único que tenía. No podía pensar en otra cosa mientras caminaba hacia su hogar donde no estaría nadie y donde no podía hacer nada.

Sonidos de asombro inundaron la calle. Si giró para ver la razón de tanto escándalo y vio a un hombre por el camino. Iba utilizando una muleta de madera pues debía haber recibido muchas heridas en la pierna, además su cuerpo estaba lleno de quemaduras. Ambos hombres se acercaron más el uno al otro.

Y un gran rugido mostró que había llegado el final.

1 comentario:

  1. Que guay te ha quedado, me ha encantado la historia y me ha gustado mucho el final, muy emotivo. De verdad muchas gracias, me gusta muchísimo.

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